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jueves, 8 de diciembre de 2016

Escribiendo con la gripe

¡Feliz jueves!
Qué bien sientan los puentes, ¿verdad? Yo he tenido la mala suerte de caer enferma nada más regresar de un proyecto en Hungría, por lo que me lo estoy pasando entre toses y moqueos. La parte buena es que la enfermedad no me ha arrebatado las ganas de contar historias. Hoy traigo otra para el reto de El Libro del Escritor: la número 46, que debía tener lugar en un taller mecánico.
He aprovechado el hecho de que tal día como hoy nacía Jim Morrison para rendirle un pequeño homenaje. El relato en sí no tiene mucho que ver con él, pero ya entenderéis a qué me refiero cuando lo hayáis leído.
¡A disfrutarlo!

EL FINAL

La primera vez que crucé la puerta del taller lo hice con miedo. Nunca había estado en un sitio tan oscuro y lúgubre, no desde que salí de la fábrica. La estancia olía fatal y estaba plagada de motos y coches. Los vehículos de motor me asustan. Son como monstruos voraces capaces de pisotearte sin piedad si se te ocurre cruzarte en su camino.

Mi ama me hizo avanzar. Habló con un sudoroso hombre que bregaba bajo una moto antigua.
—¿Podría hinchar las ruedas de mi bici? No encuentro el bombín.
—Claro. Dame un minuto.
El hombre trajinó unos minutos en la rueda delantera de la moto. La contemplé. Parecía débil, era evidente que había conocido tiempos mejores. Pero no por ello resultaba menos aterradora.
Ella me devolvió la mirada.
—¿Es tu primera vez? —inquirió con voz apagada. Afirmé con el manillar— ¡Bendita juventud!
Reuní todo el valor que pude encontrar para preguntar:
—¿Qué le ha pasado?
Rió con un gruñido del motor.
—Los años, eso ha pasado. No saben lo que tengo, solo que no tiene remedio. Supongo que esto es el fin. Ya lo dijeron The Doors. —Empezó a entonar una lenta canción con su ronca voz—. This is the end, my only friend the end...
Noté su tristeza a pesar de que intentase disimularla. Sentí lástima de aquella anciana grandullona.
—Vamos, usted parece fuerte. —Intenté animarla—. Seguro que no es nada.
—Hija, llevo en este taller casi un mes. No te imaginas la de pruebas que me han hecho. Es ley de vida, ya tengo mis kilómetros. Ahora las carreteras son para los jóvenes, como tú y como ellos.
Señaló a un par de coches relucientes. Me entró una risa nerviosa al saberme comparada con aquellos mastodontes.
—Yo no me atrevo a ir por la carretera. Soy una bici infantil.
La moto me estudió con detenimiento. Asintió.
—Con la edad me he vuelto menos observadora.
El hombre dejó de trabajar con mi interlocutora. Se dirigió al fondo para coger algo y regresó con un instrumento espeluznante en sus manos. Le pidió a mi ama que me sujetase y se agachó a mi lado.
Presa del pánico, eché a rodar enloquecida. No quería que se me acercase con aquella cosa. Estaba dispuesta a escaparme, pero la anciana moto se interpuso en mi camino.
—Tranquila —me dijo con tono pausado—. No te va a doler nada. Cuando acabe te sentirás mejor.
Dudé unos momentos. Tenía miedo, pero decidí confiar en ella. Seguro que había pasado por aquello mil veces, a juzgar por su edad.
Permití que el hombre inflase aire en mis ruedas con aquel objeto. Mi cansancio se desvaneció. Incluso crecí un par de centímetros.
Me giré feliz para agradecer a la moto su intervención. No reaccionó. Supuse que se habría quedado dormida. A veces a los viejos les pasa eso, se duermen en las situaciones más raras.
Mi ama me probó. Satisfecha, dio gracias al hombre, que volvía a examinar a la moto. Quiso pagar, pero él rechazó el dinero.
Cuando nos marchábamos, oí que el hombre hablaba por teléfono:
—Buenas tardes. Como nos temíamos... sí, no entiendo qué pasó. Arrancó sola, anduvo unos metros, y ahora ya no enciende. Se acabó. Lo siento mucho, hicimos lo que pudimos, pero no tenía remedio.
Sentí un nudo en el telescopio. Mis frenos se estremecieron de pena. Mi ama me dio unos golpecitos en el manillar. Tal vez notó cómo me sentía.
Nos alejamos. Durante el resto del día, y hasta este momento, no he podido quitarme aquella canción de la cabeza:

This is the end, my only friend, the end 

It hurts to set you free 
But you'll never follow me 
The end of laughter and soft lies 
The end of nights we tried to die 
This is the end





2 comentarios:

  1. Muy bonito relato, me encanta la perspectiva que has usado, me ha llegado muy adentro ya que yo considero que cada vehículo es único.

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    1. ¡Gracias! Yo también lo pienso, aún recuerdo el viejo coche familiar como un viejo amigo al que no he vuelto a ver...

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