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jueves, 1 de septiembre de 2016

Una vida alternativa

Feliz septiembre, lectorcillos

Hace poco compartía una historia basada en mi propia infancia. He creído conveniente subir esta, debido a su relación. Se trata del reto 16 de El Libro del Escritor: "Invéntate un pasado para ti: ¿dónde creciste? ¿a qué te dedicas? Haz que sea lo más diferente posible al real."
Vamos, que he tenido que hacer justo lo contrario. Alejarme de mi propia vida e imaginarme una muy distinta. Supuse que, como resultado, yo misma sería diferente a cómo soy hoy. Desde luego, jamás acabaría en el trabajo que desempeño en este relato, aunque no me importaría vivir en el mismo lugar, ni pasar una temporada en las islas que encuentro durante mi viaje... ;)

Una vida alternativa
Nací hace doscientos años. Lo sé, me conservo muy bien.
Mi lugar de origen es el desierto del Sahara. No conocí a mis padres, ya que mi madre murió en el parto y mi padre ni estaba entonces ni apareció nunca.
Como no había ninguna población cerca, me criaron los fénec del desierto. Fue una infancia feliz, o yo la recuerdo como tal. Consistía casi todo el tiempo en buscar las escasas sombras, comida y agua.
Un día me encontraron un grupo de viajeros que cruzaban el desierto a camello. Me llevaron a una ciudad costera, y allí la policía me envió a un orfanato.
No me apetecía quedarme en aquella suerte de cárcel para niños, acostumbrada como estaba a la libertad del desierto. Así que me escapé. No fue difícil convencer a un par de compañeros del orfanato para que me ayudasen a robar un barco.
Surcamos el océano sin un rumbo fijo. Nos alimentábamos de los peces que pescábamos. Uno de ellos había tenido la precaución de birlar agua del orfanato, por lo que tampoco pasamos sed.
Dimos por casualidad con un archipiélago oculto tras un aura mágica. Pasamos allí un par de semanas de relax. Es un lugar muy recomendable para desconectar de la rutina.
Tras esa pausa en el archipiélago, seguimos nuestra travesía hasta llegar a América. Allí, mis dos amigos y yo continuamos la ruta a pie. Visitamos varias ciudades y desempeñamos los más diversos oficios para sobrevivir. He sido zapatera, afiladora, capadora, detective privado, enfermera... Y más que me dejo en el tintero.
Alcanzamos la frontera canadiense, y la cruzamos en un descuido de la policía. O tal vez nos vieron, y no pensaron que tres vagabundos de aspecto saharaui fuesen sospechosos.
En Toronto probé un trabajo que nunca había desempeñado, y descubrí que era lo que más me gustaba: matarratas. Es un trabajo fascinante que requiere de mucha formación, si bien yo lo he ido aprendiendo sobre la marcha.
He llegado a ser la exterminadora más reputada de América. A día de hoy sigo viviendo en Toronto, me he casado con mis dos compañeros, que también se dedican a matar ratas. Además de dirigir mi propia empresa de prevención y aniquilación de plagas, poseo una plantación de arces y fabrico mi propio sirope de arce. Está delicioso, de verdad. Ya podéis venir a visitarme algún día, y así lo probáis.






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