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martes, 20 de diciembre de 2016

De viaje

¡Feliz martes!
Queda poco para que empiecen las fiestas, y algunos ya empezamos a preparar encuentros familiares que implican desplazamientos.
Es por eso que, hablando de viajes, he querido aprovechar para cumplir el reto 36 de El Libro del Escritor: "escribe un relato sobre un trayecto o travesía. Céntrate en los cambios de escenarios".
http://blog.ellibrodelescritor.com/52-retos-de-escritura/
Porque a menudo el camino es tan importante como el propio destino, he querido centrarme en la importancia del mismo. ¿Nos vamos de viaje?
¡Pasen y lean!


EL AVANZATOR 3000

El padre de Alicia tenía el que sin duda era el vehículo del futuro. La niña estaba convencida de que era un incomprendido, y que tarde o temprano el mundo agradecería su aportación al mundo del transporte.
El hombre había creado el Avanzator 3000 por ella. Alicia tenía cinco años y unas ganas irresistibles de visitar París para conocer a sus dibujos animados preferidos. Su padre no podía permitirse tanto tiempo de viaje, de modo que había ideado una máquina capaz de llevarlos de forma instantánea al parque temático. El prototipo funcionó, y en cuestión de minutos, Alicia estaba abrazada a las princesas y animales parlantes que solo conocía por la televisión.
Su padre había presentado el Avanzator 3000 en diversos simposios y encuentros científicos, y en todos ellos había sido rechazado. Los expertos aseguraban que no cumplía con las garantías mínimas de seguridad. El Avanzator 3000 era una esfera a cuyo interior se accedía por una puerta redondeada. Una vez dentro, pasajeros y piloto debían sentarse en los asientos y abrocharse los dos cinturones de seguridad. El piloto activaba la máquina con un mando a distancia, en el cual marcaba las coordenadas a las cuales quería llegar. Eso era todo; el Avanzator 3000 rodaba a gran velocidad hasta llegar a su destino. También era apto para bucear y sobrevolar distancias cortas. No obstante, nadie entendía su utilidad.
Desde el primer rechazo, el padre de Alicia había intentado perfeccionar su invento. Pero no había manera de que lo aceptasen. El Avanzator 3000 aterrorizaba a la comunidad científica. Alicia no lo comprendía. Quería demostrar que el invento de su padre era seguro, y para ello no se le ocurría nada mejor que utilizarlo ella misma. Cuando aquellos adultos de traje y corbata viesen que una niña manejaba sin temor la máquina, se avergonzarían de su cobardía.
Aprovechó un momento en el que su padre estaba ocupado para hacerse con el mando y colarse en el garaje. Allí esperaba el Avanzator 3000, entre su bicicleta y la vieja furgoneta. Alicia entró igual que había hecho tantas veces con su padre. Se abrochó el cinturón y activó el vehículo. En la pantalla del mando indicó unas coordenadas al azar.
Sintió el traqueteo habitual. Cuando se detuvo la máquina, momentos después, Alicia salió al exterior.
Gritó en primer lugar de admiración al contemplar un imponente puente colgante que servía para sortear un caudaloso río. Después lo hizo al descubrir el estado al que se había visto reducido el Avanzator 3000.
Se había estrellado contra un árbol. Ya no parecía una esfera perfecta, sino un huevo cascado, con todas sus piezas desparramadas por el suelo. La gente que pasaba contemplaba atónita, algunos hasta le sacaban fotos. Alicia fue consciente del problema en el que se había metido. No sabía dónde estaba, y mucho menos, cómo volver con su padre. Se echó a llorar.
Tras algunos minutos, un par de policías se acercaron a ella. Eran un hombre y una mujer que le hablaron en un idioma que no conocía. Alicia respondió en el suyo, y la mujer se dirigió en el mismo:
—¿Te has perdido? —La niña asintió con rapidez—. ¿Sabes decirnos dónde vives?
—No se lo va a creer.
Le explicó a la policía lo que había pasado. A su vez, ella se lo contó a su compañero, que arrugó el ceño con escepticismo.
Realizaron algunas llamadas, mientras Alicia se desesperaba de impaciencia. La aliviaba el hecho de no estar sola, y de que la mujer pudiese comunicarse con ella. Pero quería volver enseguida con su padre.
La policía volvió a hablarle con una sonrisa, a la vez que le tendía una mano amistosa:
—No estamos lejos de la frontera. Vamos, te llevaremos.
Alicia subió al coche policial. Dedicó una última mirada al Avanzator 3000, y se dejó llevar.

El trayecto se le hizo lento al principio. Para combatir el aburrimiento, Alicia empezó a fijarse en las formas cambiantes del terreno, en los pueblos y casas que dejaban atrás. Desde el asiento trasero vio muchos lugares diferentes que la sorprendieron.
Transitaron por la ribera del río, hasta dejarlo atrás y meterse en una carretera secundaria. Cruzaron una zona de bosques, y se vieron pronto en una llanura. Allí tomaron la autopista, la cual abandonaron tras unos veinte minutos a alta velocidad.
El sol comenzaba a ocultarse por el oeste, y la luz variaba conforme avanzaban por los distintos paisajes. Alicia advirtió algunos caballos, vacas que pastaban, y aves diferentes que volaban en dirección a sus nidos. Pasaron por un polígono industrial, y se metieron en un túnel que cruzaba el subsuelo de una gran ciudad.
—Ya queda menos —aseguró la policía. Alicia asintió, distraída. Casi no recordaba la urgencia que sentía de volver a casa. Todo lo que veía la fascinaba.
—Esto es muy bonito. —Suspiró, al contemplar las casas de las afueras de la ciudad, todas pintadas de blanco y con las puertas y ventanas de colores brillantes—. ¿Podemos parar?
—Tenemos que llevarte enseguida con tu padre.
—¡Me hago pis! —mintió la niña. Consiguió que la mujer frenase en la cuneta, y se escabulló por las callejuelas del barrio. Vio parques y una fuente con luces brillantes; persiguió algunos gatos callejeros, y saludó a unos niños rezagados que no querían volver a sus casas por mucho que sus padres los llamasen. Ella misma oyó a la policía que le pedía que volviese al coche. Se refrescó en la fuente, y regresó con ellos.

Llegaron al puesto policial de la frontera mucho antes de lo que Alicia habría querido. Allí la esperaba su padre, con los ojos enrojecidos.
—¡Qué susto me has dado! —le reprochó, mientras la abrazaba.
—Papá, he roto el Avanzator 3000 —confesó la niña—. Creo que no era nada seguro.
En medio de su llanto de alivio y miedo pasado, el hombre rió.
—Supongo que no lo era. Menos mal que aún la tenemos a ella.
Señalaba la furgoneta, con la cual se había acercado hasta la frontera para recoger a Alicia. La niña sonrió, entusiasmada. No recordaba la última vez que había subido a aquel viejo vehículo. Se despidió de los policías y subió al asiento de copiloto, como quien saluda a un antiguo amigo. Era más lento que el Avanzator 3000. Pero, ¿quién quería llegar a su destino al instante, si podía disfrutar del camino?

2 comentarios:

  1. Precioso texto, me ha recordado tantos viajes de vacaciones en coche por Europa.

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    1. Gracias, Ignacio. Creo que queda claro que soy de las que no les importa que un viaje sea largo si se puede disfrutar de las maravillas del camino. :)

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