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sábado, 5 de noviembre de 2016

That Weird Sound

¡Feliz sábado!
Qué frío hace de repente, ¿no? Claro que los que estamos inmersos en el NaNoWriMo pisamos poco la calle. Y es que escribir 50000 palabras en un mes supone pasar casi todas las horas de supuesta libertad frente al teclado. Menos mal que escribir es lo que más me gusta hacer, que si no...
He sacado un rato para escribir otra relato para el reto de El Libro del Escritor. El de hoy es el 50: "escribe un relato sobre una fiesta, un grito y una mentira que cada vez crece más".
http://blog.ellibrodelescritor.com/52-retos-de-escritura/
Mi protagonista es una chica muy insegura que comete una estupidez en un intento de gustar. ¿Le saldrá bien la jugada? Pasen, lean y descúbranlo.

DANDO EL CANTE
A puerta cerrada en la habitación, Samanta llora en silencio. Se le ha ido todo de las manos, y no sabe qué hacer. Se siente una idiota por pensar que su farsa podía colar. Lo peor es que no hay marcha atrás. Su vida se desmorona. Tiene que encontrar una solución.
¿Por qué tuvo que mentir? Odia su inseguridad, es la culpable de que se encuentre en ese lío.

Recuerda aquel día con absoluta claridad. Llovía a cántaros, y ella acababa de llegar a su primer día de clase en el nuevo instituto. El curso ya había comenzado, pero su familia había tenido que trasladarse sin previo aviso, con el consiguiente cambio de centro escolar. Samanta estaba aterrada. En su antiguo instituto era la marginada de la clase, y a juzgar por las miradas y risas quedas de sus nuevos compañeros, seguiría sufriendo el mismo problema.
Se negaba. Ya había soportado bastantes burlas en su antigua ciudad. En el recreo, cuando el grupo de las populares se le acercaron para juzgar si valía la pena añadirla a su selecto círculo, Samanta fingió hablar por su teléfono móvil:
—¿Sí, Mike? No, hoy no puedo ir a los estudios. Tengo que terminar un trabajo... —Vio de soslayo que las chicas escuchaban con curiosidad. Su idea funcionaba—. Está bien, iré a partir de las ocho.
Hizo gesto de colgar y se volvió hacia ellas con aparente indiferencia. Naty, la que parecía la líder, carraspeó:
—¿De qué hablabas?
—Ah, nada importante. Era mi manager, está organizando la grabación del nuevo disco.
Las cinco abrieron los ojos, impresionadas.
—¿Un disco?
—Claro. Soy Samanta, la vocalista de That Weird Sound. —Ante las esperadas expresiones de confusión, añadió—. Mira que no conocernos... hemos sido número uno de la lista en varias ocasiones.
Se lo acababa de inventar, pero surtió efecto; al parecer, ninguna de aquellas chicas quería parecer una ignorante en el ámbito de la música de moda:
—¡No me digas! ¿Eres tú?
—¡Claro que te conozco!
—¡Soy vuestra mayor fan!
Samanta estaba encantada. Su mentirijilla le había granjeado el respeto de aquellas chicas. Se pasaron el recreo juntas, y al volver a clase pudo sentarse al lado de Naty.
Sabía que aquello no podía durar, pero no le importó. Quería saborear por un tiempo lo que se sentía al ser respetada, admirada, incluso envidiada. Había contado con que las chicas olvidarían la mentira en poco tiempo, que dejaría de importarles si era o no cantante. No sospechaba que ellas se lo dirían a sus amigos, y estos a los suyos, hasta que todo el instituto estuvo al corriente de que Samanta era una famosa estrella de rock.
No podía explicárselo. Hasta que escuchó por la radio el nombre del grupo que creía haber inventado. En aquel momento sintió una violenta sacudida, y una tensión se apoderó de su cuerpo para no abandonarla. That Weird Sound existían. Su vocalista era una mujer de voz clara, podía pasar por una adolescente como Samanta. La diferencia era que Samanta no sabía cantar. En su anterior instituto ni siquiera la habían admitido en el coro.
Intentó ser optimista. Los demás olvidarían pronto su mentira, había muchas otras cosas en las que pensar.
Al día siguiente, Naty la invitó a la fiesta. Era solo para unos cuantos escogidos, cincuenta chavales que constituían la élite de la popularidad en el instituto. Samanta jamás había estado en una fiesta. Aceptó sin pensar en lo que podía pasar.
Una vez en la lujosa mansión, Naty le había dado la bienvenida con una gran sonrisa.
—¡Qué bien que hayas venido! Mira, ha venido Carlos con su grupo para animar esto. Puedes cantar algo con ellos, ¿qué te parece?
Aquellas funestas palabras, acompañadas del brillo entusiasmado en los ojos de la anfitriona, fueron recibidas por Samanta como una condena a muerte; la de su breve e inmerecida popularidad.

Se ha metido en la habitación tras alegar que tiene que calentar la voz. Qué estupidez, si ni siquiera sabría cómo hacerlo. Sigue llorando mientras percibe el ruido de la fiesta a través de la puerta cerrada. Tiene que pensar algo, y rápido.

El desgarrador grito coge a los jóvenes por sorpresa. Carlos y sus amigos dejan de tocar. La voz parece proceder del interior de la habitación en la que se ha metido la chica nueva. Todos la ven salir. Tiene los ojos llorosos, y se cubre la boca con la mano. Naty se acerca a ella, preocupada:
—¿Estás bien? —La otra aparta la mano un poco y mueve los labios sin producir ningún sonido—. No me digas que estás afónica.
Samanta asiente con vehemencia y baja la cabeza. Naty suelta una carcajada.
—¿Qué pasa, Naty? —pregunta una de sus amigas.
—Se lo ha tragado, y se ha asustado, la pobre. —Coge a Samanta de las manos y le sonríe—. Tía, todos sabemos que no eres cantante. Solo era una broma, no hace falta que finjas más.
La otra la contempla con ojos incrédulos.
—¿Lo sabíais?
—Pues claro —interviene Carlos—. Yo he ido a varios conciertos de That Weird Sound. La cantante es bastante más vieja y fea que tú, aunque tiene un vozarrón.
Le guiña un ojo, y a Samanta se le escapa una risa tímida.
—Soy idiota. Pensé que os iba a molestar que os mintiese.
—¡Qué va!
—A mí me hizo gracia.
—Hay que tener imaginación y muy poca vergüenza para inventar algo así —le asegura Naty, y añade con gesto cómplice—. Por eso me caes bien.
Los músicos retoman el concierto, y todos se disponen a seguir pasándolo bien. Samanta se decide a unirse a ellos. Se siente aliviada, ya no necesita fingir ser alguien distinto. Por primera vez en mucho tiempo, es feliz.

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