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viernes, 3 de junio de 2016

Una petición y un fantasma

¡Hola de nuevo, amigos de las letras!

Antes de nada, una petición especial.
¿Os gustan mis relatos? ¿Queréis descubrir mi faceta de novelista, la cual llevo AÑOS desarrollando en la sombra?

Podéis votarme en http://www.novelizate.es/participantes/la-busqueda-de-los-dioses/

Si gano el concurso, podréis disfrutar de mi primera novela publicada.
Asesinatos, una guerra milenaria entre dioses, personas que no son lo que parecen, y una ciudad en la que siempre llueve... ¿A que mola? Pues ya sabéis, un voto no cuesta nada.

Y ahora, sin más preámbulos, vamos con el relato de esta semana. Es el reto número 1 de El Libro del Escritor: "escribe sobre un sueño o pesadilla que hayas tenido esta semana".
http://blog.ellibrodelescritor.com/52-retos-de-escritura/
En realidad la pesadilla la tuve hace varias semanas ya, fue cuando lo escribí, pero hasta hoy no lo había sacado aquí. El sueño fue el menos original de la Historia de sueños recurrentes: un puñado de caminantes hechos trizas me perseguían para matarme. Así que le he echado imaginación y humor negro para convertirlo en algo más atractivo:
¡¡Leed, y disfrutad!!


















EL NIÑO FANTASMA

—¡Corre! —Soltó sin preámbulos, casi sin aliento. O esa fue la impresión que me dio, ya que desde luego, mi hermano no respiraba. Aquella misma tarde lo había visto metido en un diminuto ataúd, hecho a medida para él.
Dejé de lado las reflexiones sobre la respiración de los fantasmas y obedecí a la sombra. Detrás de nosotros se oían ya los aullidos de la horda de caminantes. No había tiempo que perder. La culpa era mía por idiota. ¿Quién me mandaría adentrarme en el cementerio para leer
ese estúpido hechizo? Ni que no hubiera visto ya miles de películas en las que los niños incautos que leen conjuros de resurrección son atacados por los restos putrefactos de sus vecinos fallecidos.
Claro que una cosa es reírse de esos panolis de la pantalla, y otra muy distinta perder a tu propio hermano de meses. Si estuvieseis en mi lugar, y como yo, os encontraseis un antiguo libro de hechizos en la biblioteca, no os lo pensaríais demasiado.
Por suerte los zombies no se caracterizan por su velocidad. El fantasma y yo pudimos salir del cementerio y tomarles ventaja. Pero yo sabía que de poco serviría.
—Vamos a ver, mocoso de las narices —le espeté a la sombra—. ¿No hay forma de frenar a tus amigos? Como invadan el pueblo, me la voy a cargar.
El fantasma me respondió ofendido:
—No son mis amigos.
Ni me planteaba cómo había aprendido a hablar. Supuse que era un efecto secundario de
haberse convertido en una sombra que flotaba.
Llegamos al pueblo. Algunas personas se asomaban a sus ventanas, alertados por los
aullidos de los caminantes.
Me detuve y consulté el libro. Estaba viejo y ajado, como todo manual de hechizos que se
precie. El fantasma se agitó con impaciencia. —¡Que vienen!
No tuve tempo de buscar ningún conjuro. Los caminantes tomaron nuestras calles. Mis vecinos salieron de sus casas. Se frotaban los ojos con incredulidad, murmuraban entre ellos y entornaban los ojos para ver mejor a los caminantes.
Empezaron a lanzar gritos de alegría. Se acercaban sin miedo a los zombies. A fin de cuentas, eran sus familiares muertos los que llegaban a visitarles.
Me eché a reír sin poder evitarlo. Miré al fantasma de mi hermano.
—¿Por qué no vamos a casa? Ha sobrado pastel del que trajeron a tu funeral.
—¡Genial!

Flotó por encima de mi cabeza, y nos giramos para volver con nuestros padres.



2 comentarios:

  1. Me ha encantado. Sobre todo el giro final, en el que el/la protagonista se da cuenta de que la intención del resto de resucitados no es otra que la misma que la de su hermano: visitar a sus seres queridos. Genial! ��

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    1. ¡¡Muchas gracias, Gustavo!! Me alegro de que te gustase. :D

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