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jueves, 20 de octubre de 2016

¡Agua va!

¡Felices y lluviosos jueves, amigos!
Ya no os voy a dar más la tabarra con el Getafe Negro, lo prometo. Solo dejad que os recuerde que hoy estaremos a las 18:00 en la Carpa de la Feria del Libro con Ulises en la Isla de Wight, y a las 19:30, en el café El Violín con Crímenes Callejeros (ambos de Playa de Ákaba).
El Getafe Negro seguirá hasta el día 26, pero a mí se me acaba hoy esta semana plagada de emociones y gente tan criminal como estupenda.

Por cierto, espero que estéis secos y calentitos, ya sea en el trabajo, en un aula, o en vuestras casas. Yo hace unas horas no lo estaba. Qué os voy a contar. Todos hemos sufrido muchas mojaduras a lo largo de nuestra vida, ¡y las que sufriremos! Sobre todo los que somos del norte.
Así que ahora, que por suerte estoy cómoda y bajo techo, os ofrezco un relato que tiene como protagonista al agua de lluvia. Es el reto 18 de El Libro del Escritor: "escribe un relato que involucre agua como elemento relevante de la historia".
http://blog.ellibrodelescritor.com/52-retos-de-escritura/
Aquí os lo dejo. Poneos a cubierto, que luego vienen los catarros y las fiebres, y no hay quién os aguante (es broma ;)).
¡Adelante, pasen y lean!

CAMBIO
Cayó sobre el asfalto sin que nadie reparase en ella, como una más. Lo comprendía. Eran miles idénticas a ella las que se estrellaban cada segundo contra todas las superficies de la ciudad, sufridoras anónimas del cambio de estación.
Estaba cansada. Cuando era joven y el mundo aún estaba pendiente de desarrollarse, aquellos cambios le agradaban, incluso le hacían ilusión. Creía que su existencia era especial, que tanta variedad en su estado era un privilegio que mantendría alejado el aburrimiento.
Pero el tiempo había pasado. Ya no era tan joven, ni ella ni el mundo. Estaba harta, quería descansar y la naturaleza no se lo permitía.
Pensaba cómo podría escapar a su destino y encontrar el reposo que tanto necesitaba. Iba a necesitar ayuda para burlar las leyes naturales. Y sabía que los expertos en tales menesteres eran los seres humanos.
No le hacía mucha gracia tener trato con ellos. Siempre se había limitado a observarlos desde la distancia, con un cóctel de altanería y desconfianza. Pero menos gracia le hacía la perspectiva de permanecer en su círculo vicioso quién sabía cuántos milenios más.
—¡Eh! —llamó desde el suelo— ¡Aquí abajo!
Alguien pareció oírla. Un pequeño humano que pasaba por su lado se agachó y se la quedó mirando, perplejo.
—¡Ahí va! —exclamó— ¡Una gota que habla!
—Todas hablamos, aunque ninguna se digne a hacerlo con vosotros —repuso ella—. El lenguaje humano es muy burdo para nosotras.
El humano asintió, convencido por el razonamiento.
—¿Querías algo? Tengo que ir a casa.
—Pues sí. Mira, estoy cansada de pasarme la vida de arriba abajo, que si ahora soy lluvia, que si ahora me evaporo y vuelvo al cielo... ¿Se te ocurre alguna forma de que me quede quieta y tranquila?
El humano pensó unos instantes, con el ceño fruncido. La gota empezaba a cuestionarse sus capacidades cognitivas cuando le tendió la mano.
—Tengo una idea. Ven conmigo.
La tomó en la punta de su índice y corrió a su casa. Entró con sigilo y se deslizó hasta la cocina. Abrió el congelador y la dejó caer dentro.
—Hace frío —se quejó la gota—. Y apesta a comida.
—Pero aquí podrás quedarte para siempre, si quieres. Nadie te molestará —la consoló el niño. Se oyó una voz femenina desde otra habitación, y su sonrisa se borró—. Tengo que irme. Nos vemos luego.
Cerró la puerta y la dejó allí dentro, con la tiritona. La gota lo maldijo en silencio.
Decidida a conocer su nuevo hábitat, se acercó a una cubitera.
—Buenos días —saludó. Las gotas que componían los hielos respondieron con un murmullo desanimado—. ¿Puedo unirme a vosotras?
Afirmaron en el mismo tono desapasionado. La gota se subió a uno de los hielos y dejó que el frío la uniese a sus semejantes. Ya no se sentía tan incómoda. Empezaba a pensar que su deseado retiro por fin había llegado, que podría permanecer en estado sólido para siempre, en paz.
La puerta del congelador se abrió. Una mujer de maneras bruscas cogió la cubitera y la depositó unos instantes sobre la encimera de la cocina, al lado de una taza de café.
La gota comprendió lo que se proponía la humana. No podía hacer nada para impedirlo. Tuvo que dejarse caer, junto con los demás que componían el hielo, en el líquido amargo. Sintió que se separaba de las otras gotas a la vez que entraba en calor. Cuando la mujer se llevó la taza a los labios, ya se había resignado.
Lo mismo de siempre, otra vez.

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