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jueves, 15 de diciembre de 2016

Cena con fama

¡Feliz jueves!
Hay que ver, cómo pasa el tiempo. Hace nada empezaba el mes, y de repente nos hemos plantado en su ecuador. Pronto se acabará el año, y con él el plazo para completar el reto de El Libro del Escritor.
Por eso, hoy traigo otra historia: el reto 7 dice que escriba una "ficticia sobre un encuentro con una celebridad en un restaurante".
Lo he hecho desde el punto de vista de la celebridad, a ver qué os parece.
¡Pasen y lean!


LA CITA
A ver, una cosa es que me reconozcan por la calle. Ahí entiendo que les haga ilusión pararme, pedirme que me saque una foto con ellos, o un autógrafo, incluso que improvise un hechizo. Aunque estemos en medio de la Gran Vía y la marabunta de gente nos arrastre. No me importa, lo hago encantada. Se agradece que la gente conozca tu trabajo, y que te admiren hasta ese punto.
Lo que ya no soporto es que vengan a interrumpirme mientras como, o mientras estoy en una cita; que lo hagan en una combinación de ambos momentos es lo que más detesto.
Imagina la situación: la multipremiada hechicera Zapajines, o sea, yo; un atractivo modelo con más laca que neuronas en la cabeza, pero que está de toma pan y moja. Hablamos, reímos, hacemos manitas. Entre medias, devoramos un cocido que estaba muy rico, pero que conlleva cierta incomodidad posterior. Una, que es muy fina, empieza a aguantarse, con el consiguiente malestar. Figúrate la incomodidad que sentía. Solo me consolaba el buen feeling con aquel cabeza hueca. En menos de una hora estaríamos en la cama, y no precisamente durmiendo. ¿A quién le importaba aquella hinchazón?
Bien, pues en aquel momento fue cuando se me acercó aquel mocoso. Tendría unos quince años, aunque por su cara de tonto aparentaba diez. Tras él iba una chica con cara de circunstancias. Su novia, supuse. Pobre chica; menudo pringado se había buscado.
El chaval preguntó con un tartamudeo irritante:
—Perdone, ¿no es usted Zapajines?
«No, si te parece soy tu madre», pensé. No lo dije porque cabía la posibilidad de que fuese algún enviado de la Academia Mayor de Hechicería. Me mantuve en mi posición.
—¿Quién lo pregunta?
—¡Oh! Solo un simple admirador, señora. ¡Es un placer conocerla.
Me tendió su mano. La mía aún estaba grasienta, por haber rebañado el plato del cocido hasta dejarlo limpio; y es que en casa me enseñaron que no se debe desperdiciar nada de comida.
Como el muchacho no me inspiraba ningún respeto, le estreché la mano sin limpiarme. Él no se inmutó. Sonrió más.
—¿Sería mucha molestia pedirle una foto?
—Pues mira, la verdad es que sí. —No me escuchaba. Ya había tendido el teléfono móvil a su sufrida acompañante, y posaba a mi lado con aquella insufrible sonrisa en la cara. Me pasó el brazo por los hombros, el muy cretino. Se lo aparté de inmediato.
—No me gusta que me toquen —gruñí. Mi modelo alzó la vista de su entrecot. Parecía disgustado.
—¿Ah, no?
—Solo si doy permiso, imbécil. Sigue comiendo.
Mi admirador soltó una carcajada.
—Vaya, tiene tanto carácter como en la tele. Pensé que tal vez siguiese un guión, pero ya veo que no. ¡Es usted auténtica!
¿Qué voy a ser, de imitación? Estaba cada vez más claro que aquel mocoso era tonto de remate.
—Hala, ya me has conocido. —Intentaba ser amable, como me aconseja siempre mi manager—. Ahora, ¿puedes volver a tu sitio?
—Claro, solo un favorcito más. ¿Podría hacer magia, aquí y ahora? —Lo miré con cara de pitbull cabreado. Él se llevó la mano al pecho—. Por favor, el sueño de mi vida es verla en directo, pero no me dejan ir a sus espectáculos.
—¿No te dejan tus padres? —intenté adivinar.
—No, la policía. —Se ruborizó—. Puede que en algún show me colase en el camerino de la estrella. ¡Pero es que Tapallines es tan perfecta! Quería saber si era real.
Ah, aquello sí que no. Estaba dispuesta a aguantar a un fan medio loco como aquel mequetrefe. Pero no iba a tolerar a uno que, además, admirase a mi mayor rival, la farsante de Tapallines. Reconozco que me hizo gracia imaginar su cara al encontrarse a aquel tontolaba en el camerino. Pero lo había hecho por motivos alejados de la burla.
—¿Quieres magia? ¡Toma magia!
En un parpadeo, lo convertí en un elaborado soufflé. La chica que lo acompañaba lo contempló, perpleja. El modelo levantó la vista y se relamió.
—¿Ya nos han traído el postre? ¡Qué buena pinta!
—OK, yo me largo. —La acompañante de mi admirador se había asustado, la pobre. No la culpo. Se dio la vuelta y abandonó el restaurante. Con el tiempo agradecerá el favor que le hice al librarla de aquel perdedor.
Cogí el soufflé y lo coloqué sobre la mesa. Me pareció escuchar la irritante voz de mi admirador:
—Vaya, no solo me ha hechizado, ¡me va a comer! ¡Qué honor! Es el día más feliz de mi vida.
Me han dicho que mi rugido de rabia se oyó en toda la ciudad. No sé; lo que recuerdo es que yo también me largué. Se me había quitado el apetito. Salí a la calle, y allí dejé al fan-soufflé y a mi ligue, que siguió comiendo como si nada hubiera pasado. Ahora los dos son uno. Hacían una gran pareja, la verdad. Vaya par de imbéciles.

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