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miércoles, 11 de noviembre de 2015

Arrancando los motores...

Tras varios meses de parón, he decidido empezar de nuevo con el blog, de modo que aquí estamos.

En medio de una ajetreada semana, dejándome las energías en el #NaNoWriMo e insuflando personalidad a una pelota con patas), he sacado tiempo para escribir una historia (¡¡milagro!!).










He aquí la pelota con patas en cuestión






Total, que ya que me he propuesto darle vidilla al blog, pues aquí dejo este relato para ir arrancando motores.
¡Paz!






LOS ELEFANTES BLANCOS

Gabriela se equivocaba. Con lo del elefante blanco, quiero decir.

Mi prima siempre había asegurado que en nuestra familia había un enorme elefante blanco que nadie nombraba jamás. Tan colosal que con su trompa podía hacer cosquillas a un marciano.

A veces le preguntaba dónde estaba el famoso elefante. Ella se reía y me explicaba con aires de sabelotodo que era una metáfora.

El elefante blanco era algo que estaba allí, y todos sabían que estaba allí; pero nunca se hablaba de él.

Al principio no la entendía. ¿Había o no tal elefante? Cuando crecí y supe lo que era una metáfora, seguí sin entenderla. ¿Por qué un elefante blanco era la representación de un tema tabú?

Los elefantes son grandes y ruidosos. Muy fáciles de distinguir en la espesura. ¡Sobre todo si son blancos!

Gabriela suspiraba con resignación y se burlaba de mis entendederas.

Cuando crecí un poco más, supe que se equivocaba.

En la antigua y remota Siam, hubo un rey que tenía la costumbre de regalar elefantes blancos a los súbditos que despreciaba. Este obsequio en apariencia valioso era muy difícil de mantener. Suponía la ruina para su propietario.

Desde entonces, se le llama elefante blanco a algo que parece conveniente, pero por el que se acaba pagando un precio demasiado elevado.

Aprendí esto cuando crecí otro poco. Y que en mi familia existían las dos versiones del elefante.

Allí estábamos, Gabriela y yo el día de la despedida. A años luz de nuestra infancia y con el corazón en un puño.

Nuestros padres y tíos acababan de pagar el precio. Estaban frente a nosotro. Ya no se parecían a nada remotamente humano.

Era el precio que pagaban por nuestra supervivencia, la de sus hijos. Así lo había pactado nuestro tatarabuelo con el Brujo. Así había sucedido entonces, generación tras generación.

Así nos sucederá a Gabriela y a mí. Cuando nuestros niños crezcan, correremos la misma suerte que nuestros ancestros.

Contemplamos con dolor cómo desaparecían en las tinieblas de la selva nocturna. Entre gruñidos de bestia, hedor de bestia, movimientos de bestia.

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