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sábado, 17 de septiembre de 2016

El niño y la mendiga, parte 2


¡Feliz sábado!
Como prometí, hoy continúo con la trilogía de relatos en la que un niño y una mujer de muy diferente origen se hacen amigos. En esta segunda parte supero el reto 23 de El Libro del Escritor: "Escribe una historia en la que la vida de una mujer cambia drásticamente en solo 3 minutos".
Bueno, no he contado el tiempo, pero supongo que pueden considerarse tres minutos. Desde luego, el relato es muy breve. A ver qué opináis vosotros. Os dejo con la historia, ¡disfrutadla!

UN GOLPE DE SUERTE
La mujer aferra anhelante su décimo. Tiene que seguir el sorteo desde la calle. No tiene casa, y tampoco le dejan entrar en ningún bar. Los que están dispuestos a soportar su olor, temen que no vaya a pagar la consumición. Eso la molesta; es pobre, es una indigente, pero no una ladrona. Si no puede pagar algo, no lo toma.
A pesar de haber pasado toda su vida en las calles, solo se ha visto obligada a robar en tres ocasiones. Siempre fue comida, siempre en momentos de intolerable hambre.
Tiene la costumbre de jugar ese número. Cada año reserva una cantidad para comprar el décimo. Sueña con que le toque, con poder tener una vida normal. Ya no es joven, cada vez se cansa más pronto, enferma más a menudo. Pero cree que nunca es demasiado tarde para empezar. Un día le tocará una importante cantidad, y podrá tener una casa, ir a la compra, incluso entrar en un local sin que la miren como a una rata despellejada.
Atenta a la pantalla que se vislumbra a través del cristal de una cafetería, la mujer lee una y otra vez su número. Lo ha memorizado, pero por si acaso lo repasa.
El bombo empieza a girar. Sale la primera cifra, luego la segunda, y la tercera.
La mujer nota cómo la burbuja de ilusión que se había creado se desinfla poco a poco. Qué idiota, todos los años es igual. No aprenderá nunca.
—Aquí está.
Esa voz infantil le suena de algo. La ha oído no hace mucho. La mujer guarda el décimo de la decepción y se gira. Reconoce al chiquillo que avanza hacia ella acompañado de los que deben ser sus padres. Es el mismo que se había escapado hace apenas dos noches. La mujer recuerda cómo se había asustado con la aparición de los monstruos. Ella lo había ayudado, por supuesto. Lo que no entiende es qué hace aquí, y con sus padres. Parecen muy estirados, deben ser gente importante. Teme que intenten acusarla de intento de secuestro. Pero no, la pareja no parece hostil.
Tanto el hombre como la mujer le tienden la mano. Le agradecen que haya salvado a su hijo. Aquella noche, al notar que el pequeño Borja se había escapado, sintieron mucho miedo. Todos saben que en las noches de invierno los monstruos pululan a sus anchas por la ciudad, y no tienen reparos en devorar a todo aquel que encuentran a su paso. Ya lo daban por muerto. El niño había aparecido a la mañana siguiente, y les había contado cómo una vagabunda había cuidado de él.
—Queremos agradecerle lo que ha hecho por nuestro hijo. Podemos darle una de nuestras casas, y un trabajo. Es lo mínimo que se nos ocurre.
No se lo puede creer. Palpa el décimo arrugado en su bolsillo. Al final, ha resultado ser ganadora, aunque no de la forma que ella esperaba.







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