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domingo, 11 de septiembre de 2016

Mapas en la piel

¡Feliz domingo, amigos!
Qué fin de semana más movido. Después de recibir la primera muestra de maquetación de "La Búsqueda de los Dioses" (que sigue en proceso y en breve estará disponible, no os olvidéis), recibía un correo de mi banco en el que me invitaban a asistir a TEDxMadrid. Para quien no sepa qué es, el TEDx es una variante de las TED Talks, ponencias de un máximo de 18 minutos que buscan presentar una idea sobre diferentes temas, para dar a conocer, o sencillamente hacer pensar al espectador.
Ayer pude disfrutar de muchas charlas, interesantes e inspiradoras todas ellas; desde James Rhodes llamando a practicar la introversión en un mundo de extrovertidos, pasando por Javier Olivares defendiendo la importancia de la Historia en nuestra identidad, o la periodista Mar Cabra señalando el papel clave de la confianza en la investigación global de los medios quepublicaron los polémicos "Papeles de Panamá". Pero si me tuviera que quedar con una, mencionaría al activista Juan Gutiérrez, presidente de la Asociación Hebras de Paz Viva. Este hombre me emocionó de forma inevitable al hablarnos de esas personas anónimas, imperceptibles, que en un momento dado deciden ayudar incluso a su enemigo "porque es lo que creen que deben hacer". El ejemplo es Schindler, sí, el de la lista, pero hay muchos más, y él se dedica a descubrirlos. Gutiérrez se extendía en el tiempo límite de 18 minutos para contarnos su propia historia, o la de su familia. Puso al auditorio en pie, y logró que creyese un poco más en la humanidad. Por eso, os dejo el enlace de Hebras de Paz Viva. Porque vale la pena creer en nosotros.
http://hebrasdepaz.org/

Mi relato de hoy cumple el reto 32 de El Libro del Escritor: "escribe un relato sobre las marcas que deja la vida en la piel"
Espero que os guste. Pronto volveré con novedades que no he contado hoy por no extenderme demasiado.
¡Feliz lectura!

El mapa cutáneo
Cuando se sintió el primer temblor, yo no me percaté. Estaba como hipnotizado ante lo que acababa de vivir de forma indirecta, sin abandonar las paredes de la sala de aquella estación de montaña. Mis padres habían tenido que salir, y estaba a solas con mi tía. No había clientes, ni nada interesante que hacer.
Yo entonces contaba siete años de vida, y no había intercambiado más de cinco palabras con mi tía, en parte porque nunca bajaba de su montaña para visitarnos. En aquel momento, despertó mi curiosidad. La piel de mi tía es como un mapa físico, de esos que señalan ríos y cordilleras. Cuando se lo dije, ella se había echado a reír. Tomó asiento frente a mí y me contó su historia.
La primera que me mostró fue una marca oscura y de forma un poco alargada, al lado del ombligo. Me dijo que cuando su madre, mi abuela, estaba embarazada, había sentido unas ganas inmensas de comer yuca frita. Pero claro, en nuestra zona no es una fruta fácil de encontrar. No pudo comerla, y por eso la yuca apareció en la piel de mi tía. Yo no entendí del todo la relación, y sigo sin entenderla.
Un par de señales, una por cada rodilla, indicaban el lugar donde se había herido al caerse en su primer paseo en patines. Un gato se había cruzado en su camino de improviso y había provocado que perdiese el equilibrio.
—¿Y eso? —Señalé la línea que recorre su pierna derecha, desde el tobillo hasta más allá de lo que podía ver.
—Eso, de la bicicleta. No se me dan demasiado bien los cacharros sobre ruedas —explicó, algo ruborizada.
—Creo que eres un poco torpe —bromeé. Ella me guiñó un ojo.
—No. Solo colecciono marcas en la piel.
Me pareció una colección curiosa. Hasta entonces, yo solo había empezado una de cromos y otra de piedras raras.
Mi tía se arremangó y me enseñó una cicatriz en forma de media luna. Me contó cómo se había peleado en el colegio con un abusón, sin saber que el chico llevaba una navaja. Le había causado un par de heridas, pero mi tía se encargó de que se le quitasen las ganas de meterse con los demás. Me explicó que, durante mucho tiempo, lució marcas en los nudillos que lo demostraban. Ahora hay que fijarse mucho para apreciarlas.
—¿Tienes alguna favorita en tu colección?
Ella se lo pensó solo unos momentos. Me mostró el costado izquierdo. Yo había esperado una marca de guerra, y me decepcioné al encontrar un tatuaje. Es bonito, muestra una enredadera con unas aves blancas que revolotean en la parte de arriba. Mi tía notó mi descontento.
—No es el recuerdo de una herida, pero sí de una victoria —me explicó—. Me lo hice para celebrar mi recuperación.
Recordaba que me habían contado que mi tía había estado enferma desde muy pequeña. Incluso habían temido por su vida. Me alegré al saber que estaba recuperada por completo.
Se produjo el segundo temblor, y ya no recuerdo nada más. Desperté en el hospital.
Estaba confundido, no sabía qué había pasado ni qué hacía yo allí. Ni siquiera cuando me explicaron lo del alud lo entendí.
Mis padres vinieron a verme. Fueron los que me contaron lo de mi mano derecha; había notado su falta, pero no sabía dónde me la había dejado. Menos mal que soy zurdo.
Mi tía llegó poco después. Le habían facilitado una silla de ruedas. Como yo, lucía nuevas marcas. Entre lágrimas, me pidió perdón por no haber previsto el desastre. Yo sonreí, y con mi única mano acaricié la nueva cicatriz de su rostro.
—No pasa nada. Hemos sobrevivido, así puedo empezar mi colección.
Estaba deseando saber qué mapa cutáneo me depararía mi vida desde aquel día.


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