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domingo, 4 de diciembre de 2016

Cuentos para no fenecer

¡Feliz sábado!
Por fin tengo tiempo de anunciar que, en mi segundo año participando en el NaNoWriMo (National Novel Writting Month, o lo que es lo mismo, escribir una novela de 50000 palabras en noviembre), he conseguido superarlo, casi una semana antes de que terminase el mes. No he podido hablar antes de ello por encontrarme en un proyecto en Hungría, el cual no me dejó tiempo más que para validar el contador.












Confieso que lo he logrado haciéndome una"Nanorebel": en lugar de continuar con la novela que empecé el 1 de noviembre, rematé las últimas 10000 palabras con la que tenía pendiente de terminar desde octubre, relacionada con el Draquipélago. Tal vez por eso no estoy tan eufórica como el año pasado; aunque conseguí superar el reto con creces, no lo hice con la historia que había empezado, "Undergrounders".
Sin embargo, pienso seguir trabajando en ella. Y para motivarme, el relato de hoy está inspirado en el mundo de esta novela que, como una desalmada, dejé abandonada por las ganas de terminar la otra.
Es el reto 33 de El Libro del Escritor: "piensa en una palabra que no suelas utilizar". Tuve que buscarla en Google imágenes y escribir lo que me inspirase la tercera de ellas.
La palabra en cuestión fue FENECER, y ésta la imagen:
















Se trata de una pintura de Jose Luis Fernández Rodríguez, sacada de la siguiente web:
He encontrado más información sobre él en este link:
Sobra decir que toda la autoría de la imagen le pertenece, y que espero que, si llegase a conocer el relato que ha surgido de ella, no le defraude.
En cuanto a la historia, he querido aprovechar uno de esos personajes que me sorprendieron a mí misma mientras escribía "Undergrounders": la joven Martina, que pasó de ser un secundario sin importancia a convertirse en elemento clave de la historia de la novela y, de algún modo, en la versión undergrounderiana de mí misma.
¡Pasen y lean!

LOS ÚLTIMOS CUENTOS

A Martina no le gusta su nueva casa. A sus ocho años no entiende por qué su hermana mayor, su tío y ella han tenido que abandonar la superficie terrestre, al igual que el resto de supervivientes, para confinarse en esta absurda ciudad subterránea. Ella no tiene miedo a los invasores, pero parece que los demás sí.
Lo peor no es vivir en una estancia fría e incómoda que de ningún modo puede considerarse un hogar. Lo peor es que Martina se aburre como una ostra. Su hermana no le hace ni caso, ocupada en el laboratorio. No hay más niños con los que jugar, ya que los que no murieron en la Gran Invasión tienen que entrenarse día y noche para resistir próximos ataques. Martina se ha librado de semejante deber; ventajas de que su tío sea el nuevo gobernador.
Al pensar en él, decide hacerle una visita para pasar el rato. Sale de la diminuta casa que detesta, en dirección al gran edificio del gobierno. Nadie la detiene, saben quién es. Solo al llegar frente a la puerta de su tío aparece una agente de seguridad. Martina se escabulle enseguida y entra en el despacho.
Es tan sobrio y aburrido que casi le entran ganas de llorar. Su tío está sentado al frente de una mesa casi vacía. Ojea unos papeles, mientras apunta algo con gesto hastiado. Apenas alza la vista al oír a Martina. Debe estar demasiado ocupado como para enfadarse. Ante su indiferencia, la agente se encoge de hombros y cierra la puerta para dejarlos solos.
Martina camina pegada a las paredes. Lo contempla todo, y procura hacerlo en silencio para no molestar. Aunque no hay mucho que ver; las grises paredes están desnudas, no hay ni un ventanuco al que asomarse. La niña se agacha y gatea. Sabe por experiencia propia que el mundo se ve diferente a ras de suelo.
Al pasar por detrás de su tío, comprueba que la técnica ha vuelto a surtir efecto. El escritorio cuenta con tres cajones que permanecen cerrados. Martina se arrastra y abre el de más abajo.
La repentina visión de una tétrica calavera la sobrecoge, y se le escapa un gemido de sorpresa. Su tío reacciona como si lo hubieran pinchado. Salta y cierra el cajón de golpe.
—Vete a casa, Martina.
No está enfadado, habla de forma abstraída. La orden rebota sobre Martina como una suave pelota de goma que acaba por golpear las paredes, sin efecto alguno. La niña abre de nuevo el cajón y saca de dentro el objeto que ha llamado su atención.
Es un libro gordo y pesado. En el cuadro de la portada pueden verse, además de la calavera, una vela humeante, un cenicero y un par de gruesos volúmenes. Martina lee el título:
CUENTOS PARA NO FENECER
—¿Qué es esto?
Su tío no aparta la vista de sus papeles, pero responde:
—Es el único libro de ficción que se salvó en la Gran Invasión.
—¿Puedo leerlo?
—No deberías.
No es una amenaza, ni una prohibición. Martina aprieta los labios. Se sienta en un rincón y empieza a leer.

Después de correr un sinfín de aventuras sin moverse de la estancia, Martina nota que se le empiezan a cerrar los ojos. Aún así, no quiere marcharse y dejar a los personajes en la encrucijada. A su lado, en un solo día, ha visitado diferentes épocas, y ha conocido lugares muy variados sin salir del despacho de su tío. Ha experimentado el amor y la muerte, y un torbellino de emociones la embarga.
No quiere que la abandonen. Necesita sentirlas siempre en su interior, y encontrar su propia forma de expresarlas.
Nota que su tío la coge en brazos. Es tarde. Martina aferra el libro con fuerza. Pide con voz somnolienta:
—¿Puedes darme papel y lápiz?
—Es hora de dormir, Martina. Vamos a casa.
—Lo digo en serio. Quiero escribir.
—Eso no vale para nada. Olvídalo.
Tampoco en esta ocasión su voz suena dura, no lo bastante para convencer a la niña. Martina sonríe mientras abraza los últimos cuentos que quedan en el planeta. Sabe dónde guarda su hermana sus cuadernos y lápices, en teoría destinados al trabajo en el laboratorio. No será difícil hacerse con el material necesario para contribuir con sus propias historias a que la literatura no fenezca con este último libro.


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