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domingo, 4 de septiembre de 2016

Alerta: intento suspenderos

¡Feliz tarde, amigos de las letras!
¿Qué tal la primera semana de septiembre? Yo, de momento, sin demasiadas novedades. Así que os comento una iniciativa que me ha parecido muy interesante, y que espero que tenga un gran éxito. Se trata de La Nave Invisible, una nueva página que ha zarpado hoy y en la cual se dedicarán a descubir escritoras de fantasia, ciencia ficción y terror. O dejo el enlace para que echéis un vistazo y, si os gusta, os unáis a su travesía:

Por mi parte, os traigo un relato para combatir la tediosidad dominguera. Es el reto 3 de El Libro del Escritor: debía empezar por "estoy de pie en mi cocina", y debía ser una historia de suspense.
Aunque muchas de mis historias tienen su dosis de intriga, el suspense puro y duro no es lo mío, así que no sé si el objetivo está conseguido. Yo lo he intentado, ahora, dejaré que juzguéis vosotros.
Disfrutad, y cuidado, ¡no os vayáis a atragantar!

La pastilla:
Estoy de pie en mi cocina. Contemplo con angustia la diminuta caja que hay ante mí, sobre la encimera. Me embarga la incertidumbre.
Hace unas pocas semanas que el médico me recetó la pastilla. Se supone que evitará que muera a causa de mi enfermedad, o de una de ellas. Aún no he incorporado la toma a mi rutina, como con las demás. Todos los días tengo que obligarme a recordar que me toca ingerir un medicamento más.
La pregunta que me tortura es: ¿la he tomado hoy? No lo recuerdo.
Es posible que sí, que me la haya tragado antes de la de la tensión. Pero no podría asegurarlo.
La caja de las pastillas permanece cerrada, y yo dudo. ¿Me tomaré otra por si acaso? No debería. Una dosis de más puede ser fatal. Ya me lo advirtió el médico:
"Tómese una y nada más que una", esas habían sido sus palabras. Una sobredosis sería tan mortal como la propia enfermedad.
Doy vueltas a la caja en mi mano, con el corazón desbocado. Si me la hubiese tomado, no tendría nada que temer. La enfermedad no me asaltaría. Pero en caso de que no... El médico me había explicado lo que sentiría, no parecía agradable. Los dolores que sufrieron otros pacientes habían sido insoportables, según él. La sola idea de vivirlos me atormenta.
El contacto frío de la caja me produce escalofríos. La dejo sobre la encimera. La vuelvo a coger, y una vez más la suelto. Camino hacia el fregadero, me giro y voy hacia la puerta. Casi seguro que me la he tomado.
Me detengo antes de salir y miro hacia atrás. ¿Y si no lo he hecho? ¿Y si mi anciana mente me juega una mala pasada? La inquietud me está destrozando.
Doy un paso hacia la caja. Fuerzo a mi gastada mente para que retroceda. Quiero saber qué hice antes. Alguna medicación he tomado, eso lo sé. Pero, ¿cuál? Sigo demasiadas. Es imposible acordarse de todas. A la mayoría me he acostumbrado, las tomo igual que como y duermo. Pero, maldición, esta es nueva, es natural que me olvide de ella.
Seguro que no me la he tomado. Llego hasta la caja y me asalta de nuevo la duda. La abro despacio, temo que el temblor de mis dedos tire con el contenido por la encimera, o peor aún, por el suelo.
Contemplo su contenido con indecisión. Los compartimentos separados para los diferentes tipos de pastillas no me ofrecen ninguna respuesta. Podría contar el número de pastillas que quedan, pero sería inútil. Desconozco cuántas había en un principio.
Un dolor agudo me atraviesa desde la nuca hasta la punta de los pies. Trastabillo y caigo al suelo de costado. Las pastillas vuelan por los aires antes de correr mi suerte. Jadeo, me aferro el pecho dolorido mientras trato de incorporarme. Es difícil, por no decir imposible. El dolor no cesa. Intento alcanzar alguna de las pastillas caídas, la que sea; aunque me mate, prefiero eso antes que soportar semejante dolor.
Cojo una cápsula al azar. Agonizante, la miro antes de ingerirla. No es la que me han recetado. No sé para qué sirve, ni qué hace en mi caja de las pastillas. Su color violáceo no resulta tranquilizador.
Otra punzada me golpea por dentro. Cierro los ojos, que lagrimean a causa del dolor. ¿Moriré si no hago nada, o se me pasará el ataque si soy paciente? ¿Me matará la pastilla si me la trago, o aliviará mis males? Mi mano tiembla, no sé si por el parkinson o por el miedo al dolor, a lo desconocido.
Empiezo a rezar y devoro la cápsula. Es difícil de tragar. Se me atora en la garganta. Con una violenta sacudida de estómago, me retuerzo en busca de la jarra de agua. Está arriba, sobre la encimera. Yo sigo en el suelo.
Desesperado y sin respiración, realizo un esfuerzo sobrehumano para apoyarme sobre una silla y ponerme en pie. Me lanzo contra la encimera.
Un vaso, necesito un vaso. La acción de cogerlo, servirme agua y beberla se me antoja imposible. No puedo respirar, mi cuerpo Debilitado no da más de sí.
Me desplomo entre estertores. Por lo menos, el dolor se esfuma.
Nunca llegaré a saber si la pastilla atascada en mi garganta me habría salvado la vida.



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