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viernes, 27 de enero de 2017

Feliz fin de año... chino (Parte 1)

¡Feliz viernes!
Hoy es la noche más importante para buena parte de la humanidad. Sí, es fin de año otra vez, el Fin de Año chino.
Por eso, en esta ocasión tan especial, publicaré dos relatos seguidos, con conexión entre ambos. El primero es el reto 52 de El Libro del Escritor: "describe una situación cómica que transcurra en el último día del año".
Ahora ya entendéis por qué esperé hasta hoy para sacar esta historia, ¿verdad? Claro, quería que tuviera sentido. Y, de paso, he podido investigar un poco sobre el Año del Gallo, en concreto el de Fuego, que es el que comienza mañana (ya que los años que terminan en 6 y 7 son años de fuego). El gallo se relaciona con el despertar, ya que es el animal que con su canto da la bienvenida al nuevo día (y casi siempre persiste en su concierto a lo largo de la jornada, todo hay que decirlo).
He situado la primera parte de esta historia en una ciudad al azar de la vieja Europa, para crear un contraste con la cultura nipona y, de paso, buscar ese tono humorístico que me piden. Mañana publicaré la continuación.
¡Pasen y lean!


VISITA NO AUTORIZADA

Era un viernes como otro cualquiera en París. Anochecía, y Fabien no veía la hora de marcharse a su casa. Tras una agotadora jornada en su puesto de guarda de seguridad en aquel gris bloque de oficinas solo podía pensar en su relajante sofá. Era de esa clase de gente que, además de detestar su trabajo, se regodeaba en su repulsión hacia el mismo. No dejaba de fijarse en cada mal gesto, de protestar por cada pequeña adversidad, y de culpar al joven de mantenimiento por la innegable suciedad que invadía el edificio por momentos. En los mejores momentos, se aburría en silencio. Pasaba las jornadas despotricando contra todo y contra todos. Tal vez su actitud influyese en el rechazo que le mostraba la totalidad de los trabajadores de la zona. Hacía tiempo que nadie se dignaba a dirigirle la palabra.

No es difícil imaginar el mal humor que lo invadía a última hora de la tarde, cuando todo el hastío del día se había acumulado en su interior y pugnaba por salir por la puerta que se terciase. La excusa perfecta se presentó en forma de visita no autorizada. Plantado ante la puerta como una roca milenaria, Fabien se cruzó de brazos y ladró:
—¿A dónde se cree que va, señorita?
La aludida se indignó, lo que no afectó al guarda.
—Pero bueno, ¿no sabe usted quién soy?
Fabien observó a la visitante. Desde luego, debía reconocer que no parecía una persona cualquiera. En realidad, no parecía una persona. Su cuerpo alargado se parecía más al de una serpiente, aunque su cabeza parecía de caballo y poseía patas de lagarto y cuernos a lo largo de todo el espinazo, por no hablar de su desmesurado tamaño. Podría haber aplastado un camión con facilidad. Sus escamas eran de colores brillantes, y sus ojos resplandecían de desdén. El guarda torció el gesto.
—Me trae sin cuidado. No puede a pasar.
La criatura lanzó un bramido que sin duda hizo temblar hasta la torre Eiffel. De sus fauces surgieron llamaradas que incendiaron la incipiente noche.
—¡Soy la reina de la Danza del Dragón, y exijo que se aparte! —exclamó. Contrariado, Fabien alzó la cabeza.
—Pues no figura usted en la lista de personas autorizadas.
La gigantesca criatura dio un pisotón colérico, con el consecuente destrozo del asfalto. Rugió y lanzó llamaradas que no lograron mermar el ansia de desquite del guarda.
—¡Me importa un lichi! ¡Quiero hablar con Qiang!
El hombre alzó las cejas, curioso de pronto.
—¿Ése no es el inútil de mantenimiento? —Se le iluminó el rostro—. ¿Ha venido a darle su merecido! ¡Bien, así aprenderá a frotar bien el wáter!
—¿De verdad cree que tengo tiempo que perder con esas tonterías? —Fabien no tenía ni idea de qué más podía ocupar el tiempo de semejante animal, pero dejó que siguiese hablando—. Me trae un asunto mucho más importante. Qiang debe volver con los suyos.
—¿Cómo? ¡De ninguna manera, si yo tengo que aguantarme y trabajar hasta tarde, él también!
Dos volutas de denso humo negro surgieron de las fosas nasales de la dragona.
—Vosotros los occidentales no entendéis nada. Qiang tiene que venir conmigo. Es la noche de fin de año.
—¿Fin de año, a finales de enero? —Fabien se interrumpió al recordar que el chico de mantenimiento era chino, y por tanto, seguía un calendario diferente—. Me trae sin cuidado, no es justo que yo tenga que quedarme como un pardillo.
—¿Te parece justo que tenga que estar lejos de su país en una noche tan importante? —exclamó la dragona, con un deje de sorpresa en su voz—. Si él no viene, la Danza del Dragón tendrá que cancelarse. Es el único que puede encontrar a mi hermano.
Fabien no entendía de qué le hablaba la criatura, y empezaba a cansarse de la conversación. Se plantó desafiante ante la puerta, con los brazos en jarras.
—No es mi problema.
—Muy bien. Tú tampoco eres el mío.
Dicho esto, la dragona caminó con resolución hacia el edificio. El guarda vaciló unos instantes, y al final, se apartó justo a tiempo para evitar ser aplastado por una de sus gigantescas patas.
Parecía imposible que la dragona pudiese caber por la puerta, de tamaño humano; pero ella encontró fácil solución al problema; bastó con echar abajo la parte baja de la fachada. Lo que antes era la puerta se convirtió en un boquete de la anchura de un vagón de tren. Fabien se rascó la cabeza, pensativo. Contempló a la criatura que avanzaba con rapidez entre los trabajadores paralizados de terror. Solo entonces se le ocurrió pensar que tal vez estaban en problemas.
Al fondo del pasillo se encontraba Qiang, pálido como un fantasma. Seguía con la mirada el avance de la criatura, que no se detuvo hasta encontrarse frente a él. Entonces, sin decir nada, el muchacho extendió un brazo tembloroso hacia ella. La dragona se dejó tocar, y con un movimiento repentino, cargó al chico a sus espaldas y salió volando hacia la oscuridad de la noche parisina.


(Continuará...)

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