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domingo, 12 de junio de 2016

Del podcast al blog, del blog al podcast

¡Ya he vuelto!
Esta semana me he hecho esperar, ya que he estado ocupada organizando lo que va a ser mi vida de cara al verano. Por ahora, puedo decir que seguiré colaborando en el programa "Más Voces" de OMC Radio, la emisora en la que he pasado los últimos dos meses formándome en el ámbito radiofónico.
Aparte de este, tengo otros proyectos de los que os iré informando poco a poco, más adelante. ¡Todo lo bueno se hace esperar! ;)
Por cierto, recordad que hasta final de mes podéis votar mi candidatura en el concurso "Novelízate" de Luhu Editorial. Si queréis ver mi primera novela publicada, seguid este link:
Un votillo no cuesta nada, y no sabéis lo que me ayudaríais.

Y ahora, vamos al lío:

El relato que traigo esta semana fue incluido en la última entrega de "El Cementerio de los Libros Olvidados", sección de relatos del magazine radiofónico "Y También Dos Huevos Duros", que podéis escuchar en este enlace, junto a otras tres historias:

Es también mi propuesta para el reto 29 de El Libro del Escritor: Un personaje que tiene el peor de mis malos hábitos, pero exagerado al extremo.
Pues bien, en este texto reflejo el que considero peor, que es la continua crítica a todo lo que creo; mi inseguridad, la constante certeza de que puedo hacerlo mejor. Me he dado cuenta de que, de forma secundaria he reflejado otros tres "vicios" que me caracterizan, como son el de mantener diálogos con mis personajes (¿loca? No...), el de matarlos a la primera de cambio, y, por último pero no menos importante: EL CAFÉ.
Porque no hay nada mejor que tomarse los defectos propios con humor. Espero que leerlo os divierta tanto como a mí escribirlo.

LA ESCRITORA

“Somos todos esclavos de nuestro personaje, creado primeramente por la familia, segundo por la sociedad y tercero por la cultura. El camino de la transformación es liberarse de la esclavitud. Detrás de mil máscaras, soy auténtico."
(Alejandro Jodorowsky)


—Esta coma aquí queda fatal.

—Qué va a quedar fatal. No tienes ni idea.
—Yo estoy de acuerdo, no se entiende la frase. Y ese verbo no es dicendi.
—Que no es qué? Anda, deja de inventarte palabras.
— Sabes lo que diría tu corrector. Eres un desastre.
—Estoy de acuerdo. Tu obra no vale una mierda.
—¡Que os calléis!

Se hace el silencio, solo roto por el tecleo obstinado de unos dedos agotados.
Pero la paz no dura mucho:

—Esto es un deus ex machina descarado, deberías cambiarlo.
—De qué hablas? Está justificado, tiene que salvarse, es el destino.
—El destino es el recurso más manido de todos. Échale más imaginación, pedazo de inútil.
—Estoy de acuerdo. Estás insultando la inteligencia del lector.
—Qué van a decir de ti los booktubers? Qué van a pensar los editores?
—Eres un fraude.
—Pero quién te crees que eres para llamarme fraude?
—Te conozco bien, por algo estoy en tu cabeza.
—Perdona, pero no. Soy yo la que os conoce bien, yo os he creado.
—Exacto, por eso somos tan maniqueos y planos.
—Estoy de acuerdo. No somos creíbles.

El tecleo se detiene. La escritora se levanta para retomar fuerzas. Se sirve un café. Confía en que, si descansa un rato, la dejarán tranquila.
No funciona. Su cuerpo descansa, pero su cabeza no lo hace:

—Eso, tú pierde el tiempo. Es que te has olvidado de que tienes que entregar el texto mañana?
—Y aún tienes que hacer las correcciones.
—¿Sabes la cantidad de faltas que hemos visto? Por no hablar del estilo, que da pena.
—Estoy de acuerdo. Has usado como tres tiempos verbales en una sola hoja.
—El argumento no se entiende, tienes que dejarlo todo más claro.
—Eso es.
—¡Bueno, ya está bien! ¡Vosotros os lo habéis buscado!

La escritora deja la taza sobre la encimera. Camina con pasos furiosos hacia el ordenador. Teclea con rabia:

—Harto de que sus personajes no dejasen de juzgarlo, el escritor tomó una decisión radical. Aferró su pluma, y con un grito de odio, escribió sobre su muerte. Fin.

Las tres letras se dibujan en la pantalla. La escritora se detiene, cuerpo inclinado, manos apoyadas sobre la mesa, respiración entrecortada.

—Te parecerá bonito, matarnos en un momento como este.
—Tiene razón, éramos los mejores personajes de la historia. Tus fans te van a comer viva.
—¡Argh!

La escritora agarra el portátil con expresión desquiciada, y lo arroja por la ventana.
(...)

Levanto la vista de mi propia pantalla. Yo, y mi mala costumbre de crear personajes extremos. Será mejor que vaya a por un café que me despeje las ideas.


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