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jueves, 24 de noviembre de 2016

Fuerza de voluntad

¡Buenas noches!
Me escapo a estas horas de la intensa actividad en el NaNoWriMo para traer la entrada de hoy, el reto 41 de El Libro del Escritor: "escribe un relato sobre un personaje que tenga mucha fuerza de voluntad":
http://blog.ellibrodelescritor.com/52-retos-de-escritura/
Feliz lectura, ¡pasen y lean!

PATI Y LOS MONSTRUOS
Los monstruos la rodeaban. Pati tragó saliva y los contempló, uno a uno. Demasiados ojos rojizos la vigilaban con avidez. No podía fallar, o sería su fin. El suyo, y el de todos los que habían confiado en ella.
«Estáte tranquila. Has nacido para esto, y lo sabes».
Respiró hondo un par de veces. Ignoró a ese par de bestias que se acercaron para olisquearla a ella, la que podía ser su próximo almuerzo. Elevó la voz:
—Queridos amigos, estoy aquí por petición del jefe de la tribu tinavola. Me han hablado de vosotros, de vuestra costumbre de robar a sus niños para devorarlos. He venido a contaros una historia a cambio de las vidas de los pequeños.
Las criaturas chasquearon sus mandíbulas abarrotadas de dientes. Pero, tal y como le habían prometido los sabios de la tribu tinavola, no intentaron atacarla de inmediato. Nunca decían que no a un cuento. Había despertado su curiosidad, y no podía desaprovecharla.

Hace muchos años... bueno, no tantos. Hace menos años de los que podríais pensar, nació una niña en el seno de una familia de científicos. Le pusieron de nombre Hipatia, con la esperanza de que fuese una estudiosa tan destacada como la antigua filósofa. Sin embargo, la niña pronto dio señales de ser una decepción para todos lo que esperaban grandes hazañas de ella. No solo no se le daban bien las matemáticas y las ciencias; las detestaba, igual que detestaba la sentarse a estudiar. Lo único que le interesaba a Pati, como todos la llamaban, eran las historias.
Pasaba los días leyendo, escuchando y contando. Sus padres la regañaban porque, en las horas que debería pasar estudiando álgebra, malgastaba el tiempo creando mapas e historias fantásticas. Cuando debía aprender la tabla periódica, Pati solo sabía de memoria la biografía completa de sus autores favoritos. Cuando le preguntaban los nombres de los distintos minerales, ella se los inventaba y añadía una historia fabulosa atribuida a cada piedra.
A sus compañeros les divertían sus ocurrencias. Pero enseguida se convirtieron en el eco de los adultos, que insistían en que Pati solo sabía perder el tiempo. Conforme iba creciendo, notaba que los demás se alejaban de ella. Aún les gustaban sus historias, pero tenían que estudiar, algo a lo que Pati se negaba. Prefería aprovechar el tiempo que debía invertir en los deberes en inventar cuentos.
Un día, Pati oyó hablar del concurso nacional de cuentacuentos. Era el más importante del país, el de mayor prestigio, y sabía que podía ganarlo. Pero aún era menor de edad, y necesitaba la autorización de sus padres para participar. La condición que pusieron era de esperar: si quería concursar, debía aprobar todos los exámenes.
Por primera vez en su vida, Pati se sentó a estudiar. Abría los libros, subrayaba lo importante, repetía para sí las fórmulas. Lo más complicado no era aprender todo lo necesario, sino esquivar sus propios pensamientos.
Necesitaba memorizar las partes de la célula, y en su cabeza nacían mil historias diferentes que le pedían ser plasmadas sobre el papel en blanco que aguardaba las fórmulas de los logaritmos.
Era desesperante. Las horas no pasaban, estaba segura de haber caído en un bucle temporal, y de que su reloj se había detenido.
Sufrió lo indecible. No estaba acostumbrada a estudiar, nunca lo había hecho. Lo que para sus compañeros era normal, un hábito, para ella era peor que clavarse agujas bajo las uñas.
Sin embargo, no se rindió. Apenas dormía, pasaba el día en la biblioteca, lejos de sus amados libros de ficción.
Incluso en la semana de exámenes se negó a bajar la guardia. En cuanto finalizaba una prueba, corría a la biblioteca para coger un buen sitio en el que seguir estudiando.
Cuando llegaron las notas, y supo que lo había conseguido, por poco explota de la alegría.

Uno de los monstruos alzó la pata.
—No me creo la historia —gruñó con voz de ultratumba—. ¿Por qué la niña no falsificó la firma de sus padres?
—Porque la niña, en el fondo, quería aprobar, idiota —respondió otros monstruo—. Si no fuese así, no habría estudiado tanto, lo del concurso era solo un pretexto.
—Veo que lo has entendido. —Sonrió Pati, más tranquila. Era cierto, los monstruos se relajaban cuando les contaban cuentos. El jefe de los tinalova estaría satisfecho.
—Pero aún no ha acabado —intervino otra bestia—. ¿Ganó el concurso?
—Para eso estoy aquí. Mi público, vosotros, tenéis la última palabra.
Pati contempló uno a uno a los monstruos. Deliberaban. La joven regresó mientras tanto de la ensoñación.
Los seres peludos y de aspecto feroz volvieron a ser el jurado, con menos pelo, pero la misma presencia intimidante. Momentos antes de que ofreciese su veredicto, Pati supo que no debía temer. Incluso si no resultaba ganadora, no pasaría nada. Se había demostrado a sí misma que podía enfrentarse a lo que más odiaba, y salir exitosa. ¿Cómo iba a fracasar en aquello que amaba hacer?


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