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jueves, 29 de septiembre de 2016

Bienvenido, Leo ūüĎ∂

¡Feliz jueves!
En primer lugar, y antes de que se me olvide, quiero recordar a los que est√©is por Madrid que esta tarde, a partir de las 19:00, presentamos la antolog√≠a de relatos musicales "Ulises en la Isla de Wight". Ser√° en la Biblioteca Eugenio Tr√≠as, y compartiremos el evento nada menos que con Lorenzo Silva, que hablar√° de su nuevo libro "Los apuntes de Aloysius". ¡No os lo pod√©is perder!










El segundo motivo que me ha llevado a adelantar la actualización del blog (no tenía previsto subir el relato de hoy hasta el viernes) es la llegada al mundo de una personita muy especial.
Cuando escribí la historia de esta semana lo hice sin más intención que superar otro de los retos de El Libro del Escritor.
Ayer decid√≠ que quiero dedic√°rsela a √©l, que por fin se decidi√≥ a desembarcar en este dif√≠cil, duro y maravilloso mundo nuestro.
Leo es mi primer sobrino (t√©cnicamente, primo segundo, ¡pero sabr√© yo lo que somos!). A√ļn queda bastante para que pueda leer y entender esta historia, por lo que de momento es para sus pap√°s, Cris y Dani.
Otra raz√≥n para dedic√°rselo a ellos es el propio reto en s√≠: El n√ļmero 40 consiste en escoger la tercera frase de la p√°gina 23 del primer libro que abriese, y usarla como comienzo del relato. Dio la casualidad de que estoy leyendo a uno de los autores favoritos de mi primo Dani, Eduardo Galeano. En concreto, el libro es "Patas Arriba: La escuela del mundo al rev√©s", y la frase, la siguiente:
"Ni√Īos son, en su mayor√≠a, los pobres; y pobres son, en su mayor√≠a, los ni√Īos".
Una confesi√≥n: la primera versi√≥n de este relato era diferente, mucho m√°s pesimista. Tras conocer a Leo y decidir que se lo quer√≠a dedicar, he decidido cambiarlo. No lo he hecho por censura, ni por hacerlo "m√°s apto para ni√Īos" (no creo necesario endulzar las historias para ellos, ni mucho menos). Fue porque quiero imaginar un mundo mejor para √©l. Quiero que, cuando este peque√Īajo que pude tener en mis brazos crezca, lea la historia y la entienda, el mundo sea un poquito menos cruel de lo que es ahora, de lo que refleja el relato. Y el primer paso es imaginar que los cambios son posibles.
¡Pasen y lean!

