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jueves, 7 de julio de 2016

Y llegamos a la isla

Feliz jueves, amigos lectores.
Hoy traigo un notición. Si leísteis mi anterior entrada, sabréis de qué hablo.
En efecto, me refiero a la publicación de La isla del escritor.
Nuestra pequeña antología, que de pequeña no tiene nada, ya tiene vida y está en Amazon, al alcance de un click: 32 historias y 7 géneros diferentes, para que cada uno pueda descubrir la suya.
En mi caso, como no podía ser de otro modo, he aportado un relato de fantasía. El gato en el Draquipélago forma parte de un universo más amplio que estoy desarrollando y que tendrá forma de saga. Más adelante sabréis de qué hablo. Por ahora, podéis disfrutar de la historia del gatete, y muchas otras, en la Isla:
(enlace de amazon)
En cuanto al relato de hoy, he escogido el reto 30 de El libro del Escritor.
http://blog.ellibrodelescritor.com/52-retos-de-escritura/
Me pareció adecuado para la ocasión ya que consiste, precisamente, en cómo sobrevivir en una isla desierta. Se me ocurrió el personaje de la pirata que aprovecharé para la siguiente prueba, y aquí dejo que ella os cuente su origen. Admito que tal vez me he inspirado en Up. Pero solo un poquito. Y lo he admitido, juuu.











Ya no os doy más la lata. Le dejo el teclado a Yolanda. ¡Al abordaje!


Cómo huí de mi isla desierta

Saludos, miserables.
Por ahí me conocen como Yolanda Patablanda, la pirata más temible de los ocho mares. Sí, son ocho. Si os han dicho que son siete, os han mentido.
Tampoco os creáis eso de que la peor mujer pirata fue una tal Anne Bonny. Me la crucé alguna vez, y a mi lado no era más que una piltrafa.
Mis andanzas son legendarias. Pero he sido tan temida que en todos los archivos se han eliminado las crónicas que hablaban de mí. Han esperado a que fuese una anciana decrépita e indefensa para borrarme de la Historia. Antes no habrían tenido narices para hacerlo.
No lloréis, os lo contaré todo sobre mis aventuras. Pero primero quiero hablaros sobre mi origen. No podéis conocer del todo a alguien sin saber de dónde procede, y la verdad es que mi caso es bastante curioso.
Procedo de una isla desierta. Y os preguntaréis: ¿cómo puede ser desierta, si vivías tú? Bien, como es natural, habría sido desierta si no hubiera estado yo.
Mi madre era una pirata abandonada por sus compañeros. Decían que se había bebido todo el ron. No era verdad, pero no les importó. Querían librarse de ella, porque desde que la había conocido, su capitán se había ablandado, y aquello no podían permitirlo. La dejaron tirada en la primera isla que vieron. No sabían que estaba embarazada del capitán, ni siquiera el interesado lo sabía. Sé que no lo sabía, ya sabréis cómo lo supe. Me he hecho un lío, disculpad. Ya sigo.
Mi madre se las arregló para sacarnos a las dos adelante. Aprendió a cazar y cosechar, y después me enseñó a mí a hacerlo. También me explicó cómo defenderme si algún algún animal salvaje intentaba devorarme. Y es que la isla estaba plagada de fieras terroríficas. Tal vez tengáis razón, no debería llamarla isla desierta. Lo hago porque, aparte de nosotras, no había ningún humano más.
Mi madre construyó una cabaña con troncos de árboles caídos. Era fea como ella sola, y apestaba a madera podrida. Pero nos protegía de las lluvias y las alimañas, y en el futuro me sería muy útil.
Mi madre no duró mucho. Solo lo justo para que yo aprendiese a cazar. Me encontraba colocando trampas en la espesura cuando un tigre de casi tres metros de alto me atacó.
Mi madre se encontraba a escasos. Al escuchar a la bestia, supo que me encontraba en peligro. Dejó lo que estaba haciendo y se encaró con el tigre.
El felino no dejó ni los huesos, se la tragó entera.
Ahora que soy vieja y me da igual lo que piense la gente, debo reconocer que durante toda mi vida he mantenido una vil mentira. Siempre he dicho que, sedienta de venganza, me batí en feroz combate contra aquel tigre, lucha que supuso la pérdida de todos los huesos de mi pierna izquierda.
No sucedió así. La verdad es que salí corriendo. Pero no como una cobarde, sino como alguien con un desarrollado instinto de supervivencia. No es lo mismo, no os equivoquéis.
Me metí en la cabaña. Empujé nuestro escaso mobiliario contra la puerta, en un intento de bloquearla. Al alzar nuestra rústica mesa de piedra, me fallaron los brazos. La pesada mesa se me escurrió y cayó con un ruido poco halagüeño.
Así fue, amigos, como me machaqué los huesos de la pierna. Por eso me llaman Patablanda. ¡Qué dolor, no os lo podéis imaginar! Tanto me dolía, que no podía ni pensar en mi madre muerta.
A partir de aquel día, me las apañé sola. No me fue del todo mal. Seguí los muchos consejos que me había dado mi madre en vida. Mantuve la casa, cazaba y sembraba, evitaba a los depredadores. No vivía mal, pero sentía que me faltaba algo.
Tenía diez años, no es edad para que una niña viva sola en una isla desierta plagada de animales monstruosos.
Empecé a planear mi huida. Probé a nadar, pero con mi pierna inutilizada era imposible. Intenté construir una barca, pero no sabía cómo hacerlo.
Un día me encontraba en la playa, descansando tras una dura jornada de caza. Estaba convencida de que nunca saldría de aquel maldito lugar. Me fijé en los albatros que sobrevolaban la isla.
Tuve entonces una idea brillante. Fue la primera de mi vida, pero no la última.
Sabía que los albatros anidaban en el suelo, cerca de mi cabaña. Pasé toda la noche trabajando, pero valió la pena.
¿Habéis visto alguna vez a los albatros intentando despegar? Es muy divertido. Tienen que coger carrerilla, y como son muy torpes, a veces se caen. Siempre he disfrutado riéndome de ellos. Pero en aquella ocasión, deseaba que todo saliese bien.
Hubo suerte. Al amanecer, los albatros remontaron el vuelo sin problemas. Las cuerdas atadas a sus patas no parecían molestarles. Eran tantos que apenas notaban un ligero peso extra.
Lo que cargaban entre todos era mi humilde cabaña, conmigo dentro.
No fue tan buena idea como había esperado. Los albatros tienen la mala costumbre de acercarse al agua y volar casi pegados a la superficie del mar. En cualquier momento me vería sumergida en el océano.
Casi me alegré cuando las aves empezaron a picotear las cuerdas. Se soltaron cuando la cabaña empezaba a sumergirse. Para mi sorpresa, se mantuvo a flote.
Salí de su interior y me encaramé al tejado. Como si de un barco se tratase, la que había sido siempre mi casa me alejaba de la isla, rumbo a nuevos mundos desconocidos.
De esos os hablaré en otra ocasión. Estoy cansada, y me apetece echarme una siesta.
Sed buenos, pero no demasiado.



2 comentarios:

  1. ¡Hola! Me gustó mucho tu historia. La verdad me lo imaginé todo bien claro. Fácil de etender. Me gusta como escribes.

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    1. ¡Muchas gracias, Alejandro! Me alegro de que te haya gustado. Para la semana sacaré la continuación, por si quieres estar pendiente. :)

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