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sábado, 11 de marzo de 2017

Infidelidad

¡Feliz sábado!
Aunque no sea exactamente "feliz", por lo que nos toca recordar hoy. De todos modos, si estáis aquí es porque sabéis que la lectura puede ayudarnos a evadirnos, al menos por un rato.
Para eso he venido. Seguimos con los 52 retos de El Libro del Escritor/LiterUp. Hoy toca el 42, según el cual tengo que "ser infiel en un relato y describe al detalle las sensaciones de los personajes".


Como suelo hacer, he interpretado la premisa como me ha parecido. No se especifica a quién había de serle infiel, por lo que le he dado una vuelta a la obviedad. Ya entenderéis a qué me refiero cuando lo hayáis acabado.
¡Pasen y lean!

ENGAÑO BAJO LA CANASTA
Camino hacia la facultad con ganas de lanzarme a la carretera y acabar con todo. Me han pillado de la forma más estúpida. Sé que no debía haber ido a aquella cita la pasada noche, pero tenía que aprovechar; Alex iba a estar allí, y Jaime no se encontraba en la ciudad.

Estoy perdida, pero no me arrepiento de lo que hice. Pienso en la sensación de felicidad plena que viví, en las sensaciones nuevas, desconocidas hasta el momento. Es curioso; llevo toda mi vida con Jaime, le he seguido la corriente sin platearme de verdad el porqué; solo por inercia, porque es lo que todos creen correcto, hasta yo lo creía hasta hace poco. Quizá lo que necesitaba era una alternativa en mi vida, algo nuevo y emocionante que me estimulase lo suficiente para estremecerme, que me llevase incluso a gritar de júbilo como si no hubiera un mañana. Nunca había sabido el significado de las palabras pasión y éxtasis, no hasta que me embargaron el sábado durante el encuentro. Esa sensación de plenitud mientras sucedía, esa felicidad al consumarse, es lo que hace que haya valido la pena. Son sentimientos que aunque de momento han pasado, no olvidaré nunca; siempre me acompañarán. Nada ni nadie me lo va a arrebatar, ni siquiera Alfredo, el amigo de Jaime que me descubrió cuando salía del edificio.
No necesitó preguntas para adivinar de dónde venía, ni lo que había hecho; mi ropa, el maquillaje en mi rostro, todo eran señales reveladoras de mi traición. Me miró incrédulo unos momentos. Antes de que pudiese reaccionar, eché a correr.

Entro en clase, y lo primero que me encuentro es un corrillo de chismosos. Ahí está Jaime; me dirige una mirada triste. Alfredo me ve entrar y se cruza de brazos.
—Así que te has dignado a venir.
Lo miro con genuino desdén.
—Tenemos clase, estúpido.
Va a replicar, pero Jaime nos interrumpe. Se dirige a mí:
—Dime que no es verdad.
Su evidente decepción me incomoda. Clavo la vista en el suelo. No quería mentir, pero no se me ocurre nada honesto que decirle.
—No sé qué has oído...
—¡Serás falsa! —exclama Alfredo— ¡Te vi salir del estadio! ¡Con la camiseta de los Lobos! ¡Te pintaste la cara con sus colores!
Me concentro en la pata de la mesa más próxima. El metal brilla bajo la luz mortecina del aula. Nunca me había fijado en lo marrón que es. Marrón, como la camiseta de los Leones, el equipo de Jaime, Alfredo y los demás. Los enemigos de los Lobos.
—¿Y qué pasa? —murmuro, con el ceño fruncido y la cabeza gacha. Una de las chicas bufa.
—No lo niega...
—¿Cómo se atreve?
—Siempre iba con Jaime a ver los partidos. ¡Menuda hipócrita!
—¿Desde cuándo? —susurra Jaime, dolido— ¿Desde cuándo eres hincha de los Lobos?
Vuelvo a desviar la mirada, sin saber qué decir. ¿Cómo explicarle que nunca he sentido de verdad los colores que él percibe como si fueran su propia piel? ¿Que todo era fingimiento, una simple máscara para no defraudarle a él, mi mejor amigo?
—Los Leones no tienen mérito, ganan porque tienen dinero para comprar buenos jugadores —respondo en voz baja—. Los Lobos no son tan buenos, pero lo dan todo. ¿Has visto a Alex, su nuevo pívot? Eso sí es jugar.
El rostro de Jaime se crispa al oír cómo defiendo al equipo rival. Sé que le he hecho mucho daño, y lo siento. Pero no puedo seguir con esa farsa.
Alfredo se adelanta, furioso a causa de mis palabras.
–Son unos perdedores, y su afición, también. Aquí no queremos perdedores.
El grupo me persigue por el pasillo de la facultad. Algunos se giran para mirarnos extrañados, pero nadie me ayuda. Ya en el vestíbulo, me dan alcance. Son seis o siete, no logro contarlos antes de que empiecen a darme la peor paliza de mi vida. Me golpean hasta que casi pierdo el sentido. Cuando por fin llegan algunos profesores y el bedel, y mis atacantes huyen, ni siquiera soy capaz de levantarme.


Hay qué ver hasta qué extremos llegan algunos por defender a su equipo. Habría salido mejor parada si hubiese engañado a mi novio y no a los seguidores de los Leones.

2 comentarios:

  1. Muy buen relato, y creo que es muy real.

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    1. ¡Gracias! A veces sí, por desgracia. Hay quienes se lo toman hasta este punto, una actitud que, paradójicamente, es de todo menos deportiva...

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