Beige y p√ļrpura
Ni√Īos son, en su mayor√≠a, los pobres; y pobres son, en su mayor√≠a, los ni√Īos.
√Āngela hab√≠a o√≠do aquellas palabras en su televisor de treinta pulgadas, mientras desayunaba en soledad. No le hab√≠a prestado demasiada atenci√≥n. Solo pod√≠a pensar en volver a su cuarto y estudiar. No pod√≠a distraerse con las noticias, ni con los activistas que aparec√≠an en ella para denunciar asuntos que le eran ajenos.
Deb√≠a superar la prueba de acceso al Colegio San Poderoso de los Triunfos, el centro escolar de mayor categor√≠a de toda la regi√≥n. Si no la admit√≠an, ser√≠a la verg√ľenza de la familia. Sus abuelos, padres, t√≠os y primos mayores se hab√≠an graduado all√≠, y todos eran personas de enorme √©xito. Era una garant√≠a para los alumnos, sab√≠an que su destino era dirigir el pa√≠s. A √Āngela le daba igual, se esforzaba para no defraudar a su madre. Su ira pod√≠a llegar a ser temible. Las pocas veces que la ve√≠a estaba de mal humor, y no era aconsejable molestarla y hacerla enfadar. No quer√≠a ni imaginarse c√≥mo se pondr√≠a si su hija ten√≠a que estudiar en un colegio normal, incluso en uno bastante bueno. Quer√≠a que fuese el mejor, y por eso √Āngela no hab√≠a salido de casa en varios meses. Sab√≠a lo dif√≠ciles que eran las pruebas. No quer√≠a correr riesgos. Pasaba all√≠ sus horas porque no hab√≠a nada mejor que hacer. Sus padres no estaban, los criados no le hac√≠an caso, y nadie la dejaba salir sola de la casa.
Lo malo de permanecer tanto tiempo encerrada en el cuarto era el ambiente recargado. Los criados limpiaban cada d√≠a, pero no pasaban hasta la tarde. √Āngela se vio obligada a abrir la ventana, la cual siempre permanec√≠a cerrada para evitar distracciones, y por razones de seguridad. Le hab√≠an advertido tantas veces que era peligroso, que sinti√≥ una punzada de temor al sentir la brisa en su joven rostro. Contempl√≥ unos momentos la calle desierta y la luz suave de la ma√Īana. Despu√©s volvi√≥ a su escritorio para sumergirse en los libros.
Tan absorta estaba en los problemas de trigonometría que no se enteró cuando tres siluetas sigilosas se adentraron en la habitación a través de la ventana abierta. Solo cuando alzó la vista para memorizar unas fórmulas de trigonometría reparó en una mano violácea que se disponía a aferrar su tablet.
Sus ojos se cruzaron con los del due√Īo de la mano. Contuvo el aliento.
Le hab√≠an hablado muchas veces de los p√ļrpuras; los hab√≠a visto desde el coche cuando la llevaban hacia alg√ļn destino apetecible. Recordaba las advertencias de los adultos: "√Āngela, cambia de calle si te cruzas con ellos", "√Āngela, no les hables, ni los mires", "√Āngela, si se fijan en ti, escapa y pide ayuda a los soldados".
Los p√ļrpuras siempre eran ni√Īos, unos pocos llegaban a la mayor√≠a de edad. Seg√ļn los primos de √Āngela, duraban tan poco por su tendencia al crimen. Los p√ļrpuras eran malvados por naturaleza, siempre buscaban hacer da√Īo a los beige como ellos, a la gente de bien. Constitu√≠an casi toda la poblaci√≥n del pa√≠s, solo un peque√Īo porcentaje de habitantes eran respetables beiges que ten√≠an que esconderse de aquellos miserables en grandes casas protegidas. Los p√ļrpuras eran un peligro a evitar, por ello a √Āngela no le importaba quedarse en casa a salvo.
All√≠ estaba, frente a tres de aquellos peque√Īos criminales. No tard√≥ en descubrir a los compa√Īeros del que la hab√≠a sorprendido, ya que ellos dejaron de ocultarse. Uno se hab√≠a adue√Īado de su videoconsola, mientras que el otro revolv√≠a en su joyero. Ninguno parec√≠a tener m√°s de los ocho a√Īos de √Āngela, pero su aspecto sucio y descuidado les proporcionaba mayor fiereza.
√Āngela se levant√≥, temblorosa, y se apoy√≥ en la pared. Los intrusos la contemplaron impasibles.
No me hag√°is da√Īo —suplic√≥. Los p√ļrpuras intercambiaron una mirada. El de la tablet se adelant√≥. Algo en su actitud le indic√≥ a la ni√Īa que era el mayor, y por tanto, el que mandaba.
Nos has visto. No podemos dejar que nos denuncies a los soldados.
No lo har√© —prometi√≥ ella, con las manos alzadas en actitud de derrota. El de la tablet sacudi√≥ la cabeza.
No podemos fiarnos de los beige. A nuestro hermano lo mataron por dejar a uno con vida. El muy canalla, en vez de darle las gracias, lo acusó.
No todos somos as√≠ —repuso √Āngela. Los otros dos p√ļrpuras se hab√≠an acercado a ella, amenazantes—. Por favor, llevaos lo que quer√°is, pero dejadme en paz.
No podemos.
Los dos peque√Īos la sujetaron, y el de la tablet sac√≥ una navaja del bolsillo. √Āngela quiso gritar, pero le taparon la boca. Sinti√≥ el filo en su cuello y supo que era su final.

