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domingo, 22 de mayo de 2016

Pisadas en la noche

PISADAS EN LA NOCHE

Oigo pasos que se aproximan desde el exterior. Tiemblo como una brizna al viento. Me arrebujo en mi manta e intento pensar en otra cosa. En la luz del día, tan lejana.
La noche es inquietante. Todo está oscuro, y no ves venir los peligros. Todos duermen, y nadie está preparado para defenderse. Era de noche cuando se llevaron a mi hermano. Hoy es de noche y sé a qué han venido. No quiero ir con ellos.
Las pisadas se acercan. Duras, implacables. Están fuera de casa, pero eso no me tranquiliza. Aquel día nada les impidió irrumpir en nuestro hogar, sigilosos, y sacarlo de su cama para siempre. Entonces yo era un bebé, y no les interesaba. Ahora he crecido un poco, lo bastante como para sujetar una de sus armas. Ahora estoy en peligro.
La noche es aterradora. A veces, cuando todo el pueblo duerme, oigo los disparos en la lejanía. Sé que estamos en guerra. Pero no sé ni contra quién, ni por qué. Lo único que sé es que la oscuridad se está llevando a todos los niños del pueblo, y que nunca los devuelve.
Los pasos se detienen. Percibo una silueta amenazante que se asoma desde fuera por la ventana. Mi manta me cubre por completo. Contengo el aliento. Intento dejar de tiritar. Pasan unos segundos, los más lentos del mundo. La sombra negra escruta con atención el interior de nuestra casa. Lo sé, aunque me encuentro bajo la manta. Puedo sentir sus frías pupilas sobre el bulto que es mi cuerpo escondido.
La noche es terrorífica. Me ha arrebatado a casi todos mis compañeros de juegos. Pienso en sus rostros. ¿Volveré a verlos algún día? A lo mejor, si hoy me lleva con ella, nos reencontremos. Tal vez tenga que enfrentarme a ellos. Me obligarán a disparar a mis amigos, mis confidentes, mis hermanos. No sé por qué hay una guerra, quién merece ganar o perder. Solo sé que nosotros no tenemos nada que ver. No deberíamos luchar, no deberíamos morir.
La silueta desaparece. Las pisadas se alejan. Aun así, permanezco bajo mi manta. Es mi único escudo contra la oscuridad, y está empapada de lágrimas silenciosas. Permanezco alerta, hasta que estoy seguro de que ya se han ido.
La noche está tocando a su fin. Una tenue luz entra por la ventana. Me atrevo a abandonar mi escondrijo. Apoyo los brazos en el alféizar y me asomo. Contemplo el horizonte. El sol no tardará en aparecer, poderoso y radiante. Mis temores quedarán relegados a la noche que los origina. Durante unas horas, las que dure el día, podré disfrutar y vivir sin preocupaciones. Hasta que el sol vuelva a ocultarse.
Dejo que la luz bañe mis mejillas húmedas. Cierro los ojos. Tal vez, si me concentro mucho, el amanecer dure para siempre.








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