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martes, 26 de abril de 2016

Moras, mocos y cacas

Esta semana he decidido aceptar el reto de escritura de El Libro del Escritor  (http://www.ellibrodelescritor.com/)
Los relatos que subiré al blog durante las siguientes semanas responderán a las premisas que proponen en este enlace:
Comienzo el reto por el número 10: un relato basado en un recuerdo de infancia. A esta premisa he añadido otra, personal: crear un cuento más infantil de los que estoy acostumbrada a escribir. Y es que la idea de plasmar un recuerdo de aquellos años me invitaba  a hacerlo de este modo.
Antes de dejaros con el cuento, diré que, con el desarrollo de la historia, al final lo único que conserva de mi auténtico recuerdo es la anécdota de fondo (los niños que van a recoger moras por el campo), así como el detalle de que el protagonista sea el más joven de sus primos.
De lo demás, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia…
¡¡Disfrutad!!



EL MOCO Y LA CACA

Como todos los veranos, Andrés y sus primos van a visitar a sus abuelos en el pueblo. Él es el más pequeño de los cuatro, y por eso a veces siente que lo dejan un poco de lado.
—No eres lo bastante mayor para venir con nosotros —le dice a menudo Mónica, que es la mayor.
—No puedes hacer las mismas cosas que nosotros —señala Óscar, el hermano de Mónica.
—Solo sabes molestar —lo chincha Rocío, mayor que Andrés pero menor que los otros dos.
Cuando lo tratan así, Andrés protesta. Pero nunca lo toman en serio.
Una tarde, Mónica les propone ir todos juntos a buscar moras por los alrededores. Al parecer, hay un montón. Su prima asegura que si cogen suficientes, podrán cocinar mermelada con ellas.
—¿Como la que venden en el súper? —se asombra Andrés.
—Más rica todavía.
A Andrés le encanta la mermelada. Exclama entusiasmado:
—¡Vamos! ¿A qué estamos esperando?
Su abuela les da una bolsa de plástico a cada uno. Los cuatro se ponen en marcha.

Caminan juntos por un sendero. Cuando topan con una zarza, los mayores se lanzan enseguida a coger las moras. Andrés no es capaz de hacerse con ninguna. Siempre se le adelantan.
—Eres demasiado bajito —se ríe Mónica.
—Tenías que haberte quedado en casa —se burla Óscar.
—Ve a buscar en otro sitio —se apiada Rocío.
Andrés se enfada. No le parece justo.
—¡Voy a conseguir más moras que nadie! —asegura. Se aleja de sus primos, decidido a darles una lección. ¡Cuando vean que ha conseguido llenar la bolsa, le tomarán en serio!

Andrés encuentra una zarza a la que llega sin problemas. Coge los frutos y los guarda. Muy contento, se gira para contarles a sus primos su logro.
Cuál es su sorpresa al notar que han desaparecido. O tal vez sea él el que se ha alejado demasiado.
Asustado, Andrés llama a Mónica y los demás. No le responden. Seguro que no pueden oírlo.
Andrés empieza a andar. Rehace el camino. Pero se encuentra con una bifurcación y no sabe por dónde seguir.
—¿Y ahora, qué? —se pregunta en voz alta. Va a empezar a llorar.
—¿Te pffasa algo, pffequeño? —le pregunta una voz grave. Andrés mira alrededor pero no ve a nadie— Aquí abajo.
El niño descubre que quien habla con ese extraño acento es una caca que hay en medio del camino.
No es una caca cualquiera, grande como una casa y más oscura que la crema de chocolate de la merienda. Andrés se seca los ojos.
—No sé dónde están mis primos. Y no sé cómo llenar mi bolsa de moras.
—No te pffreocupffes —lo consuela la caca—. Pffensaré en una solución.
Más tranquilo, Andrés comenta:
—Nunca había visto una caca que pudiese hablar.
—¡Y tammmpoco que oliese tannn mmmal! —añade otra voz, muy aguda y nasal.
—¿Quién ha pffronunciado esas pffalabras? —gruñe la caca, molesta.
De la nariz de Andrés asoma un moco, que es quien ha hablado.
No es un moco cualquiera, grande como un palacio y más oscuro que la crema de espinacas de la comida.
—He sido yo, mmmaldito mmmojónnn mmmaloliente.
—¡Qué pffoca educación! —se lamenta la caca.
Andrés se siente mal por ella. Al fin y al cabo, el moco que la ha insultado ha salido de su nariz. Es verdad que la caca apesta como nada que haya olido antes. Pero no está bien decírselo.
—Pídele perdón —le ordena el niño al moco. Éste se suelta y trepa por el tabique de su nariz para mirarlo a los ojos.
Nnno he dicho nnninnngunnna mmmennntira. Tú lo sabes, vennngo de ahí dennntro.
Señala el agujero del que ha salido. La caca se enfada más aún.
—Si no me pffides pfferdón, no os diré dónde están los pffrimos.
—¡Eh, que yo no tengo la culpa de nada! —protesta Andrés. Pero la caca es muy digna. Se gira con suficiencia y no responde.
Nnno mmme cae biennn esta caca —susurra el moco.
—Eres un desagradable, moco.
Andrés lo coge entre dos dedos y lo deja en el suelo, al lado de la caca.
—Ahora mismo vais a arreglar vuestras diferencias.
Es una frase que pronuncia su profesora a menudo. Cree que en ese momento queda bien decirla.
El moco y la caca se miran de reojo. Se acercan despacio entre ellos.
Ennn realidad eres unnna caca mmmuy bonnnita —admite el moco—. Mmmuy biennn hecha.
—Tú no pffareces tan mal moco, a pffesar de tus modales —responde la caca—. Pffor lo menos sabes cómo halagar a una caca.
Se dan la mano. Andrés se alegra. Ha conseguido que esos dos se hagan amigos. No es un inútil, como le dicen siempre sus primos.
—Ahora, señora caca, ¿podría decirme cómo volver?
Pffor supffuesto. Sigue pffor este camino. Pffero si quieres llenar la bolsa, pffuedes pffrobar este pffequeño desvío. Pffasarás pffor un pffuente, y llegarás también.
—Qué innnteligennnnte eres, caca —se asombra el moco.
Andrés da las gracias a la caca. Se despide de ella y del moco, y echa a correr por el desvío.
La caca no ha mentido. Un poco antes del puente se encuentran las zarzas más repletas de moras que haya visto nunca. Demasiadas para tan poco espacio.
—Tranquilas, moras —les dice Andrés—, ya os hago sitio en mi bolsa.
El niño recoge todas las frutas que puede. Entonces sigue el camino para ir al encuentro de sus primos.
Cuando llega, los encuentra preocupados. Lo regañan por desaparecer de ese modo. Pero al ver todas las moras que trae consigo, se les pasa el enfado.
Esa noche, prueban la mermelada con sus abuelos. Es la más deliciosa del mundo, Andrés está seguro. Y lo más importante: todos lo felicitan por su habilidad recolectora.




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