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domingo, 28 de agosto de 2016

Creatividad desatada

¡Feliz domingo, amigos de las letras!
Espero que estéis disfrutando de la semana, toque o no vuelta al cole.
Por mi parte, he aprovechado para asistir a un taller dentro del programa de estancias veraniegas del Injuve "Canícula", llamado Reacción en Cadena. Impartido por el colectivo La Criminal, en el taller practicamos distintas formas de disparar la creatividad, trucos que despiertan "la chispa", a partir de la imagen, la palabra, o un formato determinado.
Con esta base, tanto yo como los demás participantes creamos algunas historias divertidas, absurdas, o sorprendentes. Me sirvió para inventar mundos e historias de forma más metódica que la que suelo seguir, y, por supuesto, para pasar buenos ratos al lado de gente estupenda. ¡Hasta inventamos un juego de mesa en apenas dos horas!
Si estáis por Madrid, no dejéis de ir a la sede del Injuve, ya que en su Sala Amadís se encuentran expuestas algunas de estas locuras, junto a las de las propias asociaciones que impartían los talleres de Canícula.














En cuanto al relato de esta semana, he seguido el reto 6 del libro del escritor: "un relato en el cual el personaje principal sea alguien que conozcas hoy".
Me he basado en una persona que conocí en el taller de Reacción en Cadena, de forma muy libre, ya que es imposible conocer a alguien en un solo día (ni siquiera en dos, como fue en este caso).
La historia que he inventado parte de dos o tres detalles sobre esta persona, y sobre todo, de una frase que dijo mientras realizábamos las actividades: "nací con un pan bajo un brazo, y con las agujas de tejer bajo el otro".
Cuando oí aquello, la historia se formó en mi mente, y en cuanto llegué a casa, escribí un primer borrador. Había dormido dos horas, pero necesitaba ponerla sobre papel antes de caer frita.
Al día siguiente supe un poco más sobre esta persona, y decidí que, sí o sí, tenía que dedicarle este relato.
Aunque el personaje no sea exactamente ella, ya que además de conocerla muy poco, le he dado ese toque fantástico que es casi inevitable en mis historias, sí que está basado en su frase, y algunos detalles que pude notar.
Espero que os guste. Y a Marta, la auténtica protagonista, le digo (de nuevo): ¡muy feliz cumpleaños!

Edificios de lana
Sateen no era como las demás niñas. Sabía que era diferente desde el momento de su nacimiento. Había mostrado una curiosa característica que ni los médicos podían explicarse. Nunca se había visto nada igual. Pensaron que tal vez cambiaría con el tiempo, pero no sucedió. Sateen crecía como todos los infantes, pero aquel detalle fisonómico no variaba.
En el lugar donde la mayoría de las personas tienen los brazos, Sateen contaba con un par de apéndices alargados y rígidos, sin manos. Sus extremidades superiores eran dos varas que se afinaban en los extremos, duras, inflexibles.
No podía agarrar nada, ni agarrarse a nada. No podía jugar, ni hacer el pino. No podía acariciar, ni abrazar con fuerza a nadie.
Lo pasó muy mal durante años. Casi todos los niños se metían con ella, la miraban con desprecio, le ponían motes crueles. Los pocos que no la acosaban no se atrevían a estar con ella por miedo a convertirse ellos en el blanco de las burlas.

A veces, Sateen iba con sus padres a visitar a su abuela. Comían todos juntos, y las sobremesas se alargaban durante horas. La niña se aburría como una ostra, y se dedicaba a contemplar al gato de la casa. Le encantaban los animales, sobre todo aquel.
En una de aquellas ocasiones, el felino se había apropiado de un ovillo de lana. Lo habría encontrado en algún lugar de la casa. Se lo pasaba pipa, o eso le parecía a Sateen. Aburrida como estaba, se levantó de la mesa y se agachó junto al gato. Con sus extremidades se las ingenió para tomar el ovillo y alzarlo. El gato la miró con aire molesto. Sateen comprendió que no le había concedido permiso para jugar con su ovillo.
—Hagamos un trato —propuso la niña—. Para mí los extremos y para ti la bola.
Hizo rodar el grueso del ovillo por el parquet. Contento, el animal se abrazó a él con un suave ronroneo.
La niña sostuvo unos momentos los dos extremos de lana, y como si no hubiese otra posibilidad, empezó a tejer.
Primero despacio, luego con mayor agilidad, usaba sus extremidades, a menudo inútiles, para crear algo nuevo. Era tan divertido...
Desde la mesa, algunos de sus familiares la observaban, perplejos. Se preguntaban por qué la niña no volvía con ellos. Sateen ni se percató de su extrañeza, se encontraba absorta en su tarea.

No abandonó nunca las lanas, hilos y telas. Aprendió a tejer todo lo que se puede tejer en este mundo y en los demás. No quería hacer otra cosa. Un día, se le ocurrió que podía tejer edificios para todas las personas sin hogar del mundo. Se puso "agujas" a la obra. Pronto le pidieron que construyese aquellos hogares por todo el mundo; cada ciudad quería lucir una de aquellas excepcionales piezas arquitectónicas.
No servían como hogar, aquello era una idea imposible de una niña con brazos de aguja. Pero todos coincidían en que eran obras de un valor incuestionable.
A Sateen poco le importaban los reconocimientos; aunque no podía negar que ayudaban a mejorar su autoestima y olvidar los malos ratos vividos durante la infancia. Sabía que aún sin las palabras de admiración de los demás, seguiría tejiendo.
Era inevitable.





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