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jueves, 24 de noviembre de 2016

¿De qué tienes miedo?

¡Feliz jueves!
Hoy quiero recordaros que los que estéis en Madrid tenéis la oportunidad de asistir a la presentación de dos antologías de Playa de Ákaba en las que participo: El oasis de los miedos y Personajes de Novela. Ambas se presentan en el mismo acto en la Biblioteca Eugenio Trías. Por desgracia yo no podré asistir, pero el acto tiene muy buena pinta, ¡animaos!


El relato de hoy también tiene que ver con el miedo, igual que el que recoge la antología del Oasis. Es el reto 35 de El Libro Del Escritor: "piensa en tus miedos más oscuros. Haz un relato en el que a tu personaje le pasen al menos 2".
Creo que mis miedos son bastante comunes: miedo al dolor y la enfermedad, a la pérdida de mis seres queridos... y también, con los tiempos que corren, a que surjan nuevas guerras y dictaduras.
El mejor modo de enfrentarnos a lo que tememos es plantarle cara, alzar la voz para, en cierto modo, exorcizarlo. Así que, no temáis. Aquí estáis a salvo.
¡Pasen y lean!

LA VIDA ROTA
Llueve, como siempre en esta maldita ciudad que detesto. No tengo que salir, ni debo hacerlo a no ser que quiera que me maten. Pero de todas formas no me gusta la idea de que Samuel se empape para ir y venir del colegio.
Me sobreviene un ataque de tos de los míos. Los temo por el dolor que conllevan, que me atraviesa de la cabeza a los pies y dura horas. E tan intenso que en más de una ocasión me he desmayado al padecerlo. Cuando me propusieron refugiarme aquí, los de la Resistencia no me avisaron de la presencia de estos virus en el país. Sus habitantes están inmunizados, pero los que venimos de más lejos somos las principales víctimas.
Claro que no había otro lugar al que enviarme. Pocos son ya los lugares que se rebelan y luchan contra el dominio del Gobierno, ese gobierno que quiso acabar conmigo, el que borró del mapa a todos los que amaba. Lo hicieron a conciencia, querían dañarme y lo lograron. Por fortuna, cuando huí Samuel estaba aún en mi vientre. De los demás solo quedan mis recuerdos melancólicos de lluvia: los días de parque con mis padres cuando era niña, las noches de cine con mis amigos cuando era adolescente, las madrugadas en cama con él cuando practicábamos la adultez.
Aquí vuelve el dolor. Me aferro al alféizar, grito y lloro para sufrir menos. No sirve de nada, pero finjo que mis quejas me impiden pensar.
Hace un año que no sé nada de la Resistencia. Al principio nos ayudaban a salir adelante. No lo hacían porque les importáramos, sino porque me consideran un valioso soldado para la causa. Les he demostrado que puedo darlo todo en la lucha. A día de hoy, tengo que sacarnos adelante yo sola, como puedo. Es difícil, sobre todo porque no sé si algún día podré salir de aquí, tener una vida normal, o por lo menos visitar a un buen médico que me cure. El silencio de mis aliados me aterra. Me figuro que a ellos también los han eliminado.
El dolor me atenaza y me obliga a recostarme en el frío suelo del piso franco. Me hago un ovillo y me pregunto por qué sigo adelante, si lo he perdido todo: mi gente, mi hogar, mi salud, mi vida.
La puerta de la entrada se abre. Una voz infantil corretea por las habitaciones:
—¡Mami, mira lo que he hecho en clase!
Disimulo para que no se asuste. Aunque no soporto moverme en esas condiciones, me levanto y voy a su encuentro.
Samuel es idéntico a su padre cuando era niño y no sabía que el Gobierno lo asesinaría. Tiene cinco años y es todo sonrisas. No sabe nada de lo que pasa, de lo que ha pasado y puede pasar. Es un niño más de este país extraño, va al colegio y tiene amigos aquí. Cree que no salgo a causa de mi enfermedad, desconoce los peligros que nos acechan.
En medio de mi agonía me tiende un jarrón de vagas formas y dudosa utilidad práctica.
—¡Qué bonito! —Miento.
—¡Lo he hecho con barro! Es para ti.
Cojo el regalo y nos abrazamos. Me pregunto cómo he podido replantearme mi decisión de seguir adelante. Puede que mi vida esté inservible, que la hayan roto por demasiadas partes. La suya está intacta, recién estrenada, y necesita que la cuide lo mejor que pueda. La suya, a diferencia de la mía, lleva por nombre la palabra esperanza.

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