Mientras se alejaban con el bot√≠n, con la banda sonora de aullidos de perros y sirenas lejanas, Brais not√≥ algo en la garganta. No era miedo, sab√≠a reconocer aquella sensaci√≥n. No hab√≠an dejado pruebas, tal y como les hab√≠a ense√Īado el Jefe. Era imposible que les pillasen.
No, sab√≠a qu√© era aquello que quer√≠a salir de su interior, y no le gustaba. Le hac√≠a parecer d√©bil ante los dem√°s. Ni siquiera pod√≠a dejar que saliese delante de sus hermanos. Se burlar√≠an de √©l, se lo contar√≠an a todos y ser√≠a el hazmerre√≠r. Deb√≠a mantener la compostura.
Se detuvo de repente.
Id yendo, ahora os alcanzo —les orden√≥ a sus hermanos. Ellos lo miraron con suspicacia—. Creo que la navaja gote√≥ all√≠ atr√°s, voy a limpiar la sangre.
Como quieras.
Se adelantaron. Brais desandó el camino recorrido, e incluso se agachó allí donde no había ninguna mancha de sangre.
Llor√≥ con l√°grimas amargas. Solloz√≥ como lo habr√≠a hecho el ni√Īo que en realidad era y la sociedad no le permit√≠a ser. Llor√≥ por todas y cada una de sus v√≠ctimas, por las que se hab√≠an salvado y por las que no. Llor√≥ tambi√©n por su propia impotencia. No hab√≠a otra salida para un don nadie como √©l. Hab√≠a nacido p√ļrpura, p√ļrpura ser√≠a siempre. No ten√≠a m√°s remedio que robar para seguir viviendo; y, de forma parad√≥jica, cada vez que robaba se arriesgaba a morir.
Pronto se calm√≥. Se puso en pie y recobr√≥ su m√°scara de adulto fr√≠o y despiadado en el cuerpo de ni√Īo. Sus hermanos le necesitaban.
Aquella noche, como todas, se reunieron todos con el Jefe. Era un p√ļrpura de unos dieciocho a√Īos, el mayor de la ciudad, y el de m√°s autoridad por tal motivo. El Jefe actuaba como hermano mayor de todos, recog√≠a sus mercanc√≠as para intercambiarlas por comida para todos. Tambi√©n les ense√Īaba a sobrevivir, a robar y protegerse de los soldados.
Felicit√≥ a Brais por el valioso bot√≠n que hab√≠an obtenido aquella ma√Īana. Incluso insinu√≥ que alg√ļn d√≠a, √©l podr√≠a ocupar su lugar como l√≠der. Brais sonre√≠a sin decir nada. No expres√≥ el malestar que lo invad√≠a cada vez que hac√≠a da√Īo a otra persona, beige o p√ļrpura; tampoco habl√≥ del acceso de llanto que hab√≠a sufrido por la tarde.
Los primeros disparos los cogieron por sorpresa, por eso nadie reaccionó a tiempo de evitar las consecuencias. El Jefe y algunos otros cayeron al suelo con expresiones de sorpresa e incredulidad.
La mayor parte de los ni√Īos echaron a correr despavoridos, Brais entre ellos. No sirvi√≥ de nada; aquella noche, los soldados estaban sedientos de sangre p√ļrpura.
Murieron casi una veintena. Muchos otros fueron apresados y llevados a los calabozos. Brais y sus hermanos sufrieron este destino. El ni√Īo se fij√≥ en que casi todos ten√≠an una edad similar a la suya. No entendi√≥ por qu√© no los mataban tambi√©n.
Se fij√≥ en la persona que acompa√Īaba al comandante y los soldados. Iban de celda en celda para que pudiese ver a todos los cautivos. Se sinti√≥ un est√ļpido. Iba a morir por culpa de su compasi√≥n sin sentido. Sab√≠a que pod√≠a pasar aquello, y a√ļn as√≠, la hab√≠a dejado con vida.
¿Qui√©n fue, se√Īorita √Āngela? — pregunt√≥ el comandante cuando hubo terminado la ronda. La ni√Īa dirigi√≥ un fugaz vistazo hacia Brais. Se acarici√≥ la venda que cubr√≠a la herida de su cuello, aquella que el ni√Īo hab√≠a asegurado que era mortal. Sus hermanos le hab√≠an cre√≠do, y en aquel momento lo miraban acusadores.
Ninguno de ellos —respondi√≥ √Āngela, convencida—. Pod√©is ponerlos en libertad.
Pero, se√Īorita, su madre ha dicho...
S√© lo que ha dicho —interrumpi√≥ la ni√Īa con firmeza—. Pero ella no estaba all√≠.
Durante un segundo volvi√≥ a mirar a Brais. En esa breve fracci√≥n de tiempo, √©l percibi√≥ su sonrisa. Un gesto que hablaba de perd√≥n e incluso de agradecimiento. Ambos supieron lo que pensaba el otro. √Āngela se alegraba de seguir viva. Entend√≠a lo dif√≠cil que hab√≠a sido para √©l confiar en ella, en que dec√≠a la verdad. No hab√≠a ido a denunciarlos, era cosa de su madre; estaba dispuesta a devolverle el favor y salvar su vida. En aquel segundo comprendieron que no eran diferentes, a pesar de lo que dec√≠an los adultos. En un mundo cuerdo ser√≠an buenos amigos, no los separar√≠an el miedo ni los intereses de los adultos que modelaban la sociedad.
Se√Īorita, su madre es la gobernadora. —La voz del comandante interrumpi√≥ aquel m√°gico momento—. Ha ordenado que, de no aparecer el culpable, ejecutemos a todos los sospechosos del robo.
Brais se enderez√≥, dispuesto a confesar para salvar a los suyos. Pero un gesto de √Āngela le indic√≥ que no se precipitase. La ni√Īa se cruz√≥ de brazos ante el comandante y los soldados.
D√≠gale a mi madre que como se le ocurra hacer eso, me escapar√© de casa. Y ahora, haga el favor de sacar a estos ni√Īos de los calabozos. Y s√≠rvanles una buena cena.
Como el comandante no se mov√≠a, fue √Āngela la que sac√≥ su smartphone de √ļltima generaci√≥n y marc√≥ un n√ļmero. Sali√≥ para hablar, y le indic√≥ al comandante que la acompa√Īase.
Los minutos que siguieron fueron eternos para Brais. O√≠a la voz de √Āngela desde la habitaci√≥n de al lado. Hablaba a gritos, amenazaba y lloraba. El ni√Īo trag√≥ saliva, desesperanzado. El tel√©fono debi√≥ pasar a manos del comandante, ya que su √°spera voz lleg√≥ en un murmullo a los o√≠dos de los ni√Īos cautivos. Brais se tem√≠a lo peor.
Por ello se sorprendi√≥ tanto cuando vio entrar a √Āngela con una amplia sonrisa. Not√≥ que le gui√Īaba un ojo, as√≠ como la expresi√≥n de contrariedad del comandante.

Con sus labios, Brais form√≥ la palabra "gracias" sin alzar la voz. La ni√Īa asinti√≥ y sigui√≥ su camino hacia el exterior. No deb√≠a establecer m√°s contacto con √©l, al menos por el momento. Habr√≠a resultado sospechoso. A Brais no le import√≥. Cuando los soldados empezaron a abrir sus celdas, supo que desde ese d√≠a, las cosas iban a mejorar para todos. Su liberaci√≥n sentaba un precedente importante en el pa√≠s. Tal vez, con el tiempo y un poco de suerte, incluso les dejasen volver a ser ni√Īos.



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