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viernes, 7 de octubre de 2016

Nada es lo que parece

¡Feliz viernes!
Epero que octubre no se os esté haciendo muy cuesta arriba. Me dolería, es mi mes favorito. No hace tanto calor, ni demasiado frío; los días se acortan, pero no dejan que la noche lo invada todo. Las hojas caen y puedes pisotearlas y hacer que crujan. Eso sí, cuidado, no piséis ningún caracol...
Octubre es también un mes de activación: todo vuelve a comenzar, y empiezo a dar vueltas al proyecto que escribiré en noviembre durante el NaNoWriMo. Todo este ajetreo ha conseguido que se me encienda la "bombillita creativa"; y es que basta que empieces a trabajar en una idea para que surjan cinco o seis más.
El relato de hoy es una de estas ocurrencias que en otro momento tal vez no habría tenido. Me encontraba en la estación de tren cuando escuché a una chica que hablaba a gritos por teléfono:
—¿Qué haces con ella? (...) ¡La culpa es tuya, imbécil! ¡Eres un cerdo! (...) No me tomes por idiota. ¿Sabes qué te digo? Quédate con ella.
Parecía evidente que se trataba de una discusión de pareja, ¿verdad?
Pues para mí no lo fue. Elaboré en mi cabeza lo que sucedía, y decidí aprovecharlo para el reto 26 de El Libro del Escritor: "escribe un relato con un diálogo o frase que escuches esta semana. Imagina el contexto de esa conversación".
Así que, si queréis saber por qué gritaba en realidad aquella chica, tendréis que descubrirlo a continuación. Porque nada es lo que parece.
Pasen... y lean.

LA TRAICIÓN
Yo no quería que sucediera, pero no pude impedirlo. He sido un tonto, y ya no hay marcha atrás. Carmen no me ha creído. No quería que me abandonase como lo ha hecho. Somos inseparables desde hace demasiado tiempo, tanto que no recuerdo mi vida antes de conocerla. Confío en que recapacite y volvamos a estar juntos. No concibo mi vida sin ella.
La tragedia sucedió cuando Carmen había salido a trabajar. Como siempre, yo me quedé en casa dispuesto a no hacer nada. Me tumbé sin preocupaciones y pronto me quedé dormido.
Me despertó el timbre. Había alguien al otro lado de la puerta. Olvidé que se supone que no debo hablar con otras personas, solo me está permitido interactuar con Carmen. Somnoliento como estaba, no tuve en cuenta la prohibición.
Abrí con un bostezo. En el umbral esperaba una joven que había visto en fotografías, nunca cara a cara. Sé que Carmen la odia, a pesar de que trabajan en el mismo laboratorio. Creo que son rivales desde los años de facultad. Por la expresión satisfecha de la mujer, aposté a que había cometido un error.
Juro que me engañó con artimañas. Por muy inteligente que sea, siempre me ha caracterizado mi ingenuidad; contra eso no hay inyecciones que valgan. La joven me prometió un sinfín de obsequios por su parte. No supe resistirme. Me fui con ella.
Cuando estábamos en el taxi, llamó a Carmen y me pasó el teléfono. Antes de que yo pudiese decir nada, me gritó por el auricular:
—¿Qué haces con ella?
Su voz furiosa y dolida me colmó de vergüenza.
—Es culpa de tu compañera. Me prometió trufas.
—¡La culpa es tuya, imbécil! ¡Eres un cerdo!
Lo dijo como si yo quisiese ser el animal simplón que soy. Me enojé y respondí con tono hiriente:
—Es tuya. Si no hubieras usado un cerdo para tus experimentos secretos...
Sé que lo hizo porque los cerdos somos bastante similares a los humanos. Era lo más apropiado para buscar una sustancia que potenciase la inteligencia de sus congéneres.
Oí que, al otro lado, Carmen bufaba.
—No me tomes por idiota. —Hizo una pausa, tal vez quería poner sus ideas en orden— ¿Sabes qué te digo? Quédate con ella.
Colgó, y yo empecé a llorar como cuando era un lechón y Carmen me regañaba por comerme sus zapatillas. Su compañera intentó consolarme. Me habló de las deliciosas trufas que me esperaban en su casa, y del premio científico que la esperaba a ella.
Cuando tildó a Carmen de perdedora, no lo soporté. Le propiné un mordisco en la mano y aproveché la ventanilla bajada para saltar hacia la calle.
El taxi se había detenido a causa de un semáforo, por lo que mi aterrizaje no resultó peligroso. Eché a correr entre los sorprendidos paseantes con un único propósito en mente: volver con mi querida Carmen, y caminar a su lado hacia la cima del mundo científico. Hasta un simple cerdo como yo sabe que nos lo merecemos.


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