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domingo, 20 de diciembre de 2015

Cuidado con lo que deseas

Se acercan las Navidades. Muchos ya estaréis de vacaciones.
Yo no me cuento entre esa gente afortunada. De hecho, pertenezco a ese otro grupo de gente que a fin de mes, de trimestre y de año tiene el doble de trabajo, el cual se acumula sin parar. Clases, proyectos, deberes...
Con suerte, un par de minutos para descansar.

Se da a entender lo que me ha costado reunir tiempo y ganas para escribir el siguiente relato. Pero me apetecía dedicar una entrada a estas fiestas, ¿y qué mejor modo de hacerlo que con una historia poco alegre y nada festiva?

Aquí está:

CUIDADO CON LO QUE DESEAS

Miles de luces decorativas iluminaban la ciudad en Navidad. Como si a sus habitantes se nos fuese a olvidar en qué fechas estábamos.
Se nota que no me gustan, ¿verdad?
¡Bingo! La iluminación me parece hortera y a menudo sin sentido. A ver, que alguien me explique qué pintan unas palmeras tropicales en Navidad. Nada, ¿cierto? Pues ahí están, adornando la calle de mi escuela.

Nunca me gustaron las Navidades. Aquel 23 de diciembre, como los anteriores, no quería ni pensar en lo que me esperaba al día siguiente. La cena de Nochebuena de siempre, con las preguntas incómodas de costumbre, las inevitables discusiones sobre política, la tía abuela borracha…

Deseé con toda mi alma no tener que asistir a esa maldita cena familiar.

Casi habría preferido quedarme en la escuela hasta que hubiesen pasado las fiestas.
Sobre todo si las clases fuesen siempre como la de la profesora Emma aquella mañana.

Cuando acudimos al aula, nos encontramos el siguiente mensaje en el encerado:

QUERIDOS ALUMNOS. YA QUE HOY ES LA ÚLTIMA CLASE DEL TRIMESTRE, Y LA ÚLTIMA QUE DARÉ EN ESTA ESCUELA, LA IMPARTIRÉ EN EL BAR DE ABAJO. OS ESPERO ALLÍ

Nadie dudó en acudir. Ya en el bar, mientras dábamos cuenta de unas cervezas, nuestra profesora nos explicó llena de indignación cómo le habían comunicado su cese repentino. A la vuelta de las vacaciones ella ya no estaría allí dando clase. Por eso había decidido pasar el último día despidiéndose de sus alumnos del mejor modo posible.
Conmutar una hora aburrida de lecciones por una agradable conversación nos pareció un gran acierto. Cuando mis compañeros y yo nos marchamos a la siguiente clase, Emma había permanecido en el bar. Esperaría allí al próximo turno de alumnos.
A mí me daba mucha pena Emma. Todos sabíamos que era una mujer solitaria, apenas se relacionaba con nadie más allá del trabajo. ¿Qué haría ahora?

Cuando terminaron las clases de la tarde decidí pasarme de nuevo por el bar. Pensaba que tal vez Emma seguiría allí. Me preocupaba, lo reconozco. Temía que tras varias horas bebiendo con sus alumnos se encontrase mal.
Cuando entré en el local, ella ya no estaba. Las jarras y vasos que había usado sí seguían en su mesa. Con un vistazo calculé más de treinta consumiciones. Me asusté. Si la mujer había bebido todo eso en una jornada, no podía estar en buenas condiciones.

Me convencí de que no era asunto mío. Debía dejar que Emma hiciese con su vida y su hígado lo que le diese la gana.

Salí del bar sin ganas ni intención de volver a su casa. Saqué mi teléfono para quedar con alguien, no importaba quién.
No había nadie en la calle, o eso me pareció al principio. Cuando eché a andar, la vi unos metros más allá. Frente a la escuela cerrada.
Emma se tambaleaba y no parecía consciente de que yo la observaba. Fui testigo de cómo arrojaba una piedra contra el cristal de una ventana y cómo se colaba dentro. La alarma no saltaría; todos sabíamos que llevaba meses estropeada.

No era asunto mío. ¿Por qué me preocupaba? Apreté el paso con intención de ignorar lo que acababa de ver.

Solo que no podía ignorarlo. ¿Qué pretendería hacer Emma? Estaba borracha, no podía dejarla sola. Tomé la decisión momentos antes de cruzar hacia la parada de autobús.
Me giré de vuelta a la escuela.

Sentí enseguida el olor de humo. Ya había anochecido y no lo veía, pero noté que salía de la escuela. Tampoco la alarma de incendios funcionaba. Mi escuela es un desastre, por si no os habéis dado cuenta; no arreglan nada y en ocasiones despiden al profesorado de buenas a primeras.
Sin pararme a pensar lo que iba a hacer, me colé por la ventana rota, como había hecho Emma.

La encontré semi inconsciente en uno de los pasillos que conducían a la cafetería. De allí provenía la humareda, cada vez más densa. También aquellas llamas en las que no había reparado hasta ese momento.
Cogí a la profesora por el brazo. No fui capaz de levantarla, la zarandeé.
-¡Vamos, Emma, hay que salir de aquí!
Ella abrió los ojos vidriosos despacio y volvió a cerrarlos enseguida.
-¿Para qué?- murmuró con voz gangosa. Le apestaba el aliento a alcohol.
-El edificio está en llamas. ¡Morirás!
-¿Qué me importa? Este trabajo era mi vida.
Por las comisuras de sus ojos habían surgido un par de lágrimas.
Resoplé.
-Vamos, ¡muévete! Estás borracha. Mañana te sentirás mejor.
-Mañana estaré sola. Y sin trabajo. Sola.
-Te invito a cenar con mi familia- le prometí-. Son horribles, pero son mejores que una muerte segura. Ahora levántate, vamos.
Esta vez no replicó. Trató de iniciar un movimiento.
Pero el alcohol la había perjudicado demasiado. Su mano resbaló. Cayó contra el suelo.
Traté de arrastrarla hacia el exterior del edificio.
No lo conseguimos.

A la mañana siguiente todos los medios, locales y nacionales, se hicieron eco de lo que dieron a conocer como la "Gran Tragedia de Nochebuena". Todo el país lloró a aquella profesora y aquella alumna que habían muerto en un incendio provocado por la primera.
¿Yo? No puedo quejarme. A fin de cuentas, se cumplió mi deseo. Aquella Nochebuena no asistí a la cena familiar. Ni a ninguna otra. Jamás.












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