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lunes, 7 de noviembre de 2016

Motivándonos para seguir

¡Feliz lunes!
Hoy toca empezar fuertes y con energía la semana, ¿no os parece? Yo lo estoy intentando, por eso, además de seguir aumentando el marcador del NaNoWriMo, he escrito otro relato. Esta vez, precisamente, sobre una actividad que precisa de una gran motivación, esfuerzo y dedicación: el deporte.
Se trata del reto 44 de El Libro del Escritor: tenía que comenzar un relato con la frase "No te volveré a fallar, te lo juro".
He imaginado un mundo en el que la práctica del deporte de élite cuenta con un riesgo desconocido para los atletas, en el cual no pueden permitirse perder. Espero que os guste. Mientras leéis, estaré por aquí, dándole a la tecla.


LA CARRERA
"No te volveré a fallar, te lo juro".
Las palabras de Héctor retumban en la conciencia de Entrenadora. Suspira. Si el chico supiese lo que sucedería tras un nuevo fracaso, no se habría empeñado en volver a intentarlo. Tal vez no se habría dedicado al triatlón, ni a ningún otro deporte. Nadie lo haría; por eso la Federación se ocupa de ocultar la verdad.
Entrenadora aguarda a pie de pista. Incapaz de disimular los nervios, se pasea de un lado al otro de la banda del estadio. De vez en cuando lanza miradas furtivas a la gran pantalla que mostrará el desarrollo de la carrera. El desasosiego la invade. Se apoya en la valla y cierra los ojos.
Conoce las capacidades de Héctor. Le constan su esfuerzo, su motivación, su capacidad de trabajo y ganas de mejorar. Pero con eso no basta. Entrenadora sabe por experiencia que es necesario valer, contar con unas condiciones físicas de las que el chico carece. Ya quedó demostrado en la anterior carrera, la que sirvió de debut a Héctor. Se libró por poco del funesto destino que aguarda a los tres perdedores.
Con un estremecimiento, Entrenadora piensa en dos de los últimos jóvenes con los que ha trabajado. Eran casos como el de Héctor, chicos llenos de buena voluntad y vacíos de talento. Sus cuerpos fríos aún deben estar alimentando a las alimañas del fondo marino.
Se seca las lágrimas con disimulo. Ella ni siquiera debía estar al tanto. Es una resolución secreta de la Federación, de la cual se enteró por casualidad gracias a la investigación de un amigo periodista. No ha vuelto a saber nada de él, y sospecha el porqué.
Nota que Héctor está agitado. ¿Intuirá lo que le espera? No, imposible. Debe haberse contagiado de la indecisión de Entrenadora. La mujer le dedica un gesto de ánimo. Él se lleva la mano al pecho, y a continuación la señala. Sonríe. Ella corresponde, aunque por dentro está chillando de impotencia.
Pobre Héctor. tras el estrepitoso fracaso en su debut, Entrenadora lo reprendió con dureza. Manifestó que aquel puesto tan bajo en la clasificación era intolerable, y que debía abandonar. Se ahorró contarle lo que hubiera pasado si uno solo de los tres perdedores lo hubiese superado. No se lo ha dicho a nadie, Entrenadora no quiere sufrir el mismo destino que su amigo el periodista.
Aquel día Héctor había alzado su promesa con gesto solemne. Ella se sentía culpable por causarle aquel sentimiento de fracaso, pero no se había disculpado. No se le ocurría nada mejor que aquellas palabras para motivarlo.
Al comienzo de la etapa de natación, Héctor parece el más rezagado de la pista, y ella la más desolada de los espectadores. La situación no mejora sobre la bicicleta. Héctor llega a posicionarse como el último del pelotón. Entrenadora casi puede vislumbrar su cadáver hinchado, arrojado al mar. Igual que el de su amigo, que los de aquellos inútiles atletas. Y pensar que, según la Federación y los medios, siguen vivos y entrenan duro en una academia inexistente...
Siente la mirada de Héctor. Acaba de abandonar la bicicleta y se prepara para correr. Entrenadora siente una sacudida en su interior. El chico ha notado sus lágrimas. Las ha malinterpretado, lo sabe por su expresión. El atleta pasa de la frustración a la salvaje determinación en una milésima de segundo; no dispone de mucho más tiempo.
Eleva un grito y se lanza a la persecución de sus rivales. Entrenadora asiste perpleja a su remontada. En dos parpadeos se ha situado a la cabeza del pelotón.
Falta el último tramo. Entrenadora puede respirar tranquila. Sus lágrimas son ahora de alivio.
Héctor cruza el primero la línea de meta. Corre unos cuantos metros más, arropado por la ovación del estadio. Y se desploma.
Entrenadora comprende lo que le ha pasado al chico sin necesidad de que la informe un médico. Lo intuye antes incluso de que el equipo de emergencias se acerque a comprobar el estado del atleta inerte. Son muchos años de experiencia, y conoce los límites de Héctor. Sabe las consecuencias de semejante sobreesfuerzo. No volverá a levantarse. Su afán por cumplir su juramento es lo que le va a impedir cumplirlo.


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