"

martes, 15 de noviembre de 2016

¿Cuándo me he puesto esta corbata?

¡Feliz martes!
Pasado el ecuador del mes, y por tanto del NaNoWriMo, puedo respirar tranquila, porque la novela que estoy escribiendo no solo fluye a buen ritmo, sino que cada vez me engancha más. Estoy deseando contar la historia de esos personajes, que nació hace más o menos un año, y en la cual no he dejado de pensar desde entonces.
Sin embargo, sigo decidida a superar los 52 retos de El Libro del Escritor. Hoy vengo con el último de ellos en numeración, que no en orden a seguir. El mismo 52 dice que escriba "un relato de un personaje que encuentra una corbata y no sabe cómo ha llegado allí".
Es un relato algo inquietante, cuyo origen está en mis propios despistes cotidianos. Solo espero que no me suceda lo mismo que al protagonista de esta historia...
¡Pasen y lean!

LA CORBATA
Entra en el cuarto de baño, distraído. Piensa en la conversación que ha mantenido hace un rato con su amigo. Mientras, se dispone a desvestirse.
Se detiene ante el espejo, estupefacto.
«Qué raro. Juraría que hoy no me puse corbata».
Sin embargo, ahí está; y con el nudo perfecto, lo que resulta aún más increíble.
Se encoge de hombros. Ya ni sabe lo que se viste por las mañanas. Piensa que tal vez necesite unos días de descanso. Se quita la ropa, se mete en la ducha y no le da más vueltas.

Horas después, suena el despertador. Camina hacia el cuarto de baño, sin despegar los pies del suelo y con los ojos aún cerrados a causa de las legañas. Orina de forma maquinal, y se gira para lavarse la cara.
«No me lo puedo creer».
Ahí está, una vez más, su corbata. Es la misma de la noche anterior, de rayas negras y grisáceas. Parece conjuntar de una forma extravagante con su pijama, también a franjas.
«Tal vez debería ir así al curro», bromea consigo mismo. Desde luego, es una idea absurda.
Se desviste, se lava y se pone la ropa casual con la que suele acudir al trabajo. Nada de corbatas; ni son imprescindibles en su puesto, ni le gustan.

Tras un par de horas, se toma un descanso. Sale fuera del edificio para fumar el segundo pitillo del día. Uno de sus colegas se acerca y le comenta, irónico, lo bien que le queda esa corbata con ese jersey de capucha.
Corre al cuarto de baño más cercano para verse. Está seguro de que no se la ha puesto, recuerda haber renegado de ella. Sin embargo, está ahí, la misma corbata de antes.
No entiende nada. Empieza a sentir un temor extraño.
«Me estoy volviendo loco».
Solo se le ocurre una solución. Se quita la corbata y vuelve a salir del edificio, esta vez por la escalera de emergencia. Se detiene en uno de los peldaños, agachado para no ser visto desde abajo; a saber lo que opinarían de él si lo viesen.
Saca su mechero y prende fuego a la corbata.
Un horrible chillido surge de la prenda, un sonido tan espantoso que tiene que cubrir sus orejas con las manos. La corbata arde, y él se retuerce en el peldaño de la escalera en el que está agazapado.
—¡Asesino! —chilla la corbata, con tono agónico— ¡Criminal!
No sabe qué hacer. Necesita que ese grito cese, o enloquecerá de verdad de puro dolor. Nota algo húmedo en sus orejas.

El grito ha alertado a varios compañeros, que se apiñan al pie de la escalera sin entender nada. Llegan los bomberos, alertados por alguien que ha visto el humo.
Sin embargo, el fuego ya se ha extinguido. Lo único que encuentran es un montón de cenizas sobre el pecho de un cadáver. Por alguna razón inexplicable, el empleado se ha desangrado por los oídos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario