"

sábado, 4 de febrero de 2017

Vámonos de boda

¡Feliz sábado!
Con la que esta cayendo, sobre todo por el norte, nada apetece más que quedarse en casa leyendo, ¿verdad?
Lo sé, por eso he venido. El reto 21 de El Libro del Escritor me pedía un relato "cargado de sarcasmo" sobre unos recién casados que quedan con sus amigos para ver un reportaje de su boda y luna de miel.
http://blog.ellibrodelescritor.com/52-retos-de-escritura-para-2017/?utm_content=buffer966d6&utm_medium=social&utm_source=facebook.com&utm_campaign=buffer

Como veis, era bastante específico, lo que me ha limitado bastante. He intentado crear una historia original, y espero que pueda ser considerada sarcástica. Además, he querido cambiar de género y alejarme de la fantasía, en la que tan cómoda me siento; volveré a ella, es inevitable, pero me apetecía que el reto fuese aún mayor.
Ya me comentaréis qué opináis.
¡Pasen y lean!

EL REPORTAJE DE BODA
La puerta se abrió. A pesar de estar rodeada de sus mejores amigos, Alba tenía miedo. No sabía qué se iban a encontrar en la casa de Diana y Héctor. Desde lo que había pasado antes de la boda no había sabido nada de ellos.
Se había resistido a asistir al enlace, propósito para el cual había simulado sufrir una bronquitis aguda. No se sentía orgullosa, pero no había tenido elección. No se había sentido capaz de ir. Los amigos le habían referido lo estupendos que fueron la fiesta, el banquete, el baile e incluso el hotel, que había sido de lujo. Alba creía que exageraban. No podía ser que todo hubiese resultado perfecto. Deseaba que así fuera, pero no lo creía.
Al ver los dos rostros de amplia e impoluta sonrisa de la pareja en el marco de la puerta, su temor se tambaleó. Diana y Héctor eran la estampa idónea para situar al lado de la definición de "familia feliz" del diccionario. Abrazados, con los ojos resplandecientes de dicha por estar juntos y por ver a sus amigos, no parecían conocer el significado de las palabras "dolor" o "problemas".
Los hicieron pasar al salón de su preciosa mansión de revista; había sido uno de los regalos de la familia de Diana, los cuales tenían la suerte de ser una de las más ricas del país. Por dentro era tan elegante y soberbia como por fuera, y todo lucía impecable. Sin duda, el mérito era del servicio doméstico que habían contratado.
Ya tenían conectado el ordenador, con el vídeo y las fotografías preparados. Les pidieron que se acomodaran en los puffs que habían dispuesto para que nadie tuviera que conformarse con un fragmento de suelo. Al instante aparecieron con bebidas y algo para picar. Por lo que Alba recordaba, ninguno de los dos había sido nunca tan detallista. Se extrañó, pero la sed la obligó a no darle importancia y aceptar un refresco.
Comenzaron el pase. Lo primero fue el vídeo de la boda, con sus fotos en un montaje precioso que buscaba destacar el amor incondicional que se prodigaba la pareja, la diversión de aquel día tan especial, y el esplendor del paraje donde lo habían celebrado. Alegría, sonrisas y felicidad, las mismas que reinaban en la sala donde Alba y los demás visionaban el reportaje. La joven se sentía a cada momento más maravillada. No había esperado que todo hubiese salido tan bien.
Si las imágenes de la boda la colmaron de alivio, las de la luna de miel fueron el culmen de la dicha. La familia de Diana les había costeado el viaje a California y Hawaii, y las instantáneas parecían sacadas de un cuento de hadas. Amaneceres y puestas de sol impresionantes, paisajes de playa, paseos por la costa, y siempre la pareja mostraba su infinito amor.
Era todo tan hermoso que a Alba se le escaparon un par de lagrimillas. Qué mal lo había pasado, y sin motivo. Lo sucedido no tenía ninguna importancia, solo era una anécdota para olvidar. Se regañó por haberse torturado con aquel asunto. Feliz por la pareja, les dio a cada uno un fuerte abrazo y les expresó su más sincera enhorabuena por su matrimonio perfecto, que acababa de comenzar.

La puerta se cerró. En la casa ya solo quedaban Diana y Héctor. Cuando el último de sus invitados hubo salido, sus sonrisas vacilaron y sus miradas se cruzaron. No hacían falta palabras. Ambos sabían suficiente. Ambos habían pensado lo mismo al ver a Alba. La habían invitado, pero no habían contado con que apareciese. Cada uno, en secreto, había dado por hecho que no se atrevería a hacer acto de presencia después de lo que había pasado.
Héctor no olvidaba cómo se habían emborrachado poco antes de la boda, y cómo le había confesado a Alba que siempre la había querido a ella. Lo único que le gustaba de Diana era el dinero de su familia. Muy elegante, Alba lo había rechazado en el acto. Aún no podía explicarse el porqué. Habría cancelado la boda, todo, si ella se lo hubiese pedido.
En silencio, el hombre se retiró a a la cocina para servirse una cerveza. Diana permaneció en la sala, pensativa. No le había contado a Héctor lo que había pasado en su despedida de soltera. También ella se había emborrachado, como todas aquella noche. Alba le había relatado entre sollozos la torpe declaración de amor de Héctor. Pocos minutos después, y sin saber muy bien cómo, ambas amigas se habían reunido en el cuarto de baño para huir de miradas indiscretas. Allí habían dado rienda suelta a sus sentimientos.
Había sido la primera vez que Diana hacía el amor con una mujer, y  la vez que más había disfrutado del sexo. Hasta aquella noche no había dudado de su amor por Héctor. Después de tan especial despedida de soltera ya no estaba tan segura; pero era demasiado tarde para dar marcha atrás a la boda. Sus padres la habrían matado, sobre todo si descubrían la razón.
El ruido de la nevera al cerrarse la devolvió a la realidad. Maldijo su situación. Si Alba no hubiese ido a ver las fotos, aún tendría posibilidades. No creería que su vida de casada era feliz y perfecta, y no estaría todo perdido entre ellas. Pero ya había asimilado el gran embuste que habían fabricado.
Con un suspiro resignado, Diana tomó una de las latas que quedaban en la sala, aún sin abrir. Héctor reapareció en la sala. Sin decirse nada, cada uno fue a sentarse en un rincón diferente. Brindaron en silencio, para sí mismos, por el falso matrimonio perfecto; y porque tal vez, con el paso del tiempo, ellos mismos llegarían a olvidar su falsedad.




5 comentarios:

  1. Me ha encantado el final, lastima que no se planteasen otra opción menos convencional, ja ja ja. El relato te ha quedado perfecto.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias, Ignacio, precisamente intentaba que fuese verosímil y más pegado a la realidad, por no tirar siempre de los mismos recursos.

      Eliminar