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miércoles, 17 de agosto de 2016

Un paseo por la infancia

¡Muy buenos días!
Bienvenidos de nuevo, amigos lectores. Ayer conseguí sacar un rato para escribir esta entrada, lo que es casi un milagro; y es que entre viajes, fiestas y mi dedicación casi obsesiva al proyecto que no pude terminar el pasado NanoWrimo, ya pensaba que esta semana tendría que dejaros sin actualización. Alegrémonos, no ha sido así. La magia ha vuelto a suceder, y he conseguido arrancarme con otro de los retos para mí más complicados de El Libro del Escritor:
El número 14 me pide que describa cómo era de niña, como si fuese un personaje de libro. Lo he elegido porque es época de reencuentros familiares, y qué mejor ocasión para recordar épocas pasadas. De hecho, ellos se acuerdan mejor que yo.
El proceso de escritura ha supuesto un curioso paseo por la infancia, divertido y, si soy sincera, emocionante; las lagrimillas que he derramado con ciertos recuerdos no me las quita nadie.
He revivido mil y una anécdotas, de las cuales he tenido que seleccionar unas pocas. Era necesario, o me habría quedado un texto largo en exceso.
Espero que disfrutéis con esta versión infantil de mí misma, de la cual conservo bastantes características, para bien o para mal...














Maestra de vuelo
Para volar era necesario subirse a un banco. Al menos, para los principiantes. Los que ya tenían cierta experiencia, como Cabalinho, podían permitirse el lujo de despegar desde el suelo.
Tomaba carrerilla, se concentraba y saltaba lo más alto que podía. Contaba los segundos antes de que sus pies volviesen a tocar tierra firme. 15, 16, hasta 20 segundos en alguna ocasión. Los demás niños protestaban, decían que hacía trampa. Tal vez fuese cierto, tal vez no.
Para Cabalinho, poco importaba la veracidad de las cosas. Era más divertido asumir como reales las historias que todos calificaban como falsas, inventos, cuentos o leyendas. Estaba convencida de que, si se concentraba en creerlas, podían convertirse en realidad. Era su principal superpoder.
No había sido difícil descubrir que una de las armas más potentes contra la monotonía de eran el lápiz y el papel. Cabalinho no conocía el aburrimiento; había tenido la suerte de contar con un importante cargamento de historias que alimentaban las suyas propias.
Su principal proveedor era su padre, un curioso personaje que no siempre estaba presente. En las ocasiones en que surgía de las profundidades de la estación de tren, lo hacía cargado de cuentos con los que alimentar a la pequeña. Cabalinho adoraba a ese misterioso personaje, sus paseos, consejos y chistes malos que a pesar de todo hacían gracia. Lo había querido desde el día en que la ayudó a derrotar a un temible payaso.
El monstruo de nariz roja había intentado devorar a la niña. De no ser por la oportuna aparición de su padre, que le proporcionó un globo con el que protegerse, Cabalinho habría sufrido un horrible destino: tal vez se habría visto obligada a abrazar al payaso, o a comer los caramelos que le ofrecía.
Siempre odió las injusticias. Se rumoreaba que incluso se había enfrentado a dos maleantes que habían intentado robarle una bolsa de plástico. Cabalinho nunca hablaba de aquella experiencia; no quería recordar la derrota. Aquella bolsa había acabado en manos de su profesora, mientras los tres luchadores eran castigados sin recreo.
Sacaba muy buenas notas. Ella era la primera sorprendida, pues dedicaba las clases al estudio de la urraca o la mosca común, a soñar despierta, o a veces dormida. Cabalinho siempre prefirió la calle, el frescor del viento en el rostro, los sonidos de la naturaleza, la libertad. Era una experta escapista, hecho del que podía dar fe su hermana Zumo.
No había día que Cabalinho no escapase de Zumo por el simple placer de sentir que nadie la dirigía, que ella era dueña de su destino. Las tornas se cambiaban cuando era Zumo la que no quería saber nada de Cabalinho. En aquellas ocasiones, la pequeña la seguía, la molestaba, hacía lo imposible para llamar su atención. Una vez, incluso rompió la muñeca de porcelana de Zumo. Pensó que la mataría, o peor, que se chivaría a su madre, tal y como ella amenazaba. Su hermana incluso se dirigió a la cocina, tras aconsejar a Cabalinho que empezase a rezar. Con el corazón acelerado, la pequeña oyó cómo Zumo le hablaba su madre.
Preguntaba qué había de comer. Y es que Zumo no era ninguna chivata; Cabalinho estaba segura de que en el fondo era la mejor hermana del mundo. En secreto la admiraba, y quería ser como ella. Lo deseaba sin saber por qué. A ella le regaló su primer cuento, escrito con siete años: el Duende y su Princesa (ya que Zumo, antes de ser Zumo, era Duende).
Cabalinho también era amaestradora de olas. Cada verano se situaba frente al mar en actitud valerosa, y saltaba sobre ellas para domesticarlas. Incluso las clasificaba según su tamaño. Las conocía al dedillo: las Tímidas, las Brutotas, las Machacadoras, las Finolis... Todas le pertenecían, ninguna le hacía daño.
Contaba con un compañero inseparable. El gato Mico al principio era invisible y después se volvió real. El felino era el compañero de aventuras ideal para Cabalinho. Iba a recibirla cuando llegaba del colegio, jugaba con ella, y la consolaba cuando estaba triste. Dormitaba entre sus calcetines, no dejaba que se quedase sola ni siquiera cuando la niña quería. Mico fue una ayuda fundamental en los peores momentos de Cabalinho, en su primera caída en las sombras, en sus noches de angustia. Cuando la niña aprendió lo que era el auténtico pánico, cuando empezó su peregrinaje por consultas y hospitales, el animalillo permaneció a su lado, le daba ánimos y le aseguraba que todo saldría bien.
Un día, Mico decidió ir de paseo al pueblo y ya no volvió. Cabalinho sufrió su pérdida. Los adultos le aseguraron que Mico estaba bien, que había conocido a una gata muy guapa, siamesa, y que se habían unido a un grupo de jazz al más puro estilo Los Aristogatos.
Cabalinho sabía que no era verdad. Pero echó mano de su superpoder, creyó con fuerza en aquella historia y decidió que para ella sería auténtica, aunque no lo fuera.
Cuando en el futuro le confesasen el abandono de Mico, la incompetencia de algunos médicos, o la imposibilidad del vuelo humano, Cabalinho sonreiría para sí. Sabría que el mundo puede ser terrible; pero con imaginación y buen humor, podía convertirlo en un lugar maravilloso.

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