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jueves, 12 de mayo de 2016

La Deidad

Nuevo relato de esta semana, en respuesta al punto 24 del reto de escritura de El Libro del Escritor:
http://blog.ellibrodelescritor.com/52-retos-de-escritura/
Según esta premisa, la historia debía terminar con un cliffhanger; esto es, en un momento de tensión que deje al personaje en una situación difícil, y de la cual se espera que se resuelva en una continuación.
Por tanto, esto será solo la primera parte de la historia, de la cual ofreceré la continuación... segunda parte.. próximamente. ;)

¿Crees que el protagonista se salvará?




LA DEIDAD (parte 1)


Cuando el cielo se oscureció sin previo aviso, supo que estaban condenados. No era época de lluvias, y desde luego nunca nadie había visto una tormenta como la que se produjo aquel día. Del cielo comenzaron a caer pájaros.
Mira que les había advertido lo peligroso que podía ser albergar aquella estatua en el museo. Pero nadie lo había escuchado. Algunos se habían reído de él, lo habían llamado loco y supersticioso. No reparaban en que él era un superviviente. Era el último de un largo linaje que se remontaba a las zonas más desérticas y primigenias. Sus antepasados habían pisado la misma arena de los dioses, la compartían con ellos. Fueron testigo de la locura del dios mensajero y de su castigo.
No fue fácil llegar al museo. Las aves caían con fuerza. Lo golpeaban sin piedad, tanto a él como a otros transeúntes, a los coches y mobiliario urbano. Algunos remontaban el vuelo antes de estrellarse, lo que era aún peor. Se lanzaban rabiosos contra todo lo que se movía, como en la conocida película de Hitchcock.
Un loro parece empeñado en arrancarle los ojos al hombre. Tiene que atestarle un puñetazo y echar a correr para librarse de él. Cuando alcanza su destino está malherido y exhausto. Entra sin que ninguno de los guardas le dirijan la palabra; contemplan desconcertados el fenómeno meteorológico.
Entra en la reducida sala de la estatua. Como si se hubiera cansado de su pedestal, la obra de mármol ha bajado de su base y permanece sentada en un rincón de la sala. El hombre recuerda las leyendas que le han transmitido sus antepasados. Sufre unos instantes de pánico. Pero le escuecen las heridas y da un aso al frente.
—Os lo ruego, señor, haced que se detenga la tormenta.
Él lo mira socarrón.
—No me da la gana, panoli.
Sonríe ante la expresión patidifusa de su interlocutor.
—No queríamos molestaros —se disculpa en nombre de la humanidad ignorante. La estatua suelta una carcajada.
—¿Te crees que me importa lo que hagáis? No, pequeño, esto es un asunto entre mis hermanos y yo. Los humanitos no sois más que daños colaterales. Aguantaos con eso.
Otro paso al frente, otro intento de ignorar el miedo que lo atenaza.
—Por favor, os lo ruego. Sé que os hicieron daño. Pero los humanos no tenemos la culpa.
—Me la refanfinfla —se encoge de hombros la estatua—. Sois la especie que creó mi hermana doña perfecta. La misma que siempre me trató como un simple subordinado, un cartero que ni pincha ni corta. Esto le pasa por convertirme en estatua. ¡Que se fastidie!
—Lo hizo porque vos intentasteis asesinar a vuestra propia familia —le recuerda. La estatua no pretende negarlo.
—Son un hatajo de palurdos, empeñados en que la gente los adore. Eso ya no se lleva nada, hoy en día está de moda el agnosticismo.
—Yo creo en vos —insiste el hombre—. Y creo que mostraréis piedad.
En un último intento se arrodilla ante la estatua. Ella lo mira con un brillo extraño en sus ojos de mármol. Suelta una risotada.
—Anda, a rezar al campo.
Traza un gesto con su brazo de piedra, y el hombre se ve propulsado a través de la ventana abierta.

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