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lunes, 17 de octubre de 2016

Miradas a un futuro "criminal"

¡Buenos días, y feliz día de las escritoras a las que también lo seáis!
Otra semana que arranca, en la que aún podemos disfrutar de lo que queda de Getafe Negro. Por la parte que me toca, os recuerdo que el jueves volveré a estar con Playa de Ákaba en dos de las antologías en las que participo: Ulises en la Isla de Wight (a las 18:00 en la Carpa de la Feria del Libro) y Crímenes Callejeros (a las 19:30 en el Café el Violín). Sé que a muchos no os va bien, es entre semana, pero los que podáis no os lo podéis perder.
La de Refugiados de este sábado fue algo único, una tarde muy especial llena de poesía, historias de exilio, de pérdida pero también de esperanza. Fue un honor poder asistir, escuchar a todos los compañeros y testimonios, y compartir con ellos la certeza de que "todos nacimos en el Mediterráneo". Y que es mucho más lo que nos une que lo que nos diferencia: todos somos humanos, y con eso debería bastar.

Para el relato de hoy he escogido el reto 19 de El Libro del Escritor: "escribe una historia de ciencia ficción mostrando cómo te imaginas el futuro".
http://blog.ellibrodelescritor.com/52-retos-de-escritura/
Creo que el Getafe Negro me está afectando de verdad, cuando lo leáis entenderéis a qué me refiero. Está situada en un futuro no muy lejano, y lo que sucede en la sociedad que planteo tiene más de ciencia que de ficción, al ser (desde mi punto de vista, claro) muy posible que acabe por suceder.
Veremos que pasa en los próximos años. Hasta entonces, ¡feliz lectura! ¡Pasen y lean!

EL ASCENSO
Me dirijo al encuentro de la persona que más he detestado siempre. Desde pequeñas, nuestros padres ya marcaban entonces la diferencia.
—Qué inteligente es Laura —decían—, qué precoz y cuánto sentido común demuestra.

Me miraban a mí y añadían:

—A Raquel también la queremos.

Cuando crecimos, en el colegio ella era la guapa, la popular, la líder nata que atraía hordas de fans. Yo me quedaba siempre sola en un rincón. Los miraba con añoranza de algo que nunca había tenido. Mi orgullo me impedía aproximarme, jugar con ellos.
La II Revolución Digital nos cogió por la veintena. Toda la información y procesos quedaron confinados en la nube a nivel global. Qué comodidad, poder acceder desde cualquier lugar y en cualquier momento al archivo deseado. Fue Laura quien encabezó el proyecto en todo el mundo. Cómo la aplaudían todos, cómo escuchaban embelesados sus discursos A nadie le habían interesado nunca mis indiscutibles méritos en el Partido. Como si fuese una militante de segunda. Incluso allí me eclipsaba esa maldita zorra.
Pocos años después de la II Revolución Digital, hasta los escépticos se convencieron de la utilidad del proyecto. Nunca más hemos necesitado ni el papel, ni los antiguos aparatos obsoletos. Tanto para documentarnos, interactuar con los demás, o para producir y crear, basta con acceder a la Red.
Laura estaba más valorada que nunca. Acabó presidiendo el Partido. De forma automática, el Partido fue elegido para gobernar el mundo. Todos la querían a ella de líder universal. Mientras, yo me encontraba anclada en las más bajas filas administrativas. Me hervía la sangre solo de pensarlo. Tuve que remediar aquella injusticia.
No ha sido fácil llegar a donde estoy ahora. Nadie dijo que fuera a serlo. Me costó más al principio, cuando tuve que quitar del medio a los encargados de la seguridad digital. También a los periodistas entrometidos y otros curiosos, por descontado. Vaya estorbo. Fue más sencillo ocuparme de los sobornos e intimidaciones. Me sorprendió el miedo que tiene la gente de perder a un ser querido. Más que su propia vida. Increíble. Para ganaros su colaboración incondicional solo tenéis que secuestrar a su pareja o sus hijos. Casi nunca falla. Eso sí, no está de más torturar o matar a alguno de vez en cuando. Así no mengua el temor que inspiras. Y hay que buscarse buenos secuaces, discretos. No vaya a ser que levantéis sospechas en las esferas en las que os queréis introducir. Es la parte más ardua. Hube de sudar y sufrir tensiones intolerables para conseguir el equilibrio exacto entre mis muchas caras.
Si tuviese que señalar la etapa más complicada de mi ascenso, sin duda señalaría la de ganarme la confianza de Laura. Mi hermana no tiene un pelo de tonta. Siempre se lo han dicho. De mí se compadecían por ser normal. No fue fácil convencerla de que ya no la odiaba, de que me alegraba por sus éxitos como si fuesen míos. Tuve que ir con pies de plomo, hasta de hierro, y armarme de paciencia y más cosas. Los primeros años desconfiaba. Pero, tras la muerte de su mujer, su ánimo quebradizo facilitó mi labor. Recuerdo cómo lloraba en el funeral, cómo la consolaba yo con falsas palabras de consuelo y cariño. El silencio de mi sicario me salió caro, pero valió la pena. Laura llegó a creer que me importaba, que yo iba a estar a su lado en las buenas y las malas.
Desde entonces, mi ascenso a lo más alto ha sido meteórico. Fue suficiente con apoderarme de las contraseñas de red y enviar mi mensaje al mundo. Si no me concedían el gobierno universal, destruiría todos los datos. La información, producción e Historia mundiales se perderían para siempre. No les dejé opción, el futuro de la Humanidad estaba en juego.
El Partido se desintegró, y yo me alcé sobre todos los demás como una diosa. Por fin había llegado mi momento.
Me vi obligada a reprimir los primeros intentos de revolución. Con la red en mi poder, no fue difícil. Hoy en día no existen más medios para comunicarse, de modo que bloqueé los canales que podían resultar conflictivos. Lo mismo hice con todas las fuentes de conocimiento. No es aconsejable que los plebeyos sepan demasiado, tomad nota de lo que digo.
Apenas una semana después de los disturbios, recibí el desafío de Laura. Me retaba a un duelo justo por el gobierno universal.

Camino. Mis pies golpean enérgicos la hierba mullida. Está anocheciendo. Refresca, pero no siento frío. Solo la música de los grillos rompe el intenso silencio. En el aire fota un aroma a césped, humedad y fertilizante.
Me detengo ante la estructura de piedra. Laura está justo ahí.

—¿Y ahora, qué? —le pregunto.

No espero obtener respuesta. La lápida en la que yacen sus restos me devuelve la mirada, fría e inquebrantable.

Se me escapa una maldición. Pateo con furia la piedra.

—Eras tan honesta. ¿Creíste que yo también iba a serlo? ¿De verdad no sospechase que enviaría a mi sicario tu casa?

Más silencio. Más golpes de mi zapato a la piedra. Caigo de rodillas ante la tumba. Mis lágrimas bañan la piedra.

—Zorra estúpida —le reprocho—. ¿Por qué te has dejado matar? ¿Qué hago yo ahora? Tengo todo lo que tú tenías y no tengo nada.
El llanto no me calma. Araño la lápida y me dejo las uñas. Maldita Laura. Qué suerte has
tenido siempre. Ojalá yo también me muriera para acabar con esta situación tan absurda.

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