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viernes, 1 de julio de 2016

Rumbo a la isla ⛵


¡Feliz viernes!

Como ya prometí, esta semana hay doble entrega de Fragmentos. En esta ocasión traigo, además, dos importantes novedades:


Este mes de julio empieza el CampNaNoWriMo. ¿Qué significa esto? Para los que no lo sepáis, desde el pasado noviembre soy una incondicional del mes de escritura intensiva, por lo que dedicaré julio a terminar uno de mis proyectos más trabajados: Érika en Morfeonía.

En otras entradas dejé caer algunas pistas sobre el mundo en el que se va a desarrollar, a través de mis últimos relatos.
Érika me tendrá bastante ocupada, pero no temáis; este blog no descansa en verano.






La segunda novedad es que por fin puedo confirmar fechas de lanzamiento para las dos estupendas antologías en las que participo:
-Refugiados: El 28 de Julio, a las 18:00 en la Biblioteca Eugenio Trías. En esta ocasión no podré asistir, porque soy un maldito culo inquieto que estará en Francia de voluntariado. Pero espero poder asistir a las próximas presentaciones, que os iré anunciando.
A cargo Luisa Gil y José Cercas, y la editorial de Playa de Ákaba, se trata de una antología solidaria, cuyas ganancias irán destinadas a la Plataforma Refugiad@s de Extremadura.


-La Isla del Escritor: El 7 de julio es la fecha oficial del lanzamiento de esta obra tan especial. Empezó como un proyecto para apoyar la innovadora red social de El Libro del Escritor, y ha acabado siendo una aventura enorme, en la que todos los participantes nos hemos implicado a tope. Aquí tenéis el enlace a la landing page:

http://www.ellibrodelescritor.com/la-isla-del-escritor
Me cuesta expresar lo mucho que significa esta experiencia; mis compañeros no son solo escritores magníficos, sino estupendas personas. Es un honor y un placer compartir páginas con ellos.



















Hablando de ELDE: Como no podía ser de otro modo, el relato de hoy cumple uno de los retos que proponen en:
En concreto, es el número 8: "reescribe algo que escribiste hace tiempo, pero usa un narrador distinto".


Don Nabuco es un cuento infantil que escribí hace unos siete años, por estas fechas veraniegas. Entonces, el relato tenía un narrador en 3ª persona. Hoy he decidido que sea el propio protagonista quien nos cuente su historia. Lo he elegido porque, además de tenerle cierto cariño y ser adecuado para estas fechas veraniegas, me parece un bonito guiño a nuestra Isla del Escritor. La historia de este personaje también se desarrolla en un isla. Y, aunque no está presente en la antología, es un homenaje a este emocionante proyecto.













DON NABUCO

Un soleado día de agosto, decidí ir a la playa a relajarme y tomar el sol. Cogí mi bañador, mi sombrilla y mi tumbona. Me puse en camino, sin poder evitar tambalearme bajo el peso de todos aquellos bártulos. Vivo en una ciudad costera, por lo que solo necesité tambalearme durante cinco minutos para llegar al arenal.
Me quedé en bañador, enterré la sombrilla como si de una bandera de conquistador se tratase, abrí la tumbona y me acomodé sobre ella. Cerré los ojos. Sentía la brisa marina en el rostro y el romper de las olas en mis oídos. No tardé en quedarme dormido.
No contaba con la violencia de las olas de aquella playa. Una ola gigantesca me arrastró, con tumbona y todo.
Tardé en despertar, siempre he sido de mucho dormir. Cuando lo hice, me encontraba rodeado de agua salada. No se me ocurrió nada más que aferrar mi sombrilla, que también había sido arrastrada, y remar con ella.
No tardé en avistar una isla, y hacia allí me dirigí. Cuando pisé tierra firme, sentí un alivio momentáneo. Me puse a pensar cómo salir de allí, ya que no había ningún indicio de que la isla estuviese habitada. Más allá del arenal solo veía la espesa vegetación multicolor, muy bella, pero inútil para garantizar mi supervivencia.
¿Qué se hace en esos casos? Por los libros que había leído, y las películas que había visto, sabía que tal vez hubiese alguna tribu de salvajes caníbales dispuestos a devorarme con bañador y todo. Decidí no separarme de mi sombrilla, era lo más parecido a un arma que poseía.
Lo primero era buscar un refugio. Me adentré en la espesura, y tras andar un poco, di con una pequeña pero acogedora cabaña. Tan acogedora era, que entré a echarme otra siesta. Estaba amueblada de forma sencilla, pero no iba a protestar por el sencillo mobiliario.
Solucionado el problema del refugio, salí de mi nueva cabaña a por comida. Encontré una mesa de piedra muy cerca de la cabaña, dispuesta con varios platos exquisitos. Tan exquisitos, que me senté a degustarlos y no dejé ni una miga, ni una gota de salsa de almendras dulces.
Solo al acabar se me ocurrió pensar que allí estaba pasando algo muy extraño. ¿Por qué cuando necesitaba una cosa, ésta aparecía sin más? Quise tener la respuesta a mis preguntas.
Cómo no, la solución apareció en cuanto la deseé. Al lado de un cocotero distinguí un cartel de madera, que rezaba:

Se encuentra usted, querido amigo,
en la Isla del Deseo Cumplido.
Da igual lo que haya pedido,
esto le será concedido.

Imaginad cómo me sentí cuando leí el mensaje: era el hombre más afortunado del mundo.
Deseé gozar de todas las comodidades. Ante mí apareció un flamante palacio, lleno de lujos y de criados dispuestos a servirme.
Tras recibir baños, masajes, y disfrutar de diversos espectáculos en directo, me sentí un poco solo. Mis sirvientes no hablaban conmigo, solo trabajaban. Deseé tener compañía, y me encontré con mis amigos en la sala de fiestas del palacio. Charlamos y bebimos durante horas. Cuando me cansé de su presencia, desaparecieron.
De este modo viví durante mucho tiempo. La generosa isla me concedía todo aquello con lo que podía soñar.
Un día quise conocer a una bella actriz, y disfruté de una velada inolvidable con ella. Otro, decidí tomar el lugar de un ave. Me convertí en águila y sobrevolé la isla durante horas. También probé a crear un nuevo tipo de seta que producía alucinaciones, pero sin ningún riesgo para la salud.

Pasaron los años. Casi sin darme cuenta, me había convertido en un viejo. Una mañana, mientras desayunaba en compañía de mi músico favorito, me di cuenta de que no disfrutaba tanto como habría cabido esperar. Ya no sabía qué más desear, ya lo tenía todo. De modo que formulé el que sería mi último deseo: poder ser feliz.
Me vi propulsado, con mi vieja sombrilla y mi vieja tumbona, al continente. Me encontré de vuelta en la playa de la que había sido arrancado mientras dormía, tanto tiempo atrás.
Tardé un tiempo en acostumbrarme a estar de vuelta. La sensación de no obtener todo lo que quería era extraña, pero en cierto modo, gratificante.
Al saber de mi regreso, mis antiguos vecinos acudieron en masa a recibirme. Al ver sus caras, más viejas pero radiantes ante mi regreso, yo mismo fui más feliz de lo que recordaba haber sido nunca.

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