"

sábado, 6 de mayo de 2017

Conozcamos a Alán

¡Feliz sábado!
Hoy presento a un personaje que usaré en otros relatos, y que hoy introduzco con el reto 45 de Literup: "crea un relato que contenga una escena en la ducha".
La verdad es que la escena en la ducha casi no tiene importancia, pero está ahí, que es lo que cuenta. Espero que os guste, ya que pronto volveremos a encontrarnos a Alán en otras historias.
¡Pasen y lean!

La máquina de Alán

El café esta mañana sabe a rayos. Me aseguro de que mi hija Nadia no me mira y lo escupo en el fregadero. Camino hacia el baño entre maldiciones quedas. No hay peor forma de empezar la jornada que un mal café. Mientras el agua de la ducha resbala por mi cuerpo, me asalta el convencimiento de que no mejorará.
Me llamo Alán y soy periodista. Hasta hace poco era uno más, en busca de un trabajo en este país de intrusistas, a ser posible, uno que me permitiese practicar mi libertad de expresión sin rendir cuentas a nadie.
Fue misión imposible, claro. Lo más parecido que he encontrado al trabajo de mis sueños es este empleo de redactor en el periódico local. Yo, que soñaba con desvelar intrincadas tramas de corrupción, de denunciar al mundo las injusticias y abusos de los poderosos, tengo que conformarme con cubrir eventos tan apasionantes como los plenos del ayuntamiento o la feria de la miel. No digo a dónde los mandaría a todos si no tuviese otra boca que alimentar.
Sí, soy un quejica, al menos tengo trabajo. Pero no es mi culpa; el mal café me pone de muy mal humor.
Me visto y llevo a Nadia al colegio. Su parloteo infantil me anima un poco, aunque no logro prestarle la atención que ella merece. La dejo en la fila con sus compañeros y me preparo para correr a la inauguración del nuevo estadio, la cual me toca cubrir hoy. Algo me detiene.
Allá a lo lejos, el director grita al que imagino que es un profesor. Parece fuera de sí, mientras que al otro casi se le saltan las lágrimas. Otros padres miran de reojo, nadie parece creer oportuno intervenir. Yo vacilo, pero no puedo evitar acercarme con disimulo. Dejo que una columna del patio oculte mi presencia, y consigo escuchar lo que exclama el director:
—¿Crees que soy idiota?
—No, señor, lo siento, señor, no me di cuenta...
—No te creo. Intentas perjudicarme, pero no te lo voy a permitir. Ahora mismo vas y me lo traes. Si no, ya sabes lo que pasará.
Mi viejo instinto investigador se despierta, lo noto. Esa amenaza parece grave, aunque no sé aún en qué consiste. Sí, he dicho aún. Me olvido de la estúpida inauguración y presto total atención a los dos hombres. El profesor balbucea:
—Pero es un bar, estará cerrado.
—Pues rompe las ventanas. Estos humanos, no tenéis ninguna iniciativa.
Creo que no he entendido bien esa última frase; pero la simple posibilidad de que mis oídos no me hayan engañado basta para que me disponga a seguir al tembloroso hombre. Empiezo a dudar que sea un profesor, no me suena su cara.
Echamos a andar. Camino a lo lejos, con la distancia necesaria para que no se percate de mi presencia, pero sin perderlo de vista. Salimos del colegio, en dirección a las afueras. El hombre dirige de vez en cuando miradas nerviosas a su alrededor. Puede que, después de todo, haya notado que le sigo.
Se detiene ante un club nocturno, que a estas horas no ha abierto sus puertas. Temo que intente seguir las instrucciones de su jefe, y activo la cámara de mi teléfono para estar preparado.
—Por favor, necesito que me ayude.
Doy un respingo. El hombre me mira a los ojos con aspecto triste. No puedo escaquearme, por lo que doy un paso al frente.
—¿Está bien? —le pregunto, confuso. Él niega con la cabeza.
—Sé que lo ha oído todo. Soy bastante observador, aunque no lo parezca.
Es evidente que no sirve de nada disimular. Asiento.
—No entiendo lo que pasa. ¿Es usted un amigo del director del colegio?
Ríe sin ganas.
—Ése no es el director, caballero. Es un gato.
Esto se pone más interesante, si cabe. El hombre está loco, pero como no parece peligroso, replico:
—Yo creía que los gatos eran pequeños y andaban a cuatro patas.
El otro se me acerca.
—Mire, no tengo mucho tiempo. Si tardo, pensará que le he desobedecido, y me matará. Tiene que ayudarme, amigo.
Está desesperado. Se siente amenazado, no sé si por un motivo real o no; intento tranquilizarlo:
—Le ayudaré en lo que pueda.
Sonríe agradecido.
