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domingo, 18 de septiembre de 2016

El niño y la mendiga, parte 3

¡Feliz domingo!
Lo sé, se acaba el fin de semana, y eso de feliz tiene poco... pero tranquilos; hoy traigo la última parte de la trilogía de relatos que comencé este viernes. Borja y la mujer nos dicen hoy adiós... o tal vez hasta luego. Quién sabe si en un futuro los recupero para alguna otra historia. Lo cierto es que les he cogido cariño.
El reto de El Libro del Escritor de hoy es el 25: "escribe un relato sobre un personaje que en su infancia fuera pobre, y ahora rico".
http://blog.ellibrodelescritor.com/52-retos-de-escritura/
Si habéis leído los dos relatos previos, sabréis que la vida de la mujer ha dado un giro inesperado. ¿Queréis saber qué pasó después de que los padres de Borja le regalasen una nueva vida?
Pues relajaos y seguid leyendo...

La melancolía
Borja no recordaba haber sido nunca tan feliz, ni siquiera cuando era muy pequeño. Parecía que, tras el susto de la noche que se había escapado, sus padres habían recapacitado. Desde entonces todo eran atenciones. Pasaban más tiempo con él, e incluso habían regalado una vida mejor a su salvadora.
Iba a verla a menudo. Ahora ella vivía muy cerca de su mansión, en una de las gigantescas casas que sus padres solían alquilar en el pasado. Por supuesto, no necesitaban el dinero. Les importaba más agradecer la ayuda de la mujer. Por aquel motivo le habían ofrecido un trabajo con el que en poco tiempo había reunido una gran fortuna. Tenía más de lo que jamás hubiera podido imaginar.
Cada vez que iba a su casa, ella le ofrecía un chocolate caliente y algún dulce. Se había revelado como una gran cocinera, algo que Borja no dejaba de agradecer.
En los últimos tiempos la notaba melancólica. A menudo suspiraba, o pasaba largos minutos mirando por la ventana, mientras él se tomaba la merienda.
Cuando le preguntó qué le pasaba, ella le quitó importancia:
—Es solo que estaba demasiado acostumbrada a mi vida de antes. Ten en cuenta que nunca he tenido ni casa ni trabajo.
—¿Y no te alegras?
—Supongo que debería.
Aquella críptica respuesta intranquilizó al niño. Pasó el resto del día dándole vueltas. Su amiga siempre había vivido en las calles, había sobrevivido con lo mínimo. La ayuda de sus padres para ofrecerle una vida de lujos había sido un golpe de suerte, pero también una prisión. Ya no contaría con la libertad que antes tenía, su fortuna necesitaba mantenimiento, su trabajo debía realizarse con puntualidad.
Aquella noche, Broja vigilaba en silencio por la ventana. Contemplaba la casa de la mujer, dudaba si compadecerse de ella.
Notó que una sombra se deslizaba fuera de la vivienda. En un primer momento temió que se tratase de algún ladrón. Pero la luz de la luna le permitió ver que se trataba de ella.
Intrigado, se apresuró a ir a su encuentro. No quería que sus padres pensasen que volvía a escaparse, por lo que resolvió saltar por la ventana; de ese modo, no notarían tan pronto su falta.
Corrió tras su amiga, que ya le llevaba bastante ventaja. No tardó en comprender que se dirigía al muelle. Allí estaban, entre otros, los tres yates de sus padres. Sabía que la mujer había adquirido uno hacía poco; se lo había enseñado para pedirle su opinión. A Borja le había entusiasmado. Había deseado que ella lo llevase a dar un paseo, sus padres nunca le subían a sus barcos por miedo a que se cayese por la borda.
La llamó. Ella se giró sorprendida. No le preguntó qué hacía allí; ya lo conocía bastante bien.
—¿Me llevas a dar una vuelta? —le pidió él.
Pensaba que ella no tenía ningún objetivo concreto. Pero se equivocaba:
—No pienso volver. Me marcho a donde me lleven las olas. Lo siento, pero no puedes venir.
El niño tragó saliva.
—¿Tan mal te van las cosas?
Su amiga suspiró.
—Siempre he querido tener una vida normal, y ahora no soy capaz de adaptarme a ella. No espero que lo entiendas, Borja. —Le dio un fuerte abrazo y un beso en la mejilla húmeda. Sin querer, el niño había empezado a llorar—. Solo que lo respetes.
Él quería rebelarse, retenerla consigo. Era su salvadora, le debía la vida, no quería que se alejase. Pero tampoco quería decepcionarla. Se tragó las lágrimas, y con el brazo trazó un saludo militar:
—Cuando crezca iré a buscarte. Esto no es adiós.
—Eso espero, Borja. Hasta entonces, cuídate.
Con un último abrazo, se despidieron. Borja se quedó en el muelle para ver cómo el barco se alejaba y se llevaba a su amiga de su lado. Entonces lo supo, como una certeza incuestionable; su separación no sería para siempre.





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