"

miércoles, 13 de julio de 2016

En pleno océano

Feliz día, navegantes de las letras.
Escribo esta entrada antes de lo que tenía pensado por dos motivos:
El primero: hoy parto hacia el festival Mundos Digitales, en A Coruña, y no creo que pueda estar pendiente de las redes en los días que dure el mismo.
El segundo: quería compartir un sentimiento con vosotros. Y es que estoy un poquillo triste. Ayer recibíamos la noticia de la muerte de Agustín Fernández Paz, uno de los más grandes autores de literatura infantil y juvenil que existían en la actualidad, y al que personalmente admiro mucho. No puedo sacar esta entrada adelante sin antes recomendaros que, si nunca habéis leído nada suyo, os permitáis el lujo de descubrirlo.

El primero que leí yo fue Contos por palabras (también disponible en castellano), en el que el autor tomaba anuncios reales de periódicos, de los cuales extraía las historias que imaginaba que había detrás de los mismos.

Aunque ya sea tarde para decirle lo que disfruté sus historias, no dejaré de hacerlo, para que me oiga desde el otro lado.

No nos deprimamos; hoy traigo una entrada refrescante para estos días de calor. Dejo atrás la isla (de momento) para sumergirme en el mismo océano. Y es que el relato de hoy es la continuación de las aventuras de Yolanda Patablanda, las cuales inicié la semana pasada. Con La Tripulación cumplo el reto 38 de El Libro del Escritor: escribir un relato sobre piratas en el que describa los movimientos del barco y cómo afectan a los personajes.
http://blog.ellibrodelescritor.com/52-retos-de-escritura/
Os dejo con ella. Espero que la disfrutéis, y que os deis un buen chapuzón (aunque no como el que se da la tripulación del relato... ya leeréis por qué). ;)

La tripulación

Saludos, miserables.
Soy yo otra vez, la gran pirata Yolanda Patablanda. La temida y, desde hace cierto tiempo, desconocida bandolera de los mares. Ya me encargaré yo de dar su merecido a esos granujas que borraron mi nombre de los anales de la historia.
Creen que he muerto, pero se equivocan. Solo soy demasiado vieja para salir de casa; pero no para contaros alguna de mis aventuras.
Ya conocéis mi infancia solitaria en la isla desierta. Lo que aún no os he contado es lo que me pasó una vez que la abandoné.
Los albatros me habían dejado en pleno océano, sobre mi vieja casa, la cual había resultado ser una barca de lo más cómoda. Había arrancado la puerta para usarla como remo, y de aquel modo avancé sobre las aguas.
Tras varias horas de mortal aburrimiento, distinguí un barco en la lejanía. Era una nave estándar, no como la mía. Grité para que notasen mi presencia. No quería unirme a ellos, solo que me diesen algo de comer y beber. Pero a ellos les daba igual lo que yo quisiese. Izaron mi casa conmigo incluida. Me vi en la cubierta rodeada de varios hombres malolientes. Reparé en la bandera negra que ondeaba sobre nuestras cabezas.
—¿Y tú quién eres, pequeñaja? —me preguntó uno de ellos.
—No soy pequeñaja. Si quiero puedo arrancarte la cabeza —repliqué yo. Mi madre me había hablado de los piratas, habría sabido reconocerlos a leguas de distancia. Si iba a morir, prefería hacerlo con la cabeza alta, no como una cobarde que lloriquea.
El tipo se echó a reír.
—¡Vaya! Esta pequeñaja tiene madera. Me has caído bien. Puedes quedarte como criada.
Acepté, ¿qué iba a hacer? Pero acepté con expresión muy digna, no os vayáis a creer.
Aquel pirata resultó ser el capitán, y yo no tardé en convertirme en su protegida. Decía que le recordaba a una mujer con la que había compartido cama. Así deduje que era mi padre.
Mentiría si dijese que no me hizo cierta ilusión conocer al desgraciado que dejó tirada a mi madre. Podría cobrarme mi venganza. Solo tenía que esperar a que se presentase el momento más oportuno.
Éste no tardó en presentarse. Tras un par de semanas de navegación, durante las cuales me gané la confianza de toda la tripulación, nos alcanzó una terrible tormenta. Rayos, truenos, y el consiguiente oleaje infernal golpeaban el barco sin cesar. Nos zarandeábamos como peleles para diversión de las fuerzas de la naturaleza.
La tripulación se había dispersado por el barco para intentar mantenerlo derecho y salir con vida de aquella zona de temporales. El capitán me ordenó que me escondiese en la bodega. Según él, aquella no era una batalla para una muchachita como yo. Por toda respuesta, esperé a que el barco zozobrase; en cuanto lo hizo, le propiné el empujón de gracia a aquel malnacido.
Hice lo mismo con unos cuantos piratas más. En su momento, mi madre me había descrito a los que la habían acusado en falso. Había imaginado sus rostros casi todas las noches de mi vida, sabía quiénes eran y el destino que merecían.
Solo dejé a cinco piratas con vida, los justos para que me ayudasen a escapar de aquellas aguas turbulentas. Costó el esfuerzo sobrehumano de todos ellos, yo misma me dejé todo mi aliento al timón; pero al fin logramos dejar atrás la tormenta.
Jamás supieron que la pérdida de sus preciados compañeros había sido cosa mía. Achacaron sus muertes a la fiera tormenta y al balanceo del barco. Yo nunca les confesé la verdad. Era necesario mantener el secreto, o no se habrían convertido en mi leal tripulación. Juntos, sembramos el terror allí por donde pasamos, y conquistamos las mayores riquezas de este mundo y parte de otros.
No me miréis así. ¿Es que vosotros no habríais hecho lo mismo?


No hay comentarios:

Publicar un comentario