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domingo, 22 de noviembre de 2015

NaNoWinner 2015

Estoy que no me lo creo... ¡¡NaNoWriMo superado!!

Me ha llevado todo el fin de semana de duro trabajo. Solo he parado para alimentarme y dormir (poco de ambas cosas). Pero ha valido la pena.
El primer borrador de "La Guerra Súcrea" ya es una realidad. Con nada menos que 53141 palabras, la novela y el relato que la precede a modo de precuela están listos para reposar unos días y ser sometidos a revisión, reelaboración, retoques y rebotes. Esto me va a llevar aún más trabajo que el hecho de haber plasmado toda la historia en 22 días exactos.
Pero para mí lo importante es el orgullo que siento al haberme propuesto cumplir este reto y haberlo llevado a cabo. Superar lo que parecían callejones sin salida, vivir el par de ¡Eurekas! que sirvieron para que la historia fluyese por donde debía... ¡Y con una semana de antelación! Muy feliz con el logro.



El diploma de NaNoWinner 2015

Y bueno, aprovechando que hoy es Santa Cecilia, Día de la Música, y que estoy feliz como una perdiz, os dejo un relato dedicado a ese otro arte sin el que muchos no sabríamos vivir.
¡¡Disfrutad!!



EL CANTANTE

Una dulce melodía llegaba a sus oídos. Alguien cantaba. Como los ángeles, con arte y sentimiento. Se estremeció de emoción.
Prestó toda su atención para localizar el origen del bello sonido. Lo localizó. Sentado dos asientos a su izquierda. Un hombre flaco y menudo de aspecto apocado. Sus párpados estaban cerrados con fuerza, y su voz fluía como un manantial de aguas cristalinas.
Todos los presentes en el vagón escuchaban extasiados al intérprete. Algunos trataban en vano de disimular, consultaban sus smartphones o desviaban la mirada.
Pero la mayoría sonreíamos en un silencio cómplice. No necesitábamos hablar entre nosotros para saber que todos disfrutábamos.
Imité al cantante y cerré los ojos. Algo mágico sucedió entonces. No hay otro adjetivo que lo describa.
Me encontraba en el fondo del mar. Pero no era húmedo y aburrido, como cabría esperar. Estaba lleno de color y alegría. Era una aldea de corales en la que toda clase de peces y criaturas marinas festejaban con risas y bailes al son de la música.
No dudé en unirme a ellos, quería participar de aquel jolgorio. Danzamos durante horas, pero no sentía ningún cansancio. Una medusa me obsequió con un collar de conchas. Después, comimos y bebimos, sin dejar de bromear y divertirnos.
Cuando volví a abrir los ojos en el vagón de metro, ya habíamos llegado a mi parada. No había ni rastro del hombre que cantaba.
Bajé, con la convicción de que todo lo había imaginado al escuchar aquella hermosa canción.
Pero, al meter la mano en mi bolsillo, mis dedos rozaron un collar de conchas. Sonreí.

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