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miércoles, 26 de octubre de 2016

NaNoWriMo 2016 is coming

¡Feliz miércoles, amigos de las letras!
Muchos habréis oído hablar del NaNoWriMo, el mes de escritura al cual muchos nos hemos apuntado con el propósito de crear un borrador de 50000 palabras... ¡en solo un mes! Sonará a locura, pero sé que es posible. El año pasado logré cumplir el desafío con la primera versión de La Guerra Súcrea, la cual va por la tercera revisión, y lo que le queda aún... pero bueno, algún día podréis leerla, lo prometo. ¿Cuándo? En el momento en el que esté presentable.
La proximidad de noviembre, y por tanto, del inicio del desafío NaNoWriMo, significa que tengo menos tiempo para dedicar al blog. Pero tranquilos, lo he previsto todo y voy a seguir actualizándolo. Me he pasado mucho tiempo preparando los relatos que os traeré para poder tener este mes más libre y dedicarme solo a la escritura de la novela.









El relato de esta semana es el reto 43 de El Libro del Escritor: "Escribe una metáfora sobre el primer objeto que veas al apartar la mirada de tu pantalla. Haz un relato que la integre".
http://blog.ellibrodelescritor.com/52-retos-de-escritura/
En mi caso, el objeto fue esta preciosidad de pisapapeles que me dio por hacer una tarde que me aburría. Lo de preciosidad es sarcástico, claro. Solo es una piedra pintada. Pero me gusta, ¿qué pasa?









Os dejo con el relato, espero que os guste. ¡Pasen y lean!

¿Te has parado a pensar en el poder de los pisapapeles? A pesar de su pequeño tamaño, cuando se los coloca sobre un montón de folios son capaces de impedir que se muevan y salgan volando. Hace falta una fuerza externa que venga a apartarlo para que los folios puedan ser libres.
Ya sé que sabes cómo funcionan los pisapapeles. Quería que lo visualizaras, que te detuvieras un instante a pensar en ese insignificante objeto de oficina que suele pasar desapercibido.

La tarde que recibí la llamada me encontraba en mi escritorio, trabajando. Oí las terribles palabras de mi padre, ésas que querría que no hubiese pronunciado nunca. El efecto que aquel par de frases tuvo sobre mi alma fue el mismo que el de un pisapapeles sobre una tonelada de hojas; un breve mensaje capaz de paralizar todo mi ser. Me sobrecogí de la cabeza a los pies en menos de un segundo, y ya no pude moverme.
Muerta. Mi madre había fallecido hacía escasas horas. Entonces yo dormía tranquila, segura de que nada llegaría para oprimir mi realidad y volverla así de asfixiante.
No sé cuánto tiempo permanecí allí sentada, sin poder reaccionar. El teléfono se me había resbalado de las manos y se encontraba en el suelo, con la pantalla estallada. Ni me había dado cuenta, ni me importaba.
Más tarde vinieron mi padre y mis amigos. Hablaban sin que los escuchase. Consiguieron que me levantara de mi asiento. Tampoco opuse resistencia. Solo me dejé llevar.
No sé cómo, me vi en el cementerio. Personas que apenas conozco se acercaban a transmitirme sus condolencias. Mi padre me abrazaba. Lloraba mares y océanos, pero yo no podía. El pisapapeles en mi interior me bloqueaba.
Me encontré en casa de vuelta. Tardé en darme cuenta de que no era mi solitario estudio, sino el piso en el que había pasado los años de infancia. Mi padre no quería estar a solas con el dolor. Supongo que yo tampoco.
Pasaron los días, o eso creo. En mi estado no era consciente de nada. No recuerdo haber vuelto al trabajo, lo que explicaría mi despido.
Qué más da. Ella no está aquí para regañarme y consolarme en una misma frase, como solía hacer. A mi padre no se le dan bien esas cosas, aunque lo intentó.
Acabamos discutiendo. Me dijo que debía reaccionar, que él también sufría pero había que seguir viviendo. Ante mi apatía, me pidió que me preguntase qué habría dicho ella.
En mi mente vi su imagen y oí su voz, tan nítidas como si la tuviese delante:
—Desde luego, niña, parece mentira que con treinta años sigas lloriqueando por una tontería así, a mí ya no me pasa nada, así que sal y espabila de una vez.
Algo explotó en mi pecho. Subió por mi garganta y emergió por mi rostro. Lágrimas carcajeantes se abrieron camino hacia el exterior. La voz imaginada había sido la fuerza que había levantado el pisapapeles y lo había arrojado por la ventana para que no volviese. Mis sentimientos, libres, revoloteaban en mi interior como folios en medio de una corriente de aire.
Temblaba. Cubrí mi cara con las manos. Mi padre me abrazó. Nos quedamos así solo durante un rato.
Había que seguir viviendo.


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