"

jueves, 30 de junio de 2016

Diciendo adiós

¡Saludos, lector!

Esta semana va a haber más movimiento del habitual en el blog. Hoy os traigo esta entrada, y mañana os obsequiaré con otra extra. El motivo es, sencillamente, que el texto de hoy no es un relato como tal, sino un ejercicio de descripción para el reto 15 de El Libro del Escritor: "describe un paisaje de tu ciudad que cruces a diario. Céntrate en los sonidos, olores y colores que ves".

http://blog.ellibrodelescritor.com/52-retos-de-escritura/

Por cierto, hablando de ELDE, estad muy atentos... ya que pronto habrá novedades respecto a la antología en la que tengo el placer de participar: "La Isla del Escritor".
Mañana os contaré más sobre ella, y también sobre la otra en la que participo, "Refugiados", que también verá la luz más pronto que tarde.
¡No os imagináis la ilusión que me hace participar en estos proyectos!


Hay una razón para que haya escogido este desafío precisamente hoy. Mañana abandonaré mi actual piso, para trasladarme al centro (también de forma provisional, es lo que tiene la vida nómada). Por tanto, he descrito un trayecto que no voy a volver a realizar, al menos no de forma cotidiana como hasta ahora.
Este es un interesante ejercicio para mí, ya que siempre tiro hacia la fantasía. He intentado ceñirme a la realidad más absoluta, y aunque ha sido enriquecedor, ha supuesto un esfuerzo extra.



















A ORILLAS DEL MANZANARES

A diez minutos de mi casa se encuentra el Puente de Segovia
En lugar de cruzarlo, giro a la izquierda y camino paralela al Manzanares.
Cada día recorro este trayecto, que me acerca a mi escuela. Podría coger el metro, pero me gusta caminar. Mientras mis pies avanzan y mi mente vuela, apenas soy consciente de lo que me rodea. Escucho de todo: desde conversaciones variopintas de gente con la que me cruzo, hasta los ladridos de sus animales y los timbrazos de las bicicletas. La banda sonora de fondo son los cantos de los pájaros y, a menudo, el viento.
Me cruzo con muchos atletas que aprovechan la zona peatonal para correr con libertad. Como yo, son expertos esquivadores de bicis. Aunque de vez en cuando presencio alguna discusión.
Me fijo en el río. Podría estar más limpio, podría ser más profundo. Sus aguas muestran una tonalidad entre el verde moco y el marrón caca, nada que ver con el azul transparente que debió lucir algún día. Pero lo peor es el olor. Cuanto más me alejo del Puente de Segovia, más insoportable es el hedor. Yo, que me creía acostumbrada a soportar pestilencias, siento náuseas.
No duran mucho. Pronto llego al Puente del Rey. Lo cruzo con paso rápido y, como cada día, dejo atrás ese pequeño escenario que atravieso a diario sin darme cuenta.
En unos días realizaré este trayecto por última vez. Dejaré este piso y este barrio atrás. Entonces empezaré a echarlo de menos. Ha sido mi hogar y mi rutina durante todo un curso.

No hay comentarios:

Publicar un comentario