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domingo, 25 de diciembre de 2016

Feliz navidad

¡Feliz Navidad!
¿Ha sido generoso Papá Noel? ¿O, como en mi casa, sois más de celebrar los Reyes Magos? Como sea, hoy tengo un regalo para vosotros, con todo mi cariño: ¿lo adivináis?
¡Sí! ¡Un relato "especial navideño"!
El reto 37 de El Libro del Escritor dice así: "escribe una historia con los siguientes elementos: orejas, bufanda, sonajero y guirnalda".
No sé si os pasa, pero en cuanto leí la premisa, sentí que las palabras me transmitían sensaciones navideñas. Por eso, decidí esperar para escribirla hoy.
La canción que aparece al final es Heavy Metal Christmas, de Twisted Sister:
https://www.youtube.com/watch?v=X-fVgx5HdFM
Felices fiestas, pasen y lean:

MI PRISIÓN

No tengo una vida como para echar cohetes. Me separaron de mi madre y mis hermanos al nacer, por la fuerza. Me encerraron en esta infame prisión de la que solo me sacan cuando me siento enfermo, para pincharme y darme nauseabundos brebajes. Los detesto de verdad.
Mi instinto me dice que muerda, pero los barrotes de mi celda son duros y fríos. Seguiré mordiendo porque es lo que se supone que debo hacer, aunque ya he aprendido que no sirve de nada.
Comparto cautiverio con muchos otros reclusos. Por lo que sé, a nadie le han dicho cuál es su crimen. Tampoco a mí. Al lado de mi celda se encuentra una más espaciosa, que alberga a cuatro individuos pequeños y nerviosos. No son muy habladores, ni siquiera entre ellos. Claro, que, ¿quién puede serlo, en nuestras circunstancias?
Veo otras celdas en la ruidosa estancia en que nos encontramos, a cada cual más agobiante. La mía no está tan mal, puedo moverme en ella e incluso hacer ejercicio. En este tiempo de cautiverio he llegado a desarrollar unas grandes habilidades como acróbata. De poco me pueden servir aquí dentro, pero la actividad evita que me vuelva loco.
Echo de menos el aire fresco en la cara, o la hierba bajo mi cuerpo. Apenas me acuerdo de lo que sentía entonces, porque como dije, llevo aquí casi toda mi vida. Por desgracia, es el único recuerdo bueno que conservo.
Al menos, desde que cambiaron mi celda de sitio no me aburro. A diario veo gente variopinta desde una situación privilegiada. Muchos entran a la prisión, se acercan a mi celda, me hablan y comentan entre ellos sus impresiones. Trato de pedir socorro a todos y cada uno de los que nos visitan. Pero siempre se marchan sin haberme entendido.

Algo ha pasado. Desde hace unos días, nuestra cárcel parece diferente. De las paredes cuelgan adornos, hay una guirnalda en cada pared, estrellas y campanillas. En la cristalera que me permite ver el mundo ha aparecido la imagen de un señor viejo y barbudo. Se oye una música estridente de voces agudas y tambores infernales. No sé lo que ocurre. Me hago un ovillo, asustado agacho las orejas y deseo que esto termine.
Se abre la puerta de la prisión. A la música se suman un llanto desconsolado y tres voces muy alteradas:
—Mira, peque, animalitos. ¡A ti te gustan!
—Vamos, deja de llorar. Solo era un sonajero. Si no aparece, te compraremos otro.
—¿No quieres ver los cachorros? Mira, mira qué hámsters tan bonitos.
Se han acercado, pero no parecen interesados en mí, sino en mis vecinos. Me atrevo a alzar la vista.
Estos seres se parecen a mi carcelero. Son una hembra, un macho y dos crías, una de ellas casi recién nacida. Es esta última la que no para de llorar. Me recuerda a mí cuando era así de pequeño y me alejaron de mi familia. ¡Cómo lloré entonces!
Apoyo mis patas en los barrotes de la celda. Quiero tranquilizarla, decirle que va a estar bien, porque a ella no la van a arrancar de los brazos de su madre. La cría no me mira a mí, ni a nadie. Solo llora.
Tengo que llamar su atención. Mordisqueo los barrotes sin esperanza. No sé cómo, por primera vez, la puertecita de la celda se abre ante la insistencia de mis incisivos. Parece cosa de magia. Me pregunto si el hombre barbudo de la imagen del cristal ha tenido algo que ver. Parece capaz de hacer magia. No me esperaba que mi intento funcionase, y por un instante dudo. Solo por un instante.
Salgo de un salto y me encaramo a la celda de mis vecinos.
—¡Peque! ¡Eh, peque, mira al conejito! —exclama la cría mayor. El bebé por fin me hace caso. Hago el pino y se ríe. Sus padres buscan con la mirada a mi carcelero.
—Deberíamos avisar al dependiente.
—Creo que está en la trastienda.
Sé lo que significa que lo avisen. Me cambiarán a otra celda, una más pequeña e incómoda. Doy otro salto, éste con tirabuzón. Aterrizo en el suelo ante la cría grande. Ella aplaude, y el bebé estalla en carcajadas. La mayor se vuelve a sus padres y me señala.
—He cambiado de idea, ya no quiero la bufanda. Compradme el conejo.
—Pero, cariño... Te hace falta la bufanda.
—Puedo usar la del año pasado —insiste ella—. Vamos, es Navidad... Seguro que él también quiere pasarla en familia.
Los adultos intercambian una mirada llena de dudas.
—Está bien —accede la madre—. Seguro que cuando vuelva el calor, le gustará jugar en nuestro jardín.
—Además, gracias a él, la peque ya no llora. Qué menos que agradecérselo.
Entiendo lo que quieren decir. Son buenas noticias. Voy a abandonar esta prisión para irme con ellos. Sabré por fin lo que es tener un hogar y gente que me quiere.
Para demostrarles mi alegría, doy algunos saltos hacia el mostrador. Es allí donde suena la espantosa música de las vocecillas siniestras. Procede de un aparato con botones y una antena. Lo golpeo con mis patas hasta que reproduce otra canción mucho más agradable:


On my heavy metal Christmas my true love gave to me:
twelve silves crosses,
eleven black mascaras,
ten pairs of platforms,
nine tattered t-shirts,
eight pentagrams,
seven leather jackets,
six cans of hairspray,
five skull earrings,
four quarts of Jack,
three studded belts,
two pairs of spandex pants,
and a tattoo of Ozzy

(En mi Navidad de heavy metal mi verdadero amor me dio:
doce cruces de plata,
once máscaras negras,
diez pares de plataformas,
nueve camisetas rotas,
ocho estrellas de cinco puntas,
siete chaquetas de cuero,
seis latas de spray para el pelo,
cinco pendientes de calaveras,
cuatro litros de Jack,
tres cinturones de clavos,
dos pares de pantalones spandex
y un tatuaje de Ozzy)


Ahora sí, me siento de un humor inmejorable. Estoy listo para salir de aquí a ritmo de rock navideño.



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