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miércoles, 21 de diciembre de 2016

Y llegó el invierno

¡Feliz miércoles!
¿Sabéis qué pasa hoy, verdad? Es el día del Solsticio. Hoy llega el invierno, y con él, este nuevo relato, relacionado precisamente con las estaciones. El reto 4 de El Libro del Escritor dice que escriba un relato que tenga lugar durante mi estación favorita del año. Ésta debe ser importante para el desarrollo de la trama.
Bien, mis dos estaciones favoritas son el otoño y el invierno, por eso me pareció adecuado publicar hoy esta historia.
¡Abrigaos, que refresca!

EL ESPÍRITU DEL INVIERNO
En los siete años de vida de Vera, era la primera vez que el ayuntamiento de su ciudad se dignaba a instalar una pista de hielo para el disfrute de niños y adultos. Ella estaba muy emocionada, al contrario que Sol, su hermana mayor. Como sus padres no podían llevarlas por encontrarse en sus respectivos trabajos, a Sol le había tocado dejar que Vera acudiese con ella y con sus amigos.
La pequeña no entendía su disgusto; los otros parecían divertirse con sus comentarios.
—Voy a ser la Reina del Hielo —aseguraba Vera—. Como la de la peli.
—¿Nos vas a convertir en estatuas congeladas? —Reía uno de los chicos.
—Solo si os portáis mal conmigo —lo tranquilizó Vera.
—Ojalá te largases, igual de que la de la peli —rezongó su hermana.

Una vez en la pista, alquilaron los patines y se lanzaron a la diversión. Vera descubrió con una mezcla de alivio y entusiasmo que aquello se parecía mucho al patinaje sobre ruedas, el cual no se le daba nada mal. Confiada, dio un par de vueltas a la pista.
En alguna ocasión superó a su hermana. Sol la contemplaba con odio. A Vera se le daban mucho mejor los deportes que a ella.
Tan segura se sentía que cerró los ojos para sentir con mayor intensidad el sonido del patín al deslizarse y el sordo barullo de los demás patinadores. Se atrevió a dar un giro y se imaginó a sí misma como bailarina de élite.
Las bailarinas de élite no chocan, o no deberían hacerlo; fue lo primero que pensó Vera al sentir que se golpeaba de costado con otra persona. Ambos cayeron al suelo. Vera abrió los ojos; ante ella se frotaba la cabeza dolorida un joven cuyo largo cabello plateado contrastaba con sus suaves facciones. No era de constitución fuerte, pero había en él una fuerza desconocida que a la niña no le pasó desapercibida. Vera se acercó a él, avergonzada.
—Lo siento, señor. ¿Está bien?
El otro la miró y sonrió.
—No estoy bien, pero no por tu culpa. No te preocupes.
Se puso en pie. Era alto como un rascacielos. Vera se dio cuenta de que no llevaba patines.
—¿Trabajas aquí? —intentó deducir. Él sacudió la cabeza.
—No, qué va.
—¿Y por qué no llevas patines? —Señaló las fuertes botas del joven.
—He venido solo un momento. Estoy buscando algo. Pero no está aquí.
—¿Por eso no estás bien, porque has perdido ese algo? —El otro amplió su sonrisa, y asintió—. ¿Qué es? ¿Un juguete?
Su interlocutor se agachó para mirarla a los ojos.
—Es más importante. Es mi máquina del invierno.
—¿Tu qué?
—Tengo que irme.
Vera había escuchado bien. Abrió unos ojos como platos al comprender quién era.
—Eres el espíritu del invierno.
No era una pregunta.
—¿Me conoces?
El joven se mostró tan sorprendido como Vera. Ella alzó la barbilla con orgullo.
—¿Quién, si no, iba a tener una máquina del invierno?
—Hábil deducción —admitió el joven. Se incorporó—. Es un placer conocerte, pero tengo que seguir buscando, o nunca llegará el invierno.
Ante él se abrió un agujero en el espacio. Vera ahogó un grito. Nadie más que ellos parecía ver aquella apertura en el aire, por la cual se filtraba una fresca brisa. El espíritu dio un paso hacia allí.
—¡Te acompaño! —exclamó Vera, decidida. Aquella prometía ser una aventura única, y no estaba dispuesta a perdérsela. Cruzó el portal, seguido del espíritu.
Reconoció el lugar en el que de pronto se encontraban. Había visto la capital por televisión montones de veces. La multitud de personas en busca del regalo perfecto abarrotaban las calles, y una alta estructura que representaba un árbol navideño despuntaba entre las muchas cabezas.
El espíritu la tomó de la mano.
—Ten cuidado, no te pierdas.
—¿Aquí estará tu máquina?
—Es el único sitio en el que me falta buscar. Pero atravesar esa muchedumbre va a ser difícil.
Vera no se lo pensó dos veces. Se soltó del espíritu y echó a correr entre la gente. Oyó que el joven la llamaba, pero no le hizo caso. La reina del hielo debía proteger el invierno, y el único modo de lograrlo era encontrar la máquina.
Llegó hasta el pie de aquel falso árbol. Varios vendedores ambulantes intentaban colocar sus mercancías a los muchos paseantes, sin demasiado éxito. Vera tuvo que esforzarse en ignorar aquellos cachivaches brillantes y concentrarse en su misión. No era fácil.
—Buenas noches, pequeña. ¿Y tus papás?
Uno de aquellos vendedores le sonreía. Vera se encogió de hombros.
—Trabajando.
—¿Estás solita?
—No, estoy con el espíritu del invierno.
Se le borró la sonrisa, que se convirtió en una mueca de asombro. Vera estudió su mercancía. Como los demás, ofrecía objetos divertidos, con luces que parpadeaban o emitían sonidos graciosos. Pero de su cuello colgaba un estrambótico artefacto. Era del tamaño de una pelota de tenis, metálica y en forma de copo de nieve. La niña lo señaló. El hombre, al comprender qué era lo que le interesaba, se lo mostró:
—Es una baratija que encontré.
—La quiero. Es la máquina de mi amigo.
No sabía cómo, pero no tenía dudas, su intuición de reina del hielo se lo decía. El hombre soltó una risita. Se descolgó la máquina y la sostuvo ante los ojos de Vera sin dárselo. Se relamió.
—¿Y qué piensas darme a cambio?
—No tengo que darte nada. Es del espíritu del invierno.
De pronto, el hombre daba miedo. No le gustaba cómo la miraba. Vera quiso escapar, pero no podía; debía recuperar la máquina.
—Ven conmigo. Hay algo que puedes darme.
No sabía a qué se refería, pero no le gustaban ni su voz ni su mirada.
—No quiero.
—Vamos, no tengas miedo.
Buscó con la vista al espíritu del invierno, pero la multitud no le permitía encontrarlo.
El hombre dio un paso hacia ella y alargó la mano para cogerla del brazo. Vera respiró hondo. Levantó la pierna y le propinó una patada al hombre.
A Vera tampoco se le daba nada mal la lucha, y el hecho de no haberse descalzado los patines sirvió para que el hombre se derrumbase con un grito de dolor. La máquina resbaló de su mano. Vera se abalanzó para cogerla. La aferró con fuerza y echó a correr. Pero el hombre no la seguía.
Volvió al lugar donde se había separado del espíritu. No lo encontró. Vera se sintió inquieta. Si no lo encontraba, no podría volver con su hermana. Notó un nudo en la garganta. Quería regresar, y tenía miedo de no poder hacerlo, de quedarse sola para siempre.
Observó la máquina, en su mano. Su contacto era frío, pero no desagradable. Se la colgó del cuello para evitar perderla. Cuando lo hizo, una brisa se elevó a su alrededor. Sus cabellos se agitaron, y ante ella se abrió el portal espacial. Pudo ver la pista de hielo al otro lado. Escuchó la voz del espíritu a su lado:
—Gracias a ti, ahora soy libre. Puedo volver a habitar el interior de la máquina, y traer el invierno. Ahora, tanto ella como yo te pertenecemos. El poder del invierno es tuyo. Gracias por tu valor, Reina del Hielo.
Se le humedecieron los ojos. Feliz, Vera atravesó el portal que la llevaría de vuelta a casa, con su familia. Notaba que el mundo era el mismo, y a la vez diferente; el invierno por fin había llegado.

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