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viernes, 27 de mayo de 2016

Homenaje al Caballero de los Leones

Ya estoy de vuelta, con otro reto de El Libro del Escritor recién salido del horno.
(http://blog.ellibrodelescritor.com/52-retos-de-escritura/)
En esta ocasión el tema me limitaba mucho, pero no por ello lo he disfrutado menos: el número dos, "reescribe la escena de don Quijote con los molinos de viento, pero imaginándose que se enfrenta a hordas de zombis".
Aquí queda mi humilde homenaje. Que Cervantes me perdone...





EL CABALLERO DE LOS ZOMBIES
Todo se estropeó cuando apareció Alonso.
Aquella noche habíamos quedado todos los del grupo para ir a tomar algo. Al principio lo estaba pasando en grande. Hablamos de Apocalipsis Zombie, el juego que nos había unido, y de muchos otros.
Yo nunca había sido muy aficionada a los videojuegos. Pero éste me había enganchado como un anzuelo a una pescadilla. Me encantaba dedicar un rato al día a machacar caminantes putrefactos. Y el hecho de conocer otra gente aficionada con la que compartir partidas lo hacía más interesante. A menudo nos encontrábamos en la casa de alguno para competir, para colaborar en la superación de los niveles más difíciles, o para intercambiar impresiones y conversaciones sobre el mundo gamer. En estos encuentros siempre me tocaba soportar a Alonso, el mayor obseso de Apocalipsis Zombie que os podáis imaginar. Nunca se cansaba de disertar sobre el juego, y al parecer solo había algo que le interesase tanto como el mismo: tirarme los tejos.


Cuando propusieron salir a algún bar, pensé que Alonso no iría. Se pasaba día y noche conectado, jugando una partida tras otra. Nunca salía a la calle, solo lo veíamos cuando nos reuníamos para jugar.
Pero aquella noche apareció, y me di cuenta de que yo era el motivo.
—Qué guapa estás hoy, Dulcinea.
—Y tú qué pesadito eres. Deja de llamarme así, me llamo Aldonza. Dulcinea es solo en el juego.
Le di la espalda en un intento de ignorarlo. Unos metros más allá, Sancho parecía tener más éxito con mi amiga Teresa. Sonreí. Eran los peores jugadores que había visto nunca, sus avatares siempre eran los primeros en ser devorados por los caminantes. Estaba claro que tenían mucho en común.
No como el plasta de Alonso y yo. Siguió insistiendo para que bailase con él. Así que decidí que era el momento de marcharme. Cuando avisé a los demás de que me iba a casa, Alonso saltó enseguida:
—¡Yo te acompaño! Es peligroso que a estas horas vayas sola por ahí.
A mi pesar, tenía razón. Pero yo temía que se convirtiese él en el peligro. No lo conocía tanto como para fiarme de él. Dirigí una mirada suplicante a Teresa. Mi amiga captó la señal.
—Sancho y yo vamos en la misma dirección —intervino.
—Volvamos los cuatro juntos —propuso Alonso, animado. Sentí ganas de abofetearlo, así que salí del local.


Mi casa se encuentra a las afueras del pueblo, por lo que tuvimos que caminar un rato. Alonso iba a mi lado, y los otros dos tras nosotros, como si fuesen nuestra escolta. El cansino ése no paraba de darme la murga. Me hablaba de las nuevas estrategias que estaba desarrollando para llegar al último nivel del juego.
—Oye, Alonso, ¿no crees que estás un poco obsesionado con Apocalipsis Zombie? —insinué, aunque lo que creía era que estaba obsesionado hasta extremos preocupantes. No me equivocaba.
Habíamos dejado atrás el centro, estábamos en una zona de campo. En un momento dado, su vista se desvió para mirar algo que había más allá.Su rostro se contrajo en una mueca de espanto. Sus labios se crisparon para murmurar una palabra:
—Zombies.
Me giré, más alterada por su cara de pánico que por lo que había dicho. No vi nada más que el campo y los molinos que movían sus aspas con lentitud. Sancho y Teresa se detuvieron también.
—¿Os pasa algo?
—¡Zombies! —exclamó Alonso, esta vez a pleno pulmón. Sin mediar palabra, echó a correr campo a través, hacia los molinos. Elevó un grito guerrero que solía emitir cuando jugábamos.
—¿Está borracho, o qué? —preguntó Teresa, perpleja. Me encogí de hombros.
—Yo qué sé.
Vimos cómo Alonso cogía un palo y la emprendía a golpes contra los molinos. Intentaba atacar sus aspas y sus paredes mientras vociferaba:
—¡Atrás, malditos, no os comeréis el cerebro de don Quijote ni su bella Dulcinea!
—Yo creo que está drogado —comenté.
Temíamos que se hiciese daño, por lo que llamamos a la policía. No tardaron en aparecer y detenerlo. El desgraciado proclamaba:
—¡Les he hecho frente en defensa de mi dama!
Por suerte se lo llevaron enseguida y yo pude volver a mi casa.


Tras aquella noche decidí tomar distancia con el grupo. Dejé el mundo de los videojuegos para centrarme en mi trabajo y mis amigos de siempre.
Recibí varias llamadas y mensajes de Alonso. Jamás respondí. Tiempo después me encontré con Sancho y Teresa. Me contaron que Alonso había llegado al último nivel de Apocalipsis Zombie, en la versión en línea. Allí había sido derrotado por un jugador que se hacía llamar Sansón Carrasco.
No pude evitar sentir lástima por él. Pedí consejo a mis viejos amigos:
—¿Debería responder a alguna de sus llamadas?
—Oh, no te preocupes —me tranquilizó Sancho—. Ya se le pasará. Al fin y al cabo, solo es un juego.





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