—Verá, yo soy científico. Llevo años trabajando en una máquina para viajar en el espacio-tiempo. Ellos saben que lo he conseguido, y quieren que se la entregue.
—¿Ellos?
—Los gatos. Son más listos de lo que pensamos, mucho más. Recuerdan que en el Antiguo Egipto los consideraban dioses, y quieren volver y cambiar la Historia para que los sigan, sigamos, adorando y sirviendo.
Habla con tanta convicción que temo que llegue a creérmelo yo también. Ha llegado el momento de cortar la conversación:
—No digo que no tenga sentido lo que dice, amigo, pero...
—La pasada noche, el gato del director se coló en mi laboratorio. Se tomó una de mis pastillas experimentales; no una al azar, sabía bien que aquella lo convertiría en su amo. Robó mis llaves, amenazó con matarme si no le entregaba la máquina. Les dije que estaba en mi segundo laboratorio, y esta mañana, cuando usted nos ha visto, que la había perdido en este bar. Por suerte, no saben qué aspecto tiene y se lo creyó.
—¿No fue así, entonces? —deduzco. De inmediato, me regaño por seguirle la corriente. El hombre saca un objeto pequeño de su bolsillo, y me lo tiende con pulso tembloroso. Parece un reproductor de mp3 de los antiguos.
—Yo volveré y le diré que la máquina ya no estaba. Usted debe tenerla y usarla, amigo.
Cojo el aparato. Es más pesado de lo que parece. Le doy vueltas en la mano, pero no encuentro los puertos para conectar cascos o cargador; solo es una superficie lisa, con una pantalla y cuatro botones. Lo miro de nuevo:
—¿Ha dicho usarla?
—Tiene que ir a la una de la madrugada e impedir que ese gato entre en el laboratorio. —Me entrega su tarjeta, en la que además de un nombre y titulación impronunciables, está escrita su dirección—. Por favor, sé que me matará cuando vuelva con las manos vacías.
Intento replicar, convencerle de que es imposible que este aparato me lleve al pasado. Pero él consulta su reloj, lanza un gemido, y echa a correr.
Me quedo parado, con la tarjeta y el objeto en la mano. Vuelvo a estudiar éste; no sé cómo se supone que funciona. Aprieto botones al azar, hasta que la pantalla se ilumina. Aparecen la fecha y hora actuales, y también la latitud y longitud en las que me encuentro. Sospecho que este hombre me ha entregado un GPS.
Pero, ¿y si no fuese así? Su historia es una completa locura, y sin embargo, un impulso infantil me lleva a modificar los datos del aparato, hasta fijarlos en el momento y lugar que el científico me ha indicado: su laboratorio, la 01 de la madrugada.
Alzo la vista y retrocedo, sobresaltado. De repente es de noche y no sé dónde estoy. ¿O sí?
Ante mí hay un edificio ruinoso, de cuyas ventanas escapa una luz mortecina. La puerta parece roída por la carcoma. Contemplo con pasmo el aparato en mi mano, mientras el corazón bombea con fuerza. Todo era cierto; o será cierto.
Un bufido me recuerda por qué he venido. Me giro y descubro al gato más grande y majestuoso que he visto nunca: peludo, atigrado y, creo, con cara de malas pulgas. Tiene que ser el del director.
Hago un amago de ataque con la intención de espantarlo. No funciona; el animal maúlla con desdén y avanza hacia una ventana abierta.
No puedo permitirlo, pero soy incapaz de dañar a un animal. Intento sujetarlo, pero de un doloroso zarpazo se libra de mí y entra en el edificio. Presiono el timbre, que no funciona; golpeo la puerta con los puños, hasta que sin querer la rompo. Resignado, me adentro en la lúgubre estancia.
Apesta a polvo y químicos. En un rincón distingo un jergón, en el cual ronca el científico. A su alrededor, las probetas burbujean y las máquinas emiten chispas. Busco al gato con la mirada, pero está demasiado oscuro a pesar de la bombilla de una única lámpara. Por fin lo localizo, encaramado en una estantería. Estará en busca de la pastilla.
Me odio a mí mismo cuando me saco un zapato y lo arrojo contra el animal. Oigo cómo bufa, al tiempo que un frasco se rompe y derrama su contenido. El gato se abalanza sobre mí, y ya no puedo ver nada más que sus zarpas.
La explosión consigue que el felino detenga su ataque y huya. Yo soy más lento, ya que tengo sangre en los ojos y no veo bien. Intuyo que el producto derramado ha entrado en contacto con algo que no debía, ya que de pronto a mi alrededor todo es fuego y humo.
Aturdido, sigo mi instinto de superviviencia. Como ya hizo el gato, me escabullo por la puerta destrozada y echo a correr, con la dificultad añadida de calzar solo un zapato.

Despierto a la orilla del río, donde debí desmayarme en algún momento. Ya es de día, y las heridas de mi rostro han dejado de sangrar. En la mano aferro con fuerza la máquina. Recuerdo todo lo ocurrido, y consulto la pantalla. En este momento, debo estar en casa, en la ducha.
Mi teléfono suena. Lo cojo, pero antes de que pueda responder, oigo mi propia voz:
—¿Diga?
—Alán, tienes que venir enseguida a la redacción. Ha explotado un edificio, y nos toca cubrirlo.
—Llevo a mi hija al colegio y voy directo al lugar. Dime la dirección.
Escucho en silencio el nombre de la calle del laboratorio, mientras mi cerebro intenta entender qué pasará ahora que hay dos yos en el mundo. Por lo que parece, ese otro Alán no tiene ni idea de lo que ha pasado. Por un segundo, pienso en la posibilidad de marcharme a otro tiempo y lugar y dejar que el mundo aquí siga su curso. Enseguida la rechazo; no puedo sobrevivir sin Nadia. Tengo que contarle al otro yo lo ocurrido, y llegar a un acuerdo con él. Y tengo que hacerlo antes de que llegue al laboratorio, mientras esté solo. No me apetece dar explicaciones a compañeros y policía.
Calculo dónde estoy. El otro Alán debe pasar por la carretera de este lado del río para llegar al laboratorio. Me planto en el centro de la vía y espero. No tardo en oír el motor de mi coche.
Sí, debería haberlo pensado mejor, pero aún estoy algo aturdido después de lo que he vivido. Al verme, el otro Alán pone cara de susto y da un volantazo demasiado brusco. El coche, mi coche, se sale de la carretera en un violento derrape, y se estrella contra un árbol cercano. Más confuso que asustado, corro hacia el lugar del accidente. Me veo a mí mismo, destrozado tras atravesar la luna del coche, con el cráneo reventado contra el tronco. Turbado, compruebo que yo sigo vivo, y me juro que en adelante usaré siempre el cinturón de seguridad. Saco el cadáver de mi otro yo del vehículo y lo arrastro hasta el cauce. Nadie tiene por qué saber lo que ha pasado. Les diré que he tenido un accidente, pero que he sobrevivido; los arañazos de mi cara corroboran esta mentirijilla, que no lo es tanto si lo piensas; a fin de cuentas, fui yo el que tuvo el accidente.
Me despido en silencio del otro Alán, que se pierde en las aguas, y corro hasta el lugar donde estaba el laboratorio. Hay que trabajar, y si quiero conservar mi vida rutinaria, lo mejor es no levantar sospechas.
La máquina permanece en mi bolsillo.

2 comentarios:

  1. Una historia genial, me ha encantado la solución de la situación de doppelgänger. Tengo ganas de conocer las próximas aventuras de Alan.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. ¡Gracias, Ignacio! Para este fin de semana habrá más :)

      Eliminar