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sábado, 28 de enero de 2017

Feliz fin de año... chino (Parte 2)

¡Feliz sábado
Lo prometido es deuda. Hoy es, de forma oficial, el primer día del año 4715, según el calendario lunar chino, y yo traigo la segunda parte de la historia que comencé ayer. En esta ocasión es el reto 1 de El Libro del Escritor: "escribe un relato que comience en un día de Año Nuevo".
Os recuerdo en un momento con qué nos quedamos ayer: el joven Qiang tenía que volver con la dragona a China, ¿queréis saber por qué? Es fácil... solo tenéis que seguir leyendo. Feliz lectura, y feliz año del gallo de fuego.
¡Pasen y lean!


LA DANZA DEL DRAGÓN

A las doce en punto, Qiang y la dragona aterrizaron en el corazón de Shangai. La ciudad entera celebraba la llegada del Año del Gallo. Al chico no le habría importado unirse a la multitud para festejar el evento. Pero tenía una misión que cumplir.
Sabía por qué la dragona había ido a buscarlo, y lo que debía hacer. Hacía mucho tiempo que Qiang no pensaba en su amigo Gong. Desde que se viese obligado a emigrar a Europa para buscarse la vida, el recuerdo del pequeño dragón había quedado sepultado bajo las vicisitudes del día a día. El chico debía aplicar sus cinco sentidos en la ardua tarea de salir adelante en un país extraño, y los problemas de Gong se le antojaban lejanos y menos urgentes. ¿Qué importaba el miedo escénico del próximo rey de la Danza del Dragón, cuando tal vez él no tuviera nada que llevarse a la boca?
La hermana de Gong le había confirmado lo que ya sospechaba cuando la vio aparecer en París; había llegado el momento de que Gong la sustituyese en la Danza del Dragón, y él, aterrado, se había escapado. Nadie había conseguido encontrarlo, razón por la que necesitaban su ayuda.
El chico desmontó y saludó solemne a la dragona.
—Arréglalo, Qiang —le pidió ella—, solo te escuchará a ti.
—Haré lo que pueda —prometió él.
No estaba seguro de cómo lo recibiría Gong después de tantos años. Solían ser inseparables, pero aquel pasado en el que pasaban los días jugando ya no existía. El chico confiaba en que el dragón recordase los viejos tiempos, o no habría nada que hacer.
Se acercó a la orilla del Huangpu. Conocía el lugar concreto donde podía dar con Gong. Solo él conocía su escondite secreto, el lugar al que acudía siempre que la realidad lo atormentaba. Sin pensárselo dos veces, se lanzó a sus aguas y rezó porque su amigo no hubiese cambiado sus costumbres.
Tuvo suerte; tan pronto como su cuerpo se sumergió en las aguas, una burbuja gigantesca lo acogió en su interior. Gong había sentido su presencia, y había acudido a recibirlo.
Estaba muy cambiado. Ya no quedaba nada del cachorro de dragón que se escondía en las profundidades por temor a que alguien se riese de su pequeño tamaño y forma rechoncha. Era una criatura alargada y estilizada, muy semejante a su hermana; un perfecto rey de la Danza del Dragón que lo contemplaba, enorme y majestuoso. Qiang tragó saliva. De pronto no sabía qué decir. Por suerte, Gong tomó la palabra:
—Sé a qué has venido.
El chico respiró hondo.
—Me ha llamado tu hermana. —Tenía la incómoda sensación de que la mirada del dragón era de reproche. Agachó la cabeza—. Habría venido antes a verte, de verdad, pero ha sido imposible.
—Lo entiendo, Qiang. Pero eso no cambia las cosas. Cuando te fuiste, me quedé solo.
Se dio la vuelta dentro de la burbuja. El joven se sentía culpable, pero también aliviado. Si podía comprender los sentimientos del dragón, tal vez podía lograr que dejase atrás su miedo.
Se acercó a él despacio. Sabía que a Gong no le gustaba el contacto físico; a él tampoco le entusiasmaba, de modo que caminó dentro de la burbuja hasta situarse a su lado.
—Tenías a tu hermana. Los dos sabemos cuánto te quiere.
—Y, si me quiere, ¿por qué me obliga a sustituirla en ese estúpido festival? ¿Por qué no puede repetir su actuación este año?
Su voz sonaba llorosa. Qiang se aproximó un poco más, hasta detenerse frente a su viejo amigo.
—¿Recuerdas aquel Año del Perro, cuando quiso enseñarte los pasos básicos delante de mi familia? Quisiste escapar igual que hoy, pero ella no te dejó en paz hasta que bailaste con ella.
—Sí, te chamuscó el flequillo porque intentaste ayudarme a esconderme. —Un atisbo de sonrisa iluminó la cara del reptil al evocar los recuerdos. Qiang asintió.
—¿Y cómo te sentías después de haber bailado?
—No sé. Estaba muy nervioso —aseguró Gong, inseguro. El chico sacudió la cabeza.
—Estabas nervioso antes de actuar. Después, estabas eufórico. Se te escapó una llamarada de alegría y sin querer me quemaste lo que me quedaba de pelo.
Tras un silencio pensativo, a Gong se le escapó una carcajada de dragón.
—Pasamos todo el Año del Perro llamándote cara-bola. —Sacudió la cola y lanzó un largo suspiro—. Pero aquello era distinto. No era una actuación de verdad, y estaba con ella.
—Hoy ella estará entre el público. Y, si quieres, yo puedo estar contigo. Me camuflaré entre tu melena.
Gong alzó la cabeza, con repentino interés.
—¿Harías eso? —Reflexionó unos momentos—. Si te pilla mi hermana, te hará arder de pies a cabeza.
—Creo que lo que más le importa a ella ahora es que te atrevas a enfrentarte al mundo. Ya eres mayor para seguir ocultándote, Gong, los dos lo somos.
El dragón se lo pensó durante unos minutos interminables. A continuación, asintió. Agachó la cabeza y permitió que Qiang se encaramase a su cabeza. Tanto había crecido que, si el chico se tumbaba, podía cubrir su cuerpo con los cabellos de su amigo.
—Vamos allá.
De forma repentina, Gong tomó impulso y saltó hacia la superficie. Rompió la burbuja que los aislaba del agua del río, y también la superficie del mismo. Lanzó un sonoro alarido hacia el cielo matutino y se dirigió, decidido, al lugar donde se festejaba el Festival de Año Nuevo. Tal era su euforia que no dio señales de percatarse de que Qiang había saltado para ser recogido por la otra dragona.
El chico informó a la criatura que había logrado su cometido. Juntos siguieron a Gong, desde la distancia para no ser avistados. Lo vieron bailar entre hileras de humanos entusiasmados. Qiang casi podía escuchar a los malos espíritus que escapaban entre aullidos de dolor al contemplar la magnífica danza de su amigo.
El dragón bailó sin descanso durante el primero de los quince días de rigor. Cuando por fin se detuvo, su hermana y Qiang fueron a su encuentro. Gong resoplaba, y de sus fauces surgían volutas de humo. Parecía exhausto, pero feliz.
—Ya ves que no era para tanto —gruñó su hermana, con una nota de reconocimiento en su voz. Gong no respondió. Se fijó en Qiang, que se aferró avergonzado al costado de la dragona.
—Perdóname, amigo. Era la única forma de que salieras de allí.
La criatura se agachó y acercó su rostro impenetrable al del chico. A continuación, lo sorprendió con una gran carcajada. Como había pasado casi diez años atrás, el pelo del joven empezó a arder. Tuvo que colocarse con rapidez la capucha de su abrigo para ahogar el fuego.
—No soy tan tonto, Qiang. —Sonrió la criatura—. Como yo, has crecido, pero no has cambiado nada. Mi hermana te da demasiado miedo, nunca harías trampas en la Danza del Dragón.
Aquello no se lo había esperado. El chico se frotó la cabeza humeante.
—¿Y por qué has salido?
—Bueno, no podía perder otra ocasión de dejarte calvo —bromeó Gong. Qiang sabía que no hablaba en serio. No, no habían cambiado tanto. Su amigo podía ser un poco miedoso, pero cuando su hermana y sus amigos lo necesitaban, no había quién lo parase.
Sonrió a su vez. Sin decir nada, se subió sobre el lomo de su viejo amigo, y junto a la hermana de éste, alzaron el vuelo en dirección a la morada de los dragones. Había que recobrar fuerzas para los catorce días de festejos que estaban por venir.





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