"

jueves, 5 de mayo de 2016

Espejito, espejito


Sigo aún con la resaca del Camp NaNoWrimo, del que he conseguido este bonito certificado y un aún más bonito manuscrito titulado "7 Años de Mala Suerte". Ahora toca dejarlo reposar para después revisarlo y corregirlo. Pero lo importante es que una parte importante del camino está andado. La historia del espejo maldito acaba de empezar, y lo ha hecho con muy buen pie.






Esta semana continúo con el reto de mis amigos de El Libro del Escritor.
http://blog.ellibrodelescritor.com/52-retos-de-escritura/
En esta ocasión he elegido el número 51: reescribir un cuento de hadas clásico.
A ver si adivinas cuál he elegido. Una pista: el espejo seguía presente en mi mente, por lo que se ve.
¡¡VAMOS!! No es tan difícil... ;)


EL ESPEJO DEFECTUOSO


¿Conocéis el cuento de la niña abandonada por un cazador en el bosque? ¿Recordáis ese espejo que siempre decía la verdad, aun a sabiendas de que heriría los sentimientos de la pobre madrastra?
Yo soy su hermano. El del espejo, no de la madrastra. Al contrario que él, yo siempre miento. Por eso me arrojaron a las profundidades del bosque. Nadie quiere un espejo embustero como yo.
Ahí permanecí tan tranquilo, hasta que un día dos individuos vinieron a molestarme.
Se trataba del príncipe y su escudero. Temí que no me viesen y me pisasen, por lo que exclamé:
¡Buenas tardes!
¡Ahí va! —el príncipe detuvo su caballo— ¡Un espejo que habla! He oído leyendas sobre ellos. Siempre dicen la verdad.
¿Está seguro, alteza? —el escudero frunció el ceño— A mi me tiene cara de tramposo.
Pero si no tengo cara. Menudo atontado.
Siempre digo la verdad —aseguré.
¿Lo ves? —el príncipe se mostraba muy satisfecho de tener razón— Estamos buscando a mi séquito. Han desaparecido.
En realidad, le han querido dar esquinazo —murmuró el escudero.
¿No habrás visto tú a mis hombres, espejito? —quiso saber el príncipe.
Claro que los he visto —no tenía ni idea, claro—. Se marcharon por allí.
¡Gracias!
El escudero detuvo al príncipe:
Yo no me fio, alteza. Llevémoslo con nosotros.
¡Cómo maldije a aquel desgraciado! ¿Por qué no podían dejarme en paz? Yo no tengo la culpa de estar mal diseñado y ser un mentiroso.
El escudero desmontó y me cargó sobre el lomo del caballo. Marchamos en la dirección que les había indicado.
Siempre digo la verdad —insistí, con la esperanza de que me devolvieran mi libertad.
Si fueras un mentiroso dirías lo mismo —observó el escudero.
Pero no lo soy— desde luego que sí, y a mucha honra—. Aunque puedo equivocarme, y tal vez por eso no encontremos a vuestros hombres.
No puedo equivocarme, ¡soy mágico! Usé mis poderes para localizar al séquito de aquel estúpido príncipe. Se encontraban cerca de la casa de los siete enanitos, en dirección contraria.
Para que me dejasen de una vez, tenía que encontrar el modo de llevarles hasta allí; y tenía que hacerlo sin dejar de mentir, pues soy incapaz de actuar de otro modo.
Si seguimos por aquí —indiqué—, daremos con la casa de los siete enanitos.
¿Y quiénes son esos enanos? —quiso saber el príncipe.
Son unos malvados que os matarían nada más veros, señor —improvisé—. Os conviene evitarlos.
Soy tan inteligente que no me lo creo ni yo. El príncipe decidió que debíamos dar la vuelta. El escudero me observó con suspicacia.
Me parece que nos estás engañando.
Soy incapaz de engañar. La verdad es que por este otro camino no encontraremos a esos enanos.
Lo cual por supuesto también era falso. Pero me ahorré la información; solo quería volver a descansar sobre la hierba mojada y dejar de aguantar a aquellos pesados.
Gracias a que no volvieron a preguntarme dónde estaban sus hombres, los encontramos enseguida. Avanzaban con sigilo, no por temor a las fieras, si no a que su príncipe los encontrase. Su miedo se vio cumplido gracias a mí:
¡Queridos amigos! —bramó el príncipe. Ellos fingieron no haberlo visto.
¿Tú oyes algo?
Yo no, ¿y tú?
Basta, chicos —suspiró el escudero—. Dejad de hacer el tonto, aún tenemos que salir de aquí.
Al oír aquello, exclamé:
¡No te olvides de mí! ¡Dijiste que me soltarías cuando encontraseis al maldito séquito!
Pero nos mentiste —apuntó el escudero—. No estaban en la dirección que nos habías indicado. Si tú puedes ser un mentiroso, yo también.
Aquel traidor tenía razón. Tuve que asumir que era su prisionero. Mientras el príncipe se llevaba a su guapa y tonta Blancanieves, el escudero me llevó a mí hasta su país.
Me colocó en el lugar donde actualmente me encuentro; en la casa de sus suegros. Mi trabajo consiste en decirles lo maravilloso que es el escudero, y lo bien que trata a su hija.
Y esta es mi historia. Claro que, teniendo en cuenta que siempre miento, lo más seguro es que nunca pasase. Un espejo que siempre miente jamás reconocería que miente, y yo lo he hecho con vosotros. Por tanto, seguro que ni siquiera existo.



No hay comentarios:

Publicar un comentario