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viernes, 20 de mayo de 2016

La Otra deidad

Tras unos días de retiro aprovechando el festivo de San Isidro, he vuelto con el cuaderno y las tintas bien cargados. Además de seguir trabajando en las correcciones de la novela, me he dedicado a los textos, para el blog, para concursos, y para el podcast de mi curso de radio, en el que colaboro en la sección de relatos:
http://www.ivoox.com/y-tambien-dos-huevos-duros-1-audios-mp3_rf_11564236_1.html

Esta semana he escrito la segunda parte del relato que empecé la semana anterior. Lo he hecho de forma que cumpla el reto 42 de El Libro del Escritor: Escribir una historia acerca de un personaje que perdió algo importante.

http://blog.ellibrodelescritor.com/52-retos-de-escritura/

En este caso, ha perdido la vida. ¿Hay algo más importante? Tal vez sí... pero sin duda la vida lo es, y mucho ;)

¡Disfrutad!


La Otra Deidad



El hombre cae con estrépito sobre el asfalto y pierde la vida en el acto. Esta catástrofe provoca que pase de sentir miedo a sentir una rabia insoportable.
—Ese puñetero diosecillo —masculla su fantasma mientras abandona el cadáver estampado en la acera—. Pues se va a enterar.
Sube flotando hasta la ventana por la que acaba de ser arrojado. Entra con intención de decirle cuatro cosas a la deidad mensajera.
La estatua lo mira con desdén.
—Qué pesadito. ¿Qué quieres ahora?
Me has matado.
Vale, genio. Gracias por la información. ¿Algo más?
El hombre suspira con frustración. Solo es un simple fantasma que acaba de morir, y su oponente es un dios. Uno menor, pero un dios a fin de cuentas.
Echa un vistazo a la sala de exposiciones. Por las paredes han colocado viejos papiros enmarcados, antiguas palabras que no deberían ser escritas.
El fantasma apenas recuerda nada de su vida. Pero intuye que en esas letras se esconde una fortaleza que puede aprovechar. Cree conservar retazos de memoria que se refieren a las viejas leyendas. ¿Cómo se podía espantar al dios mensajero?
El fantasma flota hacia los pergaminos. Escoge uno al azar y empieza a recitar. Es un lenguaje antiguo como el tiempo, pero la muerte le ha enseñado cosas que antes no sabía.
¡Deténte! —Oye que suplica la estatua, en un tono muy diferente. Ya no se muestra despectivo, sino suplicante. El fantasma no hace caso.

Una neblina empieza a formarse en el centro de la estancia. Se desvanece cuando el fantasma deja de leer, y muestra una figura imponente. Tan alta que llega al techo, varios pares de brazos, de cabezas, cuatro pechos y una expresión de mala leche escalofriante. El fantasma la reconoce pese a su mala memoria, o tal vez ha adivinado de quién se trata. La hermana mayor de la deidad mensajera, la creadora de la vida.
¡Ya estás otra vez! —Señala a la estatua temblorosa con uno de sus múltiples dedos—. ¡Detén la tormenta de aves en el acto!
Pero... pero...
¡Ahora!
La diosa se acerca a la estatua y de una certera patada la estampa contra la pared, como si de un balón se tratase. El mármol se rompe en mil pedazos. Se oye un llanto, como un berrinche de niño pequeño. El fantasma nota que la deidad mensajera se marcha. En el exterior, las aves también se han esfumado.
¿Lo has matado? —le pregunta a la diosa con timidez. Ella lo mira como a una hormiga a la que es difícil no pisotear.
¿Tú eres tonto? A un dios no se lo puede matar. Habrá ido a chivarse a nuestros padres. —Se fija en el papiro frente al cual permanece el fantasma—. ¿Me has llamado tú?
Solo le falta insultarlo, y aunque no lo hace, el fantasma se siente como un despojo indigno y blasfemo. Se inclina avergonzado.
Iba a acabar con toda la humanidad. A base de pajarazazos.
Ante su sorpresa, la diosa se echa a reír a carcajadas. Las paredes del museo tiemblan.
Tienes más miedo que vergüenza, pequeñajo. Todo el que se enfrenta al idiota de mi hermano me cae bien, no temas. Ven conmigo, aquí no tienes más que hacer.
El fantasma no tiene opción. Ha salvado a la humanidad, pero también ha fallecido. Sigue a la diosa de la vida, que también es la de la muerte, y lo hace sin mirar atrás.

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