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viernes, 16 de septiembre de 2016

El niño y la mendiga, parte 1

¡Feliz fin de semana! Bueno, aún no... pero casi.
Hoy he decidido hacer algo especial. Como a partir de ya nos esperan tres días de fin de semana, voy a empezar una trilogía de relatos, protagonizada por los mismos personajes: tanto hoy, como mañana, como el domingo, publicaré uno.
La idea surgió cuando comprendí que tres de los retos de El Libro del Escritor me pedían estar protagonizados por los mismos personajes: un niño y una mujer muy diferentes. De hecho, el que os ofrezco en primer lugar, es el número 39: "escribe un relato en el cual dos personas totalmente opuestas se conozcan de forma poco corriente".
http://blog.ellibrodelescritor.com/52-retos-de-escritura/
Espero que os guste tanto como para seguir sus aventuras durante este fin de semana.
¡A disfrutar!

LOS MONSTRUOS DE LA NOCHE
El niño corre por las calles adoquinadas. Llueve, pero no le importa. Cualquier cosa mejor que permanecer un minuto más en esa casa desierta llena de gente.
Sus padres siempre dicen que lo quieren, pero no lo demuestran. Nunca están con él. Están muy ocupados, o eso dicen para excusarse. Mantener un imperio financiero no es fácil, ya no digamos dos. Su padre domina casi toda la industria textil del país, su madre los hidrocarburos a escala mundial.
Borja querría un poco más de su atención. Ambos tienen muchos trabajadores, pueden permitirse pasar tiempo con él. Pero, por mucho que lo nieguen, sabe que prefieren irse con sus amigos a esas fiestas tan exclusivas. O, como en esta ocasión, organizarla en su propia mansión. En cualquiera de los dos casos, a él lo dejan a cargo del servicio de la casa. Todos se portan bien con Borja, pero no es lo mismo. Extraña un abrazo de su madre, o un consejo de su padre.
Corre por una callejuela poco transitada. Tropieza con algo y cae al suelo. No lo ha visto bien debido a la oscuridad y la lluvia. Al principio cree que es un montón de basura. Cuando se fija, descubre que esa masa informe se mueve.
¿Será un animal? Borja se aproxima, no sin cierta aprensión. Teme que sea una bestia rabiosa que se le pueda echar encima. Entorna los ojos, distingue las telas empapadas. Apesta. A él no le molesta, pero sabe que sus padres arrugarían la nariz y le obligarían a marcharse.
El fardo le devuelve una mirada de ojos hundidos y cansados.
—¿Te has hecho daño?
Borja da un paso atrás. La voz es de una mujer, no cabe duda. Debajo de esas ropas pestilentes hay una persona humana. El niño traga saliva. Tiene miedo. No puede ver bien a su interlocutora, y eso lo aterra.
—No, estoy bien. Tengo que irme.
—¿Qué hace un niño por ahí a estas horas? Estás empapado.
Borja cree que resulta irónico que ella haga semejante comentario.
—Tú también te estás mojando.
—Ya. Pero yo no tengo casa. Y entre estas capas de ropa, hay una que es impermeable.
El niño no consigue distinguir cuál es.
—Yo tampoco tengo casa. Bueno, sí —se corrige—. Pero no quiero volver.
Se da cuenta de que la mujer lo estudia de arriba abajo.
—¿Tus padres no te hacen caso, es eso?
Borja da un respingo. Se pregunta si será una bruja. Decide justificar a su familia:
—Están muy ocupados.
—Ya. Así que te sientes solo y te has escapado.
Le desconcierta que una desconocida pueda conocerlo tan bien. No le apetece seguir hablando de sí mismo.
—¿Y tú, por qué no tienes casa?
—Nunca la he tenido. Nací en la calle, y en la calle he vivido siempre. Tampoco tengo familia, mis padres murieron cuando era una niña.
En otro momento, a Borja le parecería una vida fascinante. Pero bajo la lluvia, con el frío de la noche de invierno pegado a sus huesos, empieza a extrañar su hogar.
—Creo que será mejor que vuelva.
La mujer no responde. Por un momento, Borja teme que haya muerto de repente. Puede que estuviera muy enferma. Se acerca, escucha su respiración pausada y se tranquiliza. Oye su voz, que murmura:
—Acércate a la pared y no te muevas.
—¿Qué?
Ella hace un movimiento veloz, tanto que el niño no puede impedir que lo agarre del brazo y lo empuje hacia la pared. Da de nuevo con los huesos en el suelo. Intenta quejarse, pero ella cubre su boca con su mano. También apesta. Borja comprende que algo sucede.
Por la esquina de la calle asoman dos figuras altas como semáforos y aún más malolientes que la propia mujer. Borja agradece que haya cubierto su boca; no habría contenido las ganas de gritar. Los seres poseen un espeso pelaje, apelmazado sobre sus deformes cuerpos. Demasiados dientes afilados sobresalen por su boca. Contemplan la calle con dos pares de ojos rojizos y crueles.
Uno de ellos da algunos pasos hacia la mujer y Borja. El niño se encoge todo lo que puede y empieza a llorar. Se siente un estúpido por haberse escapado. La mujer lo estrecha contra ella, protectora. Oye los latidos de su corazón, intenta concentrarse en ellos y olvidar la pesadilla que se adentra en la calle.
El monstruo pasa ante ellos, despacio. Su compañero lo sigue. Dirigen miradas peligrosas hacia los dos humanos. Borja nota que sus narices amorfas se agitan; olisquean el ambiente, en busca de alguna presa interesante.
Es una suerte que el olor de su nueva amiga no sea apetecible ni para dos bestias de la oscuridad. Cuando Borja se atreve a abrir los ojos, cerrados por el pánico, las criaturas han desaparecido, y con ellas, la lluvia y la noche. El sol lanza sus primeros rayos al firmamento, y el niño sigue abrazado a la solitaria mujer sin casa que esa noche ha salvado su vida.


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