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sábado, 12 de marzo de 2016

Compañeros




Tras estas semanas de parón, retomo el blog. Empiezo una nueva etapa, y entre las muchas novedades se encuentra mi nuevo proyecto de novela, la cual comenzaré en el Camp NanoWrimo. Por tanto, y para ir entrenando, vuelvo al saludable hábito de crear un relato semanal... como mínimo.
La siguiente historia está dedicada a todas esas personas que han sentido cómo una idea original, maravillosa, les iluminaba la mente... y que luego resultó no ser tan original.


















Compañeros

Fran salió de su casa silbando una alegre melodía y se dirigió a la cafetería. Había quedado allí con Fátima, una antigua compañera de la facultad. No se veían desde el día de su licenciatura, ya que ella se había marchado al extranjero; Fran, por su parte, había permanecido en la ciudad, trabajando en su novela gráfica.
Aquel día, Fátima le había llamado para anunciarle que estaba de paso, y que tenía una gran noticia que darle. Fran había respondido que se reuniría encantado con ella. Él también tenía novedades que contar.
Por fin, tras cinco años de arduo trabajo, había terminado su gran obra. La historia de los niños de la ciudad donde siempre llovía, y su lucha contra unos gángsters, estaba lista para ser enviada a las editoriales. Fran confiaba en que más de una estaría interesada. Todos sus amigos habían expresado su buena valoración sobre el trabajo. Claro que era normal que les gustase; casi todas las peripecias narradas en el libro se basaban en anécdotas que habían compartido a lo largo de los años.
Le había costado sudor y lágrimas terminarlo, muchas veces había considerado la opción de tirar la toalla. Desde el desarrollo del guión, pasando por el diseño de personajes y escenarios, hasta su conclusión. Por supuesto, esto incluía la ingente cantidad de pruebas fallidas. A menudo le había dado la impresión de que todo lo que salía de su mente a través de su lápiz era basura sin sentido. Por fortuna, había logrado superar aquellos baches con paciencia, esmero y mucho esfuerzo. Consideraba que el resultado era bueno.

Cuando llegó a la cafetería, Fátima ya había llegado. La acompañaba un café con hielo. Estaba casi igual que como la recordaba. Tal vez un poco más morena, y con un par de kilos más que le sentaban la mar de bien; pero conservaba aquellos ojos brillantes de entusiasmo y aquella sonrisa inconfundible que se ensanchó al verlo entrar.
Se saludaron con un par de besos. Fran se sentó a la mesa y pidió un capuccino. Ardía en deseos de hablarle de su trabajo a Fátima. No obstante, dejó que ella le hablase antes de sus novedades.
La chica le contó entonces que había logrado publicar en el extranjero; y que su obra había gustado tanto que la habían traducido. Por eso estaba ella allí; en plena promoción de su libro.
Fran le expresó su más sincera enhorabuena. Le preguntó de qué iba la historia, y enseguida deseó no haberlo hecho.
El trabajo de Fátima era una novela gráfica. En ella contaba las vivencias de un grupo de niños que vivían en una ciudad en la que siempre llovía. Se enfrentaban a unos malvados criminales, y tras varias peripecias que a Fran le resultaron dolorosamente familiares, lograban meterlos entre rejas.
La chica debía de haber percibido un cambio en la expresión de Fran. Le preguntó si se encontraba bien. Él aseguró que sí, mientras se ponía en pie de repente. Murmuró una excusa y salió corriendo de la cafetería.

Esa noche llovió. Como en la obra de Fátima. Como en la que Fran no publicaría nunca. Las gotas de agua emborronaron la tinta de su trabajo recién terminado, que había ido a parar al contenedor de reciclaje de papel.

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