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jueves, 23 de junio de 2016

☀ Verano periodístico-literario

¡Feliz jueves y feliz verano!
Esta vez no he tardado tanto en actualizar el blog. La razón principal es que los próximos días se avecinan ajetreados, y no quería dejarlo descolgado mientras tanto.
Por fin puedo desvelar qué es TimeJust, la palabra clave que dejaba caer la semana pasada. Se trata de un periódico digital que lanzábamos este lunes, en el cual tengo la suerte y el honor de trabajar como redactora. Podéis encontrar mis artículos en la sección de cultura:
Por otro lado, sigo preparándome y ejercitando para el Camp NaNoWriMo de julio, como ya dije. El relato de hoy es otra práctica relacionada con la futura novela. Cumple el reto número 28 de El Libro del Escritor: un relato en el cual el personaje principal se despierta con una llave agarrada en su mano. Debía centrarme en cómo llegó a tener dicha llave, y lo que abría.
http://blog.ellibrodelescritor.com/52-retos-de-escritura/
Por cierto, en este texto revelo una de las palabras clave de la historia: "Morfeonía". ¿Queréis saber de qué se trata?
¡No dejéis de leer! ;)
















El anciano encontró la llave en su sueño. Era extraño, pero era así. Despertó con ella aferrada en su puño derecho. Antes de dormirse, no la tenía.
Era del tamaño de un pepinillo, plateada, resplandeciente, y con un intrincado diseño.
Se preguntaba de dónde había salido. El anciano culpó a su mala memoria de aquel misterio. Tal vez sí había cogido antes aquella llave, después de todo. Tal vez la hubiera usado para abrir algo, y no la hubiera devuelto a su lugar antes de irse a la cama.
Pero, ¿qué abría? Eso tampoco lo sabía. Era como si el objeto hubiese salido de la nada, no lo había visto en su vida. Solo en el sueño.
Intentó recordar. Pero las imágenes oníricas eran más nebulosas en su mente que en la de cualquier otra persona.
Pasó el resto del día pululando por la casa. Cada vez que encontraba una cerradura, intentaba encajar la llave en el hueco. No tenía nada mejor que hacer: leer el periódico, ver la televisión. No, la búsqueda del origen de la llave era una actividad más entretenida que las que ocupaban su rutina habitual.
La probó treinta y cuatro veces en treinta y cuatro lugares diferentes. Treinta y cuatro veces falló.
Agotado, se tumbó en la cama. Era temprano, pero hacía años que no llevaba a cabo un esfuerzo semejante. No había parado en varias horas. Las piernas, la espalda y el corazón protestaban.
Cerró los ojos y se quedó dormido.
Se encontró a las puertas de un magnífico castillo, el más impresionante que hubiera visto nunca. Un sinfín de torreones se alzaban hasta más allá de lo que su vista podía apreciar y sus muros parecían de fino marfil. Las regias puertas ante las que se encontraba el anciano eran altas y de aspecto resistente y bello al mismo tiempo: la madera noble de la que estaban fabricadas estaba revestida con ornamentos de plata.
En aquel lugar, el anciano sabía más que nunca, más incluso que cuando era joven y sus facultades mentales estaban intactas. Sabía que soñaba; sabía que aquel castillo pertenecía a alguien importante en Morfeonía, el mundo de los sueños. Sabía también que la llave pertenecía a los aposentos de la habitante del castillo.
Recordó su anterior sueño. Alguien quería hacer daño a aquella persona. Ella se había escondido en el castillo y le había encomendado que escondiese la llave. El anciano lo había hecho. La había llevado al lugar más lejano que se le había ocurrido.
Notó que la realidad tiraba de él. Iba a despertar. Sintió una gran desazón. Cuando volviese, olvidaría de nuevo todo lo que sabía en el sueño. No recordaría el maravilloso castillo, ni el paisaje onírico que lo rodeaba. Ignoraría la existencia de Morfeonía.
Hasta que notó que la realidad dejaba de reclamarlo. Se sintió confuso. ¿Acaso no debía regresar a su cuerpo viejo y achacoso? Reflexionó un instante, y comprendió lo que había pasado.
No tendría que dejar Morfeonía. No tenía nada que hacer en la realidad. Sintió pena por sí mismo, pero también alivio.
Había sufrido el mejor final posible, el cual le permitiría permanecer en Morfeonía para siempre. Y la llave seguía en la realidad, lejos de los enemigos de la dueña del castillo.

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