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sábado, 29 de abril de 2017

Tranquilos, no me he ido

¡Feliz sábado!
He tardado en retomar el blog, lo sé, pero he tenido unas semanas muy ocupadas. Ocupadas de verdad, con viajes, grabaciones de reportajes y noches sin dormir. Y que conste que en ningún momento he dejado de escribir (¿cómo podría?). Las sigo teniendo ocupadas, pero por suerte un par de vivencias me han motivado a retomar los 52 retos de Literup (antaño ELDE). He aprovechado esta motivación extra para enfrentarme a uno de los retos que más respeto me causaban: el 2 dice que describa "una escena sensual con una pareja que termina desnuda en la barra de un bar".
Me causaba respeto porque sé que la erótica no es lo mío, ya que me cuesta mucho encontrar las palabras que describan ciertas sensaciones con exactitud. Pero es por esto por lo que existen estos retos, para ayudarnos, para atrevernos.
Lo he intentado, llevándolo un poco a mi terreno, por supuesto. Espero no haberlo hecho del todo mal, pero ya me diréis.
¡Feliz lectura!

La invasión

Cuando nos encargaron la misión a Cov y a mí, pensé que toda la mala suerte del universo se había conjurado en mi contra. Es casi un desconocido para mí, el novato en el pelotón de conquistas. Yo tengo mucha más experiencia, y por qué no decirlo, inteligencia y condición física.
Ahora me replanteo mis dudas iniciales. No es que en este día y medio que nos ha llevado el viaje a la Tierra me haya acostumbrado a su presencia. Qué va, incluso ha llegado a ser más insufrible de lo que había esperado, siempre con esos aires de sabelotodo.
Ha sido el estilo con el que ha noqueado a estos humanos ebrios, la gracia con la que ha liquidado al tabernero, la elegancia con la que ha torturado a los policías que asomaron para ver qué pasaba.
Sé que a vosotros os costará entenderlo. Por alguna curiosa razón, el sufrimiento de especies inferiores solo gusta a un pequeño porcentaje de humanos, y a esos pocos incluso los tacháis a veces de desequilibrados. Tenéis una mente de lo más extraña; os horrorizáis ante la violencia, cuando es lo único capaz de despertar de verdad los sentidos. Al menos, los de nuestra especie.
Nos hemos quedado solos en este agujero infecto llamado bar, y yo no puedo contener mi deseo hacia Cov. Alargo un tentáculo, con el que acaricio la parte membranosa de su ala derecha. Noto que solo con eso se estremece de placer y anhelo.
Tenemos que volver a la base para reunirnos con los demás, es posible que si no aparecemos vengan a buscarnos. La idea de que nuestro comandante pueda entrar de pronto y pillarnos in fraganti me asusta e incita a partes iguales. El peligro inminente resulta de lo más excitante, pero no tanto como el contacto áspero de los tentáculos de Cov al recorrer mi aura. Roza apenas mi núcleo plasmático, y se me escapa un gemido.
Nos abrazamos, noto la respiración de su hocico al lado de mi núcleo. Dejo que me quite despacio el traje de combate, y yo hago lo mismo con el suyo. Cov huele a sudor de ratas y aliento de cadáver sumergido; me encanta, siento hervir todo mi cuerpo de ansia. Percibo que él, como yo, se muere de ganas de unirse a mí. Nos tumbamos sobre la barra, sin dejar de acariciarnos, de sentirnos. De un mordisco, le arranco la cabeza y me la trago sin masticar. Empujo su cuerpo sin vida mientras me sacudo en pleno éxtasis.
Ya os lo he dicho. Nuestra especie no tiene qué ver con la vuestra, tenemos nuestras propias formas de encontrar placer, y éste siempre viene acompañado de dolor y muerte. Cov debería haber sido más rápido.
bar



2 comentarios:

  1. Precioso relato, con un final muy sorprendente.

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  2. Jeje, precioso no sé si es la palabra que yo usaría, ¡pero gracias